"Este separatismo no es Cataluña contra España, sino Cataluña contra Cataluña", dijo el cantante Joaquín Sabina, desde Ecuador, donde está de gira.
En las redes algunos preguntaban por qué los catalanes se quieren separar si son tan prósperos. Es que ése es justamente el motivo. Es porque lo son que quieren "cortarse solos", como se dice aquí vulgarmente. Creen que así serán más prósperos aún. Sienten que son ellos quienes subsidian al resto de España porque aportan al estado nacional más de lo que reciben de este. Una conclusión que surge de una mirada parcial y pequeña.
Los argentinos vivimos en el pasado una historia parecida de "egoísmo" de una parte, cuando Buenos Aires, que entonces era ciudad y provincia indiferenciadamente, quería separarse del resto del país; de hecho lo hizo, durante los años posteriores a Caseros (1852). Hubo que apelar a las armas para doblegar a la provincia rebelde, que rechazaba la Constitución federal de 1853 y que recién volvió al ruedo tras la batalla de Cepeda en 1861. Y ahí no concluyó del todo el conflicto, sino recién en 1880, cuando se aceptó que la ciudad de Buenos Aires sería un distrito federal, es decir, la Capital de todos los argentinos y no exclusivamente de la provincia.
Salvando las grandes diferencias, la esencia del conflicto era la misma: los intereses de una parte, por lo general privilegiada, que cree que el fundamento de su ventaja radica justamente en ser parte, en autonomizarse de un conjunto al que ve como un lastre.
Los catalanes que votaron por la independencia son, además, la parte dentro de la parte. Es inaceptable que se considere legítimo dar un paso tan trascendental como separarse de España sobre la base de un referéndum en el cual votó apenas el 43 por ciento de la población. Por algo, para decisiones trascendentales, como reformas constitucionales, se apela a mayorías calificadas. En este caso, los independentistas no tienen ni siquiera la mayoría simple de todos los catalanes, ya que solo se ha manifestado una minoría.
Pero además, los catalanes que votaron por independizarse de España lo hicieron con la ilusión, y la promesa de los dirigentes que alientan este paso, de que de este modo podrán gozar de una prosperidad mucho mayor.
No hay ninguna garantía de que vaya a ser así. Más bien todo lo contrario. Porque en gran medida, la prosperidad de Cataluña depende precisamente de su condición de provincia o estado español. Sus niveles de ingreso -40.000 dólares per cápita- derivan no solo de su pertenencia a España, sino a un conjunto mayor aún que es la Unión Europea: un mercado de 500 millones de habitantes, un espacio con libre circulación de bienes, servicios y personas y una moneda fuerte.
Si deja España, Cataluña debería pagar impuestos en su comercio con Europa que pasaría a ser "exterior", y hasta deberá pagarlos para "exportar" a España, entre otras desventajas. Por lo que la promesa de mayor prosperidad bien puede quedar no solo incumplida, sino resultar en lo contrario.
Afortunadamente, en medio de la desmesura de acciones y declaraciones aparece el sentido común. Y la grandeza al mismo tiempo. "No es Cataluña contra España, es Cataluña contra Cataluña", dijo, contundente el cantante Joaquín Sabina, consultado por la prensa durante una gira por América Latina.
Describiendo el clima que generan estas grietas –que también nosotros hemos respirado-, dijo: "Hay familias en las que ya no se hablan entre ellos, hay amigos míos que ya no pueden opinar públicamente porque quieren seguir siendo españoles". En su opinión, los dirigentes catalanes "han dividido por la mitad a Cataluña". "Creo que es lo peor que puede hacer un gobernante", sentenció.
Los líderes de los demás países de la Unión Europea se han alineado claramente del lado de España y ya han advertido a Cataluña que no aceptarán este ataque a la integridad de esa Nación. Una Europa fragmentada al infinito en múltiples entidades con pretensiones independentistas sería inmanejable y es por eso que no hubo fisuras en el respaldo de la elite europea a Madrid.
Este separatismo es además trasnochado. Va a contramano de la historia. Como dijo Sabina, hablando ya no solo del ciudadano español sino también del europeo: "Yo creo que el siglo XXI es el siglo de borrar fronteras en lugar de hacer fronteras nuevas. Yo creo que en Europa, donde vivo, los mayores males que ha tenido han sido por culpa del nacionalismo: las dos guerras mundiales".
La pertenencia a un todo mayor puede implicar renunciamiento y sesiones de las partes, pero también ganancias, en especial a largo plazo, porque el todo es siempre más que la suma de las partes; el todo las potencia y las proyecta de un modo que no podrían jamás lograr cada una por sí misma.
Imposible no coincidir nuevamente con Joaquín Sabina: "Estoy radicalmente en contra de alguien que quiera hacer una patria más pequeñita teniendo una tan grande".
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