Contra los estereotipos asiáticos

Antonio Kyore Beun

Guardar

En la Argentina tenemos una percepción caprichosamente limitada sobre las colectividades asiáticas. Tal vez porque son las más jóvenes, la narrativa habitual alrededor de los orientales locales no excede escenografías comunes como el supermercado o la tintorería. Esa geografía de fácil asociación es un estigma incluso en el lenguaje: existe consenso popular en que “el chino” es sinónimo de “supermercado”.

La escritora nigeriana Chimamanda Adichie advierte los peligros de este tipo de reducciones y al mismo tiempo las define como el resultado de la construcción unilateral que hace una sociedad sobre la historia y la identidad de un grupo particular. Se vale del ejemplo de los africanos cuando en Occidente son generalmente reducidos a una imagen de pobreza, y lo grafica con una experiencia personal: habiendo dejado Nigeria para ir a la universidad en los Estados Unidos, se encontró con una compañera de cuarto que sentía lástima por ella antes de siquiera conocerla, y que estaba muy decepcionada cuando supo que escuchaba Mariah Carey en lugar de alguna música tribal exótica.

El problema evidente de las construcciones unilaterales es que dificultan la integración del foráneo. En primer lugar, porque suelen insistir en las diferencias en vez de las afinidades, y esto degrada los puntos de encuentro entre el recién llegado y su nuevo país. En segundo lugar, porque asignan estereotipos y, en palabras de Adichie: “El problema con los estereotipos no es que sean falsos sino que son incompletos. Hacen de una sola historia la única historia”.

En el caso de la colectividad china, el supermercado, en vez de ser una demarcación circunstancial de trabajo, se vuelve una identidad permanente que monopoliza la percepción sobre su colectividad, homogeneiza una gran diversidad de identidades y opaca la construcción de narrativas diferentes. Puede ser contraintuitivo pensar, por ejemplo, que en nuestra sociedad existen legisladores, profesionales, artistas y servidores públicos de origen chino.

A la hora de razonar sobre este problema, es tentador apuntar a la discriminación como su causa principal. Sin embargo, esa puede ser una reflexión apresurada y superficial. Mi primer argumento es que la Argentina es un país cimentado sobre la inmigración y tradicionalmente abierto a la recepción de nuevas culturas. No podríamos imaginar que un político argentino pueda sumar voluntades y ganar votos basándose en un discurso discriminatorio, a contramano del caso estadounidense y algunos casos de Europa. Al contrario: sería condenado socialmente.

Mi segundo argumento es que, si lo único que se conoce de una comunidad son algunos prejuicios, es imposible considerar a esa comunidad otra cosa que no sean aquellos prejuicios. Esos prejuicios alimentan una narrativa unilateral sobre esa colectividad y, a su vez, esa narrativa construye una posición por omisión de lo que es el otro. La globalización, pese a que promete achicar brechas, ofrece referencias distantes para la cotidianidad y no tiene la fuerza suficiente para destronar la percepción primante sobre la colectividad en cuestión.

En realidad, la causa latente pero central de las construcciones unilaterales es la falta de conversación. En definitiva, la historia unilateral no es más que un monólogo. En otras palabras, las historias unilaterales ponen en evidencia no la discriminación, sino principalmente la falta de diálogo alrededor de lo que es y lo que quiere construir una colectividad en la Argentina. Una comunidad inmigrante que conversa con el país anfitrión puede negociar los límites de su identidad, acomodar su integración y aportar al futuro de la sociedad. En contrapartida, la comunidad que no se esfuerza en generar esa conversación contribuye, pasivamente, a alimentar los prejuicios.

Surge entonces una pregunta tan obvia como complicada: ¿quién lleva la iniciativa de esta conversación? Aunque la carga de sostener el diálogo es compartido, el principal interesado en que su identidad no quede reducida a una versión incompleta es la comunidad inmigrante. En términos prácticos, esto implica evitar una postura de victimización. La victimización produce una dinámica reactiva que dificulta la innovación. Es decir, si una parte sólo se limita a contestar lo que el otro diga de ella, difícilmente traiga algo nuevo a la conversación. Por eso, el esfuerzo debe estar puesto en privilegiar las oportunidades de intercambio y evitar una inercia de encierro.

La Argentina es un país que se nutre constantemente de sus inmigrantes y es también el resultado de las aspiraciones de aquellos que llegaron buscando un futuro mejor. No casualmente Jorge Luis Borges refirió que lo argentino no consiste en limitarse a lo supuestamente propio, sino en abrazar como propio todo lo que el mundo puede dar. Como miembro de la comunidad coreana, pero también como argentino, el Día del Respeto a la Diversidad Cultural me llama a reflexionar sobre la enorme oportunidad que nos da la Argentina para ser parte de la construcción de su futuro y de su identidad. La conversación para hacerlo puede presentar obstáculos, pero estos nunca deberían tener mayor consideración que la oportunidad misma de integración. No encerrarnos y llevar la iniciativa en este diálogo es una forma noble de agradecimiento al país que supo acoger a nuestros antepasados.

El autor es abogado UBA y GCL Fellow de la Universidad de Georgetown. Actualmente se desempeña como subsecretario de Cooperación del Ministerio de Cultura de la Nación.