La violencia ha sido una característica de la sociedad argentina, un recurso para dirimir a sangre y fuego espacios de poder entre bandos opuestos; también está presente en las relaciones civiles y de género. La violencia, en tanto fenómeno social y político, casi siempre ha sido un tema tabú, del que se habla abiertamente desde hace poco.
Del mismo modo que la violencia fue negada (o justificada) por la sociedad (y por los poderosos) durante largos períodos de nuestra historia, también estuvo muchas veces ausente de las expresiones artísticas. Sin embargo, fueron estas las que primero alertaron sobre su existencia y sus nefastas consecuencias.
El Centro Cultural Kirchner acaba de inaugurar la exposición "Formas de violencia", un conjunto de cinco muestras que abordan la violencia desde el arte. Esta iniciativa, expuesta de manera excepcional y amena, permite establecer relaciones entre el pasado y el presente e identificar los orígenes y el desarrollo de nuestras controversias históricas saldadas con la muerte del otro.
El recorrido se traduce, por momentos, en un viaje al terror. Sin embargo, es una visita que gratifica y esclarece, porque, al mostrar a través del arte nuestros orígenes y nuestra historia de violencia, sorprende que a pesar de todo hayamos sido capaces como sociedad de elegir, recientemente, mecanismos pacíficos para resolver nuestras diferencias. Esta exposición es una invitación a reflexionar, no sólo a apreciar. El mensaje es sobre todo ético, además de estético.
Las muestras se desarrollan seguidamente una de la otra; tres son colectivas y dos, monográficas. Reúnen obras de artistas modernos y contemporáneos, y también elocuentes testimonios de nuestro pasado.
Del conjunto, llama la atención sobre todo la muestra colectiva "La carne de los héroes", curada magníficamente por Ana Martínez Quijano. En ella, las obras seleccionadas dialogan entre sí. Con acierto, la curadora integra obras de arte contemporáneas y modernas con fotografías del siglo XIX y documentos gráficos de los siglos XVIII al XX, altamente significativos.
La propuesta de Martínez Quijano es un viaje integral al fenómeno de la violencia: la corrupción, la violencia de género, la violencia con los aborígenes y los gauchos, la pobreza y la marginalidad, el exterminio del otro, la violencia del Estado y de la política, y la guerra.
Juan Manuel de Rosas, retratado en traje de gala rojo punzó, el color de los federales, mira hacia un documento que ha sido colgado a su lado y que lleva su firma: una orden de fusilamiento de un unitario.
Una cabeza negra de Juan Carlos Distéfano observa a corta distancia a "Los degolladores", óleo de Cesáreo Bernaldo de Quirós, en el que el verdugo muestra, con orgullo, la cabeza que acaba de separar del cuerpo de su víctima.
La orden de captura del sacerdote Ladislao Gutiérrez y de la joven Camila O'Gorman, de 1847, se exhibe junto a la película de María Luisa Bemberg (1984), que relata la recordada historia de amor prohibido que terminó en tragedia.
Dos increíbles fotos de indígenas fueguinos de 1881 expresan la persecución y el exterminio del que fueron objeto. Se los ve en el llamado "Jardín de aclimatación" de París, uno de los tantos "zoológicos humanos" de finales del siglo XIX, en los cuales eran exhibidos como especies inferiores luego de ser raptados de sus tierras de origen. A pocos metros, "Homenaje a Túpac Amaru", de Alberto Heredia, nos muestra la figura descuartizada e irreconocible del inca que se resistió a la conquista española.

Un gran óleo de Roberto Viola de 1936 representa la represión de un levantamiento popular, en el que los represores son volteados por sus víctimas.
Sobresale una extraordinaria composición de Alita Olivari: un numeroso conjunto de más de 70 figuras modeladas en terracota, de gran expresionismo, tomadas de las escenas desgarradoras de "Después de la Batalla de Curupaytí", óleo de Cándido López (1893), que aparece reproducido en gran tamaño detrás de esta obra monumental. Cuerpos mutilados y soldados que despojan a los muertos y arrastran a sus heridos: los horrores de la Guerra de la Triple Alianza cobran vida en la sala.
Tropezamos con una figura retorcida y chamuscada. Es "La parrilla" o "El quemado", de Norberto Gómez, una obra que sintetiza el horror de la aniquilación del otro hasta reducirlo a una forma irreconocible.
El destino del gaucho aparece sintetizado en dos obras icónicas, una de las artes visuales, de Luis Benedit, la otra de la literatura, de Jorge Luis Borges. De este, se presenta el manuscrito original de "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)", cuento publicado en el El Aleph en 1949, que relata la vida del sargento Cruz, signada por la violencia y la persecución, personaje que representa al gaucho en el Martín Fierro de José Hernández (1872). "Pelea de cauchos" (1985), de Benedit, nos recuerda el final de este cuento de Borges.
Una figura humana estilizada, de madera, tomada de la rama de un árbol, permanece parada, firme, a pesar de estar atravesada por una gran daga de metal; se trata de "El atravesado" (1988), una obra estremecedora de Liliana Maresca que expresa la violencia de genero.
También están presentes algunos vestigios de la violencia con la prensa, alegatos a favor de la censura para verla enmudecida. La máquina de escribir que se incendia, obra de Leopoldo Maler (1974), se codea con un decreto del gobernador Pinto de 1852, que prohíbe todas las publicaciones periodísticas, salvo las oficiales, por supuesto, porque traban la marcha del gobierno.
Finalmente, están los testimonios sobre Malvinas. Por ejemplo, en el impreso de la Real Cédula de Carlos III de 1779, se lee que el rey español ordena romper relaciones con Gran Bretaña y autoriza a sus vasallos de América a armar expediciones de corso contra los enemigos ingleses, un antecedente de la tradicional rivalidad con los británicos, cuya expresión más dramática será, dos siglos después, la guerra de las Malvinas de 1982.
La exposición incluye también obras paradigmáticas de Diego Alexandre, Nicola Costantino, Francisco Fortuny, Jorge Macchi, Mondongo y Clorindo Testa.
Que el CCK haya incorporado en su programación esta aproximación al fenómeno de la violencia a través de arte es auspicioso. Una exposición imperdible; una fiesta para los sentidos y la reflexión. Una acertada decisión de Hernán Lombardi y de su equipo del CCK.
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