Cada día me convenzo más: no veo una grieta. No creo en esa concepción con la que tanto nos llenamos la boca, no siento que estemos enfrentados como sociedad. Lo que sí percibo con claridad es una zanja cavada por un grupo de fanáticos de diferentes industrias y actividades, por razones mayoritariamente político-económicas, que ha decidido aislarse de otros argumentos. Y la diferencia me resulta clave.
El fanatismo es una actitud de apasionamiento desmedido e irracional que adopta una persona con el fin de defender una idea, una teoría, una cultura, una creencia, una causa, un personaje o una forma de vida. Si bien existen apasionamientos simpáticos (el coleccionista de lo que sea), sanos (el que corre y corre) y hasta socialmente convenientes (el defensor de aquello en riesgo de extinción), en todos los casos estamos hablando de personas que con una tenacidad desmedida se aplican a aquello en lo que creen. El fanático, en general, hace gala de su condición y se hace visible, ocupando mucho espacio: con cánticos en las tribunas, con marchas en las calles y pancartas frente al Congreso, llenando los templos o los parques, o bien alentando un #TT a través de las redes sociales. Ojo, no todos los que practican un deporte, suscriben una preferencia política o profesan una fe responden a la condición de fanáticos, así que es importante que sólo concentremos la atención en ese pequeño grupo que obra con un desmesurado e irracional apasionamiento.
El problema central del fanático, más allá de su causa, es su desinterés por otros argumentos, en particular, por aquellos que favorecerían un esclarecimiento y una racionalización de esa pasión. Ese desinterés resta utilidad a la capacidad de escucha, razón por la cual los fanáticos suelen deambular por la vida como sordos por decisión. La propensión del fanático de argumentar más allá de la realidad se funda en este desapego hacia los argumentos, los datos y, en última instancia, hacia la verdad.
El cobijo y la contención que el fanático encuentra dentro de su causa le resulta suficiente incentivo para persistir en su defensa desmesurada y enérgica, para convertirse en su templario ruidoso que manifiesta lo que defiende, sin importar lo que otros tengan para decir al respecto. Trate de recordar esos debates políticos o las sobremesas en donde se habla a los gritos y nadie se escucha. ¿Le suena?
Dado que el fanatismo en casi todas sus manifestaciones nos hace menos equilibrados, medidos y racionales, debería ser de interés de la sociedad combatirlo. ¿Cómo? A través de la educación, sin dudas, porque el fanatismo tiene una conexión directa con la ignorancia. No es la política, ni la religión, ni la bonanza económica, ni la calidad de las leyes lo que atenuará la propensión de una sociedad hacia las conductas fanáticas, sino la buena educación. Solamente la educación de calidad nos hace más tolerantes, nos interesa por lo que otros tienen para decir, nos abre a nuevos argumentos y modos de ver el mundo, nos habilita a pensar críticamente, a la vez que nos hace reflexionar sobre nuestros propios hábitos de pensamiento. La educación, cualquier sea su abordaje pedagógico, si es de buena calidad, nos contiene e integra tanto como nos potencia como colectivo. Dentro de esa sociedad fortalecida en su capacidad reflexiva e integrada en una gran ágora, el fanatismo es ahogado y se queda paulatinamente sin adeptos.
Si nos interesa trabajar por una sociedad sin enfrentamientos sordos, con menos apasionamiento e irracionalidad y más escucha y reflexividad, entonces hagamos de la educación y la escolarización la principal política de Estado de los próximos 20 años.
Voltaire sostenía que cuando el fanatismo gangrenaba el cerebro, la enfermedad era casi incurable, mientras el enciclopedista francés Diderot entendía que sólo había un paso entre fanatismo y barbarie. Si es cierto que el fanatismo es el hijo predilecto de la ignorancia y que dicha condición la crea el desinterés por los argumentos de otros y los datos de la realidad, entonces estemos advertidos del clima de conflictividad, tensión y manipulación que se puede crear si no acordamos revertir los malos datos de aprendizaje desde el sistema de educación pública del país.
En última instancia, el problema de la calidad de los aprendizajes en la escuela no es un problema del gobierno de turno, ni de los líderes docentes, ni siquiera es un problema pedagógico, sino que es directamente un problema de supervivencia de toda la sociedad. Si no preparamos a los chicos para la paz, la tolerancia y la diversidad, para la ciudadanía del siglo XXI, la cuarta revolución industria y las siguientes, entonces ellos serán presas potenciales de los fanatizadores de turno, con todo el riesgo que ello supone.
Estamos advertidos. Contra la zanja creada por los fanáticos, ¡educación!
@juanmariasegura
El autor es director general del Plan Integral de Educación Digital del Ministerio de Educación, Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
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