El 17 de octubre, tan lejos y tan cerca

Luis Alberto Romero

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El 17 de octubre de 1945 los porteños se asombraron cuando irrumpieron en la Plaza de Mayo concurrentes poco habituales. Más que sus consignas y sus reclamos, todavía imprecisos, los impresionó la presencia de gentes que no conocían, pese a que vivían en los bordes mismos de la capital. Aunque la mayoría vestía traje y corbata, como era común entonces, y su comportamiento fue ordenado y civil, vieron en ellos a los bárbaros que irrumpían en Roma.

La irrupción en la plaza expresó, de manera sintética y vertiginosa, un aspecto del largo proceso de crecimiento, integración y movilidad social. A fines del siglo XIX habían llegado los migrantes europeos, en cantidades enormes; luego, fueron los provincianos y, posteriormente, bolivianos y paraguayos. Antes y después de 1945, el país les ofreció a todos empleo y oportunidades, mientras el Estado desarrollaba eficaces políticas para la incorporación, como la de educación pública.

La mayoría aprovechó las ventajas ofrecidas y se aplicó con iniciativa y laboriosidad a progresar. Tuvieron éxito y durante muchas décadas los hijos estuvieron mejor que los padres, ya sea en ingresos, educación o posición social. Se conformó un modelo de aspiraciones que incluía la casa propia, el empleo estable, la educación de los hijos y, en general, un estilo de vida decente. Solemos llamarlo un modelo de clase media.

Para el historiador, que lo mira de lejos, parece un proceso tranquilo y apacible. Para los contemporáneos, la movilidad era inquietante. Cada uno —criollos viejos, inmigrantes tempranos o más recientes— sintió, en algún momento, que su lugar estaba amenazado por advenedizos prepotentes. Como explica Juan Carlos Torre, el malestar se tornó tensión cuando la lenta integración se convirtió en rápida irrupción y en acuciantes demandas igualitarias referidas al disfrute de los bienes materiales y culturales. En la igualitaria ideología de la moderna sociedad argentina "nadie es más que nadie". No se reconocían privilegios y todos tenían el mismo derecho a disfrutar de los bienes de una sociedad próspera. Pero eso no suprimía la molestia de quienes hasta entonces los habían disfrutado cómodamente.

Eso mostró el 17 de octubre. De ahí en más, esa incomodidad se manifestó crecientemente en cines, restaurantes o tranvías y, de otro modo, en las relaciones laborales. Hasta en el teatro Colón, donde llegó el tango. Tulio Halperín Donghi —siempre paradójico y agudo— habló de una verdadera revolución social. No eran problemas insolubles, pero generaron un conflicto que en el momento fue intenso. Los recién llegados calificaron a quienes ya estaban como la "oligarquía". Estos respondieron con "populacho" o "cabecitas negras". Eran diferencias culturales que hubieran quedado sólo en eso, si no hubieran sido potenciadas por el conflicto político.

El 17 de octubre fue también el día en que desde el balcón de la Casa Rosada se lanzó una interpelación al pueblo en nombre de una nueva identidad política, nacional y popular. Pronto se la completó identificando al adversario electoral con la oligarquía, enemiga del pueblo y de la nación: el embajador Spruille Braden y el cheque de la Unión Industrial probaban la conspiración de los grandes poderes contra el naciente movimiento y su jefe.

¿Por qué prendió tan rápido el discurso "nac & pop"? En buena medida, se debió a la constitutiva inestabilidad identitaria de la sociedad argentina y su esperanzada demanda de ese tipo de interpelaciones. Según la clásica fórmula de José Luis Romero, aquella era una sociedad aluvial. Desde fines del siglo XIX mucha gente llegó al país o se trasladó a sus ciudades, haciendo y rehaciendo una sociedad que recordaba a Babel. Personas con diferentes orígenes y tradiciones se mezclaban cotidianamente y hasta se casaban entre sí. Necesitaban una respuesta convincente a la pregunta acerca de quiénes eran y por qué estaban todos juntos. ¿Argentinos? ¿Cómo y desde cuándo?

La escuela hizo mucho para elaborar e inculcar una respuesta: la identidad argentina se basaba en las instituciones, la historia, la geografía y la lengua. Era una respuesta racional, pero insuficiente para los cánones de la primera mitad del siglo XX, cuando las grandes naciones exhibían orgullosas la unidad y la identidad de su pueblo. Desde comienzos del siglo XX se persiguió una respuesta acorde: fundar la unidad nacional en un ser nacional obstinadamente buscado. Los intentos no llevaban a la unidad, sino a la querella, hasta que el Ejército y la Iglesia comenzaron a tallar fuerte, y dieron forma al nacionalismo católico, que dominó la escena en los años treinta y cuarenta, y condenó a liberales, masones, socialistas y judíos.

De la política había surgido otra interpelación paralela, cuando Hipólito Yrigoyen sostuvo que el radicalismo era la "causa de la nación misma" y que su enemigo era el "régimen falaz y descreído", y consolidó una matriz de pensamiento: cada voz declaraba ser la expresión del pueblo, de su esencia social y espiritual, y se asignaba la potestad de definir, denunciar y excluir a sus enemigos. Todas eran respuestas a las demandas de unidad y pertenencia, y también fueron herramientas políticas muy poderosas.

En 1945, Juan Domingo Perón fundió y reformuló estas ideas, revitalizó —a contramano del mundo de la posguerra— la propuesta nacional y popular, la ensambló con la polarización cultural espontánea, que enfrentaba al pueblo con la oligarquía, o a los cabecitas con la gente decente, según quién lo mirara.

Eran otros tiempos y otra Argentina, que entonces podía enorgullecerse de tener la sociedad más democrática de América Latina, aunque, a la vez, con la democracia social había surgido una manera de entender la democracia política en clave de unanimidad, autoritarismo y faccionalismo.

Hoy, aquella sociedad democrática pertenece al pasado, y los conflictos tienen que ver con la pobreza y la exclusión, antes que con la irrupción igualitaria. Pero la matriz política y discursiva surgida en la sociedad democrática todavía nos acompaña. En ese sentido, el 17 de octubre de 1945 está muy lejos y, a la vez, muy cerca de nuestra experiencia actual.

 

El autor es historiador.