Al sentarme a escribir estas líneas, cientos y cientos de vínculos en red vinieron a mí. Pero lo que más claramente vislumbré fue que a partir de los nombres de los grandes hombres de la humanidad se crea un adjetivo distintivo. Shakesperiano, kafkiano, napoleónico, darwiniano y otros así. Pensé en "sanmartiniano" y luego asocié una posible definición: "un hombre altruista por su Patria; un gran soldado con capacidad militar, política y humanística". Y allí, con el adjetivo in mente, comencé esta semblanza sanmartiniana.
Fue sábado aquel 17 de agosto de 1850, el día en que murió el más grande de los grandes argentinos. Boulogne Sur Mer (Francia) fue su ocaso; la correntina Yapeyú, el 25 de febrero de 1778, había sido su aurora.
Eminentemente profesional y culto —viajaba con su biblioteca, que incluso cruzó con él los Andes, y hablaba francés, inglés e italiano—, con visión política y humanística, no desconocía las campañas de Alejandro y Julio César, pero quizás influyeron más en él las de Federico el Grande y Napoleón. En su concepción marítima no se descarta la influencia del almirante inglés Horatio Nelson. Fue un maestro en el empleo de lo que hoy se conoce como acción psicológica y como estrategia indirecta, para desconcertar y desequilibrar al adversario. Exigía una rigidez disciplinaria acorde con la dignidad del soldado. Sin duda, ejerció un mando firme, equilibrado y respetuoso. Cuando la situación así lo imponía, su carácter era recio e impetuoso. El coronel Manuel Dorrego lo experimentó en carne propia cuando, en una reunión de oficiales convocada para unificar voces de mando, pretendió burlarse del tono de voz del general Belgrano. En sus combates en Europa había caído prisionero de los ingleses en dos oportunidades, lo que contribuyó a fortalecer su férreo espíritu ante la adversidad de la guerra. Fue más allá de las disputas políticas internas. En 1830 y con claridad meridiana sintetizó su pensamiento político: "Dos son las bases sobre las que reposa la estabilidad de los gobiernos conocidos, a saber: en la observancia de las leyes o en la fuerza armada. Los representativos se apoyan en la primera; los absolutistas en la segunda, de ambas garantías carecemos en América". Al año siguiente expresó: "… la experiencia me ha enseñado que los cargos públicos… no producen otra cosa que amarguras y sinsabores".
En 1838, refiriéndose al bloqueo francés, San Martín le trasmitió a su amigo Tomás Guido, desde Grand Bourg (Francia), sus preocupaciones: "Este injusto bloqueo no me causaría tanto cuidado si entre nuestros compatriotas hubiera más unión y patriotismo del que en realidad existe; pero en los elementos tan discordantes de que se compone nuestro país, temo mucho que el Gobierno pueda sostener con energía el honor nacional y se vea obligado a suscribir proposiciones vergonzosas, última desgracia que puede caberle a un pueblo que tiene sentimientos del Honor". Similares conceptos repitió en carta a Guido con motivo del bloqueo anglo-francés —apoyado por los unitarios— que culminó el 20 de noviembre de 1845 con la batalla de la Vuelta de Obligado.
En 1846, en carta al general chileno Francisco Antonio Pinto, expresó: "El mejor gobierno no es el más liberal en sus principios, sino aquél que hace la felicidad de los que obedecen, empleando los medios adecuados a este fin".
Actuó con coherencia y fe en la causa libertadora americana, desechando cargos y prebendas honoríficas. Tuvo humanas carencias y debilidades que nunca ocultó. En 1816, en oportunidad del Congreso de Tucumán, vertió toda su experiencia y, emulando al más agudo Cicerón en su Primera Catilinaria, presionó a través del representante de Mendoza, Tomás Godoy Cruz, la declaración de la Independencia, para poder iniciar y llevar a cabo su cruzada libertadora.
¿Y qué decir de su brillante concepción del Plan Continental? Para un militar profesional formado "a la europea", dicho plan era riesgoso pero factible, y estratégicamente original, verdadera concepción de una aproximación indirecta. En extrema síntesis, consistía en una actitud defensiva de contención en la frontera norte (Jujuy y Salta) con reducidos efectivos y una actitud estratégica operacional ofensiva a través de los Andes —una de las cadenas montañosas más altas del planeta— hacia Chile; sorprender y derrotar a un ejército español superior, crear una flota marítima desde la nada, desembarcar en el Perú y asestar un golpe definitivo al centro del poder realista en América.
Para concretar su epopeya, nuestro prócer tuvo que vencer serias resistencias en Buenos Aires, particularmente la de Bernardino Rivadavia, que obstaculizaba la convocatoria del Congreso de Tucumán, demoraba la declaración de la Independencia, no compartía el Plan Continental y no valoraba que, por geografía, historia y economía, el Perú era el bastión español en América. Rivadavia carecía de o despreciaba el conocimiento militar; en ese sentido, en 1812, había ordenado a Belgrano, entonces jefe del Ejército del Norte, que desde Tucumán se replegara a Córdoba. Belgrano desobedeció tal orden, libró y triunfó en las batallas de Tucumán (1812) y Salta (1813), y con ello evitó que nuestra frontera norte pudiera haber sido Córdoba, y no Salta y Jujuy.
Volviendo a San Martín, su repulsión a las luchas fratricidas ahorró víctimas entre sus conciudadanos. Fiel a ello, cuando el Directorio (o la Logia, como él la llamaba), en 1819, le ordenó regresar con su ejército desde Chile para someter a las provincias que hacían la guerra a la autoridad nacional, no dudó en no dar cumplimiento a esa orden. Al respecto dijo: "Yo había visto que los mejores jefes, como las mejores tropas, se habían desmoralizado y perdido en la guerra del desorden que era necesario hacer; sobre todo en el desquicio general en que las cosas se hallaban". Y concluye: "Sé que la Logia nunca me perdonó mi conducta, pero aún ahora tengo la conciencia de que obré en el interés de la revolución de América, y de que, si hubiese ido a Buenos Aires, la campaña del Perú no habría tenido lugar, ni la Guerra de la Independencia hubiera terminado tan pronto". Decisión sublime, genial desobediencia.
Privilegió el destino de pueblos hermanos y consolidó el de su Patria. En Mendoza y en Chile evidenció su clara visión de la que más tarde se conocería como "la Nación en Armas". Como militar, ejerció ejemplar liderazgo y aplicó, entre otros, dos principios elementales de la conducción: unidad de comando y economía de fuerzas. En la concepción de su Plan Continental fue un estratega. En Chacabuco (1817) y en Maipú (1818) fue un táctico, como también lo fue en Arjonilla, y en Bailén. Sus fuerzas combatieron desde la pampa argentina hasta el Chimborazo (Ecuador); desde San Lorenzo (1813) hasta Río Bamba y Pichincha (en 1822 en Ecuador), y en Junín y Ayacucho (en 1824 en Perú).
La molicie de la vanidad y la ambición no cabía en su grandeza de espíritu. Soportó estoicamente —en su propia Patria— ingratitudes, agravios y difamaciones. Fue también tildado de ladrón y ambicioso. Para disipar toda idea de usurpación política, en 1824 optó por un exilio voluntario en Europa. Allí se encontró con un antiguo compañero de armas del ejército español y entonces uno de los banqueros más prósperos de Europa: Alejandro María Aguado. La relación y amistad entre ellos finalizó con la muerte de Aguado en 1842, quien lo dejó como tutor y curador de sus hijos menores. Así se refirió San Martín a su amigo: "A él debo, no solo mi existencia, sino la de no haber muerto en un hospital". No tiene ninguna importancia el dato, salvo para los prejuiciosos de siempre: Aguado era judío y San Martín lo mencionó siempre como "su benefactor". En su exilio, San Martín no habría sido ajeno al regreso de los restos de Napoleón de Santa Elena, en 1840. París entonces fue una fiesta, y además, el triunfo de un desterrado. ¿Habrá vislumbrado en ese entonces el Libertador su póstumo destino?
Nos legó un comportamiento: que las armas de la Patria son para la defensa de la soberanía, de la libertad y el derecho de los ciudadanos, pero nunca para deshonrar el uniforme con la comisión de actos denigrantes.
Su renunciamiento, el abandono del poder y su voluntario exilio tienen dos antecedentes: el de Lucio Quincio Cincinato (519–439 a.C.), patricio y político romano, y el de George Washington (1732–1799). Ambos, junto a nuestro Aníbal de los Andes, evidenciaron falta de ambición particular y gran capacidad militar, política y humanística.
Murió casi olvidado, ante la ausencia inexplicable —por muchos años— de sus conciudadanos. Entre las excepciones, se destacan: el brigadier general Juan Manuel de Rosas, Tomás Guido, Juan B. Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento. Chile fue el primer país donde surgió la idea de erigir un monumento a su memoria, que se inauguró el 5 de abril de 1863, conmemoración de la victoriosa batalla de Maipú.
Los restos del Libertador fueron repatriados desde el suelo hospitalario de Francia recién en 1880, y recibidos por el presidente Nicolás Avellaneda que, entre otros conceptos, expresó: "Treinta años de calumnias innobles no alcanzaron hacer subir una palabra de defensa, desde su corazón hasta los labios. La ingratitud no le arrancó una queja". Descansa donde él quería, en la ciudad de Buenos Aires, donde vivió menos de un lustro de su larga vida.
Al cerrar esta semblanza, recuerdo que comencé con el adjetivo sanmartiniano. Mi mente asocia ahora además una frase señera de Domingo Faustino Sarmiento que dice que "la servidumbre se mantiene por el olvido de las pasadas glorias y un pueblo es perdido cuando se ha hecho incrédulo a la religión de los recuerdos". Y me pregunto: ¿las afirmaciones del Libertador citadas en relación con algunos de nuestros gobiernos de los siglos siguientes serán y son mera coincidencia?
Porque tal vez San Martín —sin proponérselo— cruzó hacia lo póstumo, a la gloria, rechazando la momentánea celebridad.
Teniente General (RE), jefe del Estado Mayor del Ejército Argentino de 1992 a 1999. Veterano de Malvinas. Fue embajador en Colombia y en Costa Rica
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