El mundo por las nubes

Por Martín E. Feldstein

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Hace un tiempo, conducía en auto desde la provincia de San Luis a Mendoza, en Argentina y me dediqué a realizar una comparación entre el desempeño del GPS tradicional y el navegador disponible en el celular inteligente.

Ambos comienzan con el tiempo estimado de arribo (Estimated Time Arrival, ETA). El primero se limita a utilizar la velocidad promedio e indicar la hora probable de llegada, en función de los kilómetros a recorrer. El navegador del celular se nutre de las novedades que va recibiendo en tiempo real y así puede afinar la hora de arribo a destino. El tráfico, eventuales accidentes, obras de reparación, etcétera, hacen que la estimación sea mucho más precisa.

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De esto hablamos cuando nos referimos a la disrupción digital, porque el día que se lanzó el navegador en el celular se desplomaron las acciones de los fabricantes tradicionales de GPS, que se vieron impactados por una propuesta de valor revolucionaria y gratuita.

Vivimos tiempos en los que la tecnología produce una aceleración de los procesos. En 1942, Werner Sombart definió el concepto de la destrucción creativa, que fue popularizado por el economista Joseph Schumpeter en su libro Capitalismo, socialismo y democracia. Hablaba del proceso de innovación que tiene lugar en una economía de mercado en la que los nuevos productos destruyen viejas empresas y modelos de negocio. En 1997, Andy Grove, fundador de Intel, escribió el libro Solo los paranoides sobreviven, donde postulaba que, en los negocios, la paranoia cobra un importante valor, porque en el éxito está la semilla de su propia destrucción.

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Estamos en el siglo XXI y vivimos una aceleración que es una amenaza, pero también una oportunidad y se llama disrupción digital. La llegada de nuevos competidores con modelos completamente diferentes, la gratuidad (modelos freemium, donde no hay barreras de entrada y sí un salto a versiones pagas con mayores funcionalidades), la colaboración masiva y el poder que hoy tenemos como clientes o ciudadanos juegan un papel fundamental.

Cuando decimos que una tecnología es disruptiva, es porque provoca un punto y aparte con todo lo anterior; es lo suficientemente potente como para hacer temblar una industria entera. Amenaza el statu quo sobre el que se han basado negocios millonarios y rompe el monopolio de una tecnología antigua, a la que supera de alguna forma. La disrupción supone dejar de lado lo antiguo, lo establecido y lo seguro, y cambiarlo por algo novedoso, mejor y lleno de posibilidades aún desconocidas.

Es un auténtico reemplazo de lo viejo en favor de lo nuevo, como explica James McQuivey en su libro Digital Disruption.

Por más que tiremos piedras a las máquinas en la revolución industrial, o circulemos en taxis con carteles de "Fuera Uber", estos procesos, cuando se instalan, son inexorables. Se trata, entonces, de tener los radares abiertos para advertirlos cuanto antes y huir hacia adelante, surfeando una ola gigantesca que nos coloca frente a enormes oportunidades.

Si esto es inexorable, ¿cómo seguimos?

Hasta los bancos empiezan a decir que se convertirán en compañías de software. Internalizar las nuevas tecnologías como parte troncal de nuestras vidas nos permite encontrar nuevas cosas disruptivas para hacer. Ya no se trata de evolucionar sino de revolucionar lo que hacemos y avanzar al próximo nivel al iniciar la disrupción, y esto nos coloca en la vanguardia.

La buena noticia es que hoy ya no podemos hacer nada solos y la palabra clave es 'colaboración'. La nube nos permite trabajar colaborativamente en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier dispositivo conectado, sea fijo o móvil. Se trata de imaginar sin límites hasta dónde soñamos llegar.

El autor es emprendedor tecnológico con formación en administración (UBA) y dirección de empresas (IAE Business School), especialista en la transformación digital de los negocios.

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