El triunfo del Brexit en el referéndum británico potencia la posibilidad de que Donald Trump sea el próximo presidente de los Estados Unidos y obliga a un replanteo de certezas tenidas hasta ahora como inamovibles. Una vez más, se impone el principio de que ante lo nuevo hay que pensar de nuevo.
El siglo XXI arroja una novedad que desvela a los expertos: las protestas contra los efectos de la globalización, que a fines del siglo XX eran un tópico favorito de las izquierdas y los nacionalismos de los países del otrora llamado Tercer Mundo, en particular en América Latina y África, tienen ahora su epicentro en los países desarrollados y son capitalizadas por las derechas, en especial en Estados Unidos y Europa Occidental, cuyas sociedades padecen una honda insatisfacción, que se expresa a través del cuestionamiento de sus sistemas políticos.
El asombro de los analistas aumenta al comprobarse que parte de la base electoral de Bernie Sanders, el precandidato de la izquierda del Partido Demócrata que compitió con Hillary Clinton por la nominación presidencial, parecería estar más cerca de votar a Trump que a la candidata de su propio partido. Esto demuestra que su presunto "izquierdismo", más que una impugnación al capitalismo, es una nítida expresión de rechazo al sistema político estadounidense, encarnado por el matrimonio Clinton.
Las elecciones primarias norteamericanas permitieron entrever signos de este escenario inédito. El "núcleo duro" de los votantes de Trump se encuentra entre lo que antes solía caracterizarse humorísticamente como los "varones blancos enojados", pero que ahora empieza a señalizarse, con mayor precisión sociológica, como la clase trabajadora blanca, que desde hace quince años sufre una reducción de sus ingresos y una amenaza a la estabilidad de sus empleos
Las estadísticas revelan que aquel descenso del nivel de vida de los trabajadores está en línea con una elevación de los ingresos del 10% más rico de la población. Sanders basó su campaña en el ataque a los privilegios de ese 10%. Trump, uno de los mayores multimillonarios norteamericanos, hincó el diente en dos factores externos: la inmigración ilegal, que a su juicio perjudica al sector más pobre de la sociedad estadounidense, porque le disputa los trabajos de menor calificación, y la invasión de artículos importados de los países asiáticos, principalmente de China, fabricados por multinacionales norteamericanas.
Esa simplificación identifica las causas de los males de Estados Unidos en las consecuencias inevitables de la globalización: la migración de las personas hacia los países donde se pagan mejores salarios (desde México a Estados Unidos), el traslado de las empresas hacia los mercados donde consiguen mayores ganancias (desde Estados Unidos a China) y la pérdida de la identidad cultural de las sociedades (multiculturalismo), que va de la mano de su modernización.
En cierto sentido, la retórica de Trump evoca la fraseología del "movimiento antiglobalización". Los argumentos con que se opone a que Estados Unidos avance con el Acuerdo Transpacífico, que profundizaría la integración de la economía norteamericana con los países asiáticos, son similares a los utilizados en la década pasada en América Latina para enfrentar a Washington y rechazar su propuesta del ALCA.
En ese contexto, el abandono británico de la Unión Europea es un golpe mortífero contra el proceso de unificación continental impulsado en la década del 60 por Alemania y Francia y considerado en el mundo académico como un modelo casi ideal en materia de integración económica y política.
El triunfo del Brexit presenta semejanzas con el fenómeno Trump en Estados Unidos. La salida de la Unión Europea recogió apoyos a derecha e izquierda. Hunde sus raíces en el rechazo al sistema político. Ese descontento hizo que la conducción del Partido Laborista fuera ganada por el izquierdista Jeremy Corbyn (una versión inglesa de Sanders) y que el Partido Conservador tenga que afrontar el desafío de la extrema derecha, encarnado por el Partido de la Independencia (UKIP).
El común denominador de esa heterogénea coalición que respaldó el Brexit fue el deseo liberar a Gran Bretaña de la influencia del gobierno supranacional que desde Bruselas confisca el poder de decisión de los socios de la Unión Europea. Como Trump en Estados Unidos, la raíz de los males británicos también se coloca afuera, aunque esta vez no en los inmigrantes mexicanos, ni en la invasión de productos asiáticos, sino en la usurpación de la soberanía perpetrada por los burócratas de Bruselas.
En Europa continental, este resultado acentúa el giro hacia la derecha nacionalista, que preconiza el rescate de la soberanía de los estados frente a la transnacionalización de la economía y el poder político. No se trata ya de expresiones propias de la Europa Meridional, como Syria en Grecia y Podemos en España. Es una tendencia en ascenso en todo el continente y en especial, en los dos países que son el corazón de la Unión Europea: Francia y Alemania.
En Francia, el Frente Nacional liderado por Marine Le Pen se consolida como la primera fuerza política. En Alemania, la ultraderecha representada por Alternativa por Alemania se transformó en un nuevo actor del sistema político. En ambos casos, su prédica está centrada en la necesidad de enfrentar a dos enemigos externos: la Unión Europea y la inmigración islámica. Europa, cuna del Estado-Nación, ve diluida su identidad cultural y reacciona en consecuencia.
Mientras todo esto agita la superficie, aflora un trasfondo estructural: en los últimos veinticinco años, desde la disolución de la Unión Soviética, que disparó el avance irrefrenable de la globalización económica, Estados Unidos y Europa Occidental vienen perdiendo la preeminencia que habían mantenido durante siglos a manos del mundo emergente, encabezado por los países asiáticos y en particular por China, que reúne hoy más de la mitad del producto bruto mundial. El eje de la economía global se traslada del Atlántico al Pacífico, del Norte al Sur y de Occidente a Oriente. La ultraderecha europea y Trump capitalizan la frustración que genera en sus respectivas sociedades la constatación de esa hegemonía perdida.
El autor es Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico.
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