
La congresista republicana María Elvira Salazar colocó sobre una pantalla dos mapas de Estados Unidos y Nicaragua y lanzó una advertencia que devolvió a Washington una discusión que parecía enterrada con la Guerra Fría.
Managua, recordó, está más cerca de Miami que Los Ángeles. Y desde una enorme pista que China construye en Nicaragua, sostuvo, podría operar un bombardero estratégico capaz de alcanzar territorio estadounidense.
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Salazar hablaba el 15 de septiembre de 2026 durante una audiencia del Subcomité del Hemisferio Occidental de la Cámara de Representantes dedicada a Nicaragua. Frente a ella estaba Ana Quintana-Lovett, subsecretaria adjunta del Departamento de Estado para Centroamérica y Asuntos Migratorios. El tema era Punta Huete, un aeropuerto en construcción de unos 60 kilómetros al noreste de Managua, en la ribera norte del lago Xolotlán.
La congresista mencionó específicamente al Xian H-6N, un bombardero estratégico chino de largo alcance, y planteó que desde Punta Huete una aeronave de ese tipo podría llegar a Washington en unas tres horas.
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Su argumento es que la gigantesca infraestructura que Nicaragua presenta como un futuro aeropuerto comercial también tendría características para recibir aeronaves militares.

El Departamento de Estado evitó confirmar públicamente esa hipótesis. Quintana-Lovett dijo que Washington sigue de cerca el desarrollo de esas infraestructuras y consideró que algunos aspectos relacionados con su posible uso dual debían discutirse en una sesión cerrada.
Remanente de la “Guerra Fría”
La preocupación tiene una historia de más de cuatro décadas.
Punta Huete es el renacimiento de “Panchito”, una base aérea concebida por la Unión Soviética y el gobierno sandinista en los años ochenta para recibir un escuadrón de doce cazas MiG-21.
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Aquellos aviones nunca llegaron. La pista sobrevivió al derrumbe del bloque soviético, al final de la guerra, a la derrota electoral sandinista de 1990 y a décadas de abandono. Ahora Daniel Ortega y Rosario Murillo la han resucitado con dinero y tecnología de la República Popular China.
El proyecto actual lleva oficialmente el nombre de Aeropuerto Internacional Punta Huete. China CAMC Engineering Co. Ltd., CAMCE, filial del conglomerado estatal chino Sinomach, tiene a su cargo su reconstrucción, ampliación y modernización.
El contrato fue firmado en octubre de 2023, menos de dos años después de que Ortega rompiera relaciones diplomáticas con Taiwán y restableciera vínculos con Pekín. Nicaragua se incorporó entonces a la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
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La Asamblea Nacional aprobó en febrero de 2024 un financiamiento por 2,874.6 millones de yuanes, dividido en dos tramos y otorgado por CAMCE. Los registros del Ministerio de Hacienda sitúan esos créditos en unos 402 millones de dólares, aunque otras estimaciones, según el tipo de cambio y los componentes incluidos, elevan el financiamiento chino a más de 440 millones.
La inversión total anunciada por el régimen ha llegado a 517.6 millones de dólares. Al agregar intereses, comisiones y la contrapartida nacional, cálculos independientes sitúan el compromiso final para Nicaragua cerca de los 800 millones.
Será una obra muy superior a las necesidades actuales de la aviación nicaragüense. Punta Huete está proyectado como aeropuerto categoría 4F, la máxima categoría de referencia de la Organización de Aviación Civil Internacional para dimensiones de aeronaves. Tendrá una pista de 3,600 metros, terminal de pasajeros, terminal de carga, torre de control, hangares y una calle de rodaje paralela. El gobierno sostiene que podrá recibir grandes aeronaves intercontinentales y convertir a Nicaragua en un centro regional de transporte, comercio y logística.
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Pero debajo del nuevo concreto hay otro aeropuerto. Y otra historia.

Acuerdo militar secreto
En enero de 2006, cuando Magazine de La Prensa visitó Punta Huete, aquella infraestructura estaba prácticamente en abandono. La inmensa plancha de concreto estaba cubierta de excremento de ganado. Los edificios concebidos como hangares, oficinas y torre de control permanecían desmantelados o servían como bodegas de repuestos de la Fuerza Aérea. La pista, sin embargo, seguía allí.
Tenía 3,000 metros de largo, 45 de ancho y unos 40 centímetros de concreto reforzado, según el ingeniero aeronáutico Juan Carlos Rodríguez, quien la había estudiado a finales de los años ochenta.
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Rodríguez la describió entonces como una infraestructura de calidad superior a la pista asfaltada del Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino. El coronel retirado Javier Pichardo, último jefe de la Fuerza Aérea Sandinista, fue todavía más preciso al explicar su origen: “Es una copia al carbón de una base aérea soviética”.
El origen se remonta a 1981. En noviembre de ese año, Humberto Ortega, entonces ministro de Defensa y jefe del Ejército Popular Sandinista, firmó en Moscú un acuerdo secreto de asistencia militar con la Unión Soviética. Según el testimonio posterior de Roger Miranda, funcionario del Ministerio de Defensa que desertó a Estados Unidos en 1987, el acuerdo contemplaba la entrega a Nicaragua de doce cazas MiG-21 antes de 1985.
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El paquete requería algo más que los aviones. Nicaragua necesitaba pilotos, ingenieros, técnicos, sistemas de mantenimiento y, sobre todo, una base desde donde operarlos. Moscú proporcionaría equipo especializado para construirla y ayudaría a formar personal. Cuba aportaría asesores y su experiencia en instalaciones militares de modelo soviético.
Desde 1980 jóvenes militares nicaragüenses ya eran enviados a Bulgaria, Cuba y la Unión Soviética para aprender a pilotar y mantener los aparatos. Uno de ellos fue Onofre Guevara, que tenía 23 años cuando salió del país para prepararse como piloto. Llegó a acumular unas 30 horas de vuelo en MiG-21. Su misión era regresar a Nicaragua y formar parte de la nueva aviación de combate sandinista.
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Mientras ellos se entrenaban al otro lado del Atlántico, miles de toneladas de cemento, hierro y materiales eran llevadas hasta San Francisco Libre. La construcción comenzó a finales de 1981.
Alarma en Estados Unidos
En julio de 1982, los satélites estadounidenses detectaron una enorme obra en una península del lago de Managua. Washington empezó a observarla cuidadosamente. Fotografías tomadas desde el espacio y misiones de reconocimiento permitieron seguir el crecimiento de la pista casi paso por paso.
La historia de aquella operación fue reconstruida décadas después por Robert Vickers, quien había sido analista militar de la CIA para Centroamérica y posteriormente oficial nacional de inteligencia para América Latina. En 2016 publicó en Studies in Intelligence, revista de la CIA, un estudio dedicado específicamente a Punta Huete. La propia agencia mantiene disponible el trabajo en sus archivos públicos.
Para finales de 1984, los estadounidenses calculaban que la pista alcanzaba 3,050 metros. Había una calle de rodaje y estaban en construcción 16 refugios para aeronaves. Tres posiciones de artillería antiaérea protegían el aeródromo.
En Managua la obra se manejaba como secreto militar.
Pichardo recordaría años después algunos intentos rudimentarios por engañar la observación estadounidense. Se fabricaban incluso aviones falsos con madera, se pintaban de plateado y se colocaban como señuelos. “A lo mejor nosotros no estábamos engañando a nadie”, reconoció riéndose cuando La Prensa lo entrevistó años después.
Tenía razón. Estados Unidos sabía bastante.
La administración de Ronald Reagan consideraba la eventual llegada de los MiG un cambio peligroso del equilibrio militar centroamericano. La Directiva de Decisión de Seguridad Nacional 21, de enero de 1982, estableció que Washington se opondría a la introducción de aeronaves de combate avanzadas en Nicaragua. Para la administración estadounidense, los MiG significaban mucho más que doce aviones. Eran una señal de hasta dónde estaba dispuesta a llegar Moscú en Centroamérica.

La apuesta sandinista por los MiG
La revolución sandinista había triunfado en 1979 y rápidamente había establecido estrechos vínculos políticos y militares con Cuba y la Unión Soviética. Estados Unidos financiaba y armaba a la Contra mientras Nicaragua recibía armamento del bloque socialista. Punta Huete quedó en medio de ese pulso.
Para el Ejército Sandinista, los MiG también tenían una utilidad concreta. Pichardo explicó a Magazine que los cazas habrían permitido perseguir y cortar buena parte del abastecimiento aéreo de la Contra. Su radio de acción, aseguraba, habría permitido operar hasta el golfo de México. Militarmente, Nicaragua aspiraba además a equilibrar los F-5 de Honduras.
En septiembre de 1984, Humberto Ortega terminó de confirmar las sospechas estadounidenses: anunció públicamente que Punta Huete estaría listo para recibir aviones y pilotos a comienzos de 1985 y que Nicaragua buscaba MiG-21 soviéticos para estacionarlos allí.
Entonces llegó uno de los momentos más tensos.
En octubre de 1984, la inteligencia estadounidense observó en el puerto soviético de Nikoláyev un carguero llamado Bakuriani. Las imágenes mostraban cajas cuyas dimensiones parecían compatibles con cazas MiG. El barco emprendió una ruta extraordinariamente larga hacia Nicaragua, rodeando el cabo de Hornos en lugar de atravesar el Canal de Panamá. Washington siguió el carguero.
La posibilidad de que llevara los MiG llegó hasta la Casa Blanca. Un documento desclasificado de la CIA elaborado en noviembre de 1984 analizaba expresamente qué ocurriría si el Bakuriani desembarcaba MiG-21 en Corinto y recordaba que Punta Huete había sido diseñado para recibirlos.
Pero cuando el barco finalmente llegó a Nicaragua, dentro de las cajas no aparecieron los cazas. Llegaron helicópteros artillados Mi-24.
Según las reconstrucciones posteriores, Fidel Castro había recomendado a los soviéticos y sandinistas abandonar la idea de los MiG y recibir helicópteros, mucho más útiles para combatir a la Contra. Humberto Ortega se resistió. El valor de los cazas era también político: constituían una demostración visible del compromiso soviético con la defensa de la revolución.

Los MiG nunca llegaron. En cambio, Nicaragua terminó formando una poderosa flota de helicópteros soviéticos Mi-2, Mi-8, Mi-17 y Mi-24. Punta Huete quedó como un gigantesco monumento de concreto a una escalada militar que finalmente no ocurrió.
Mucha pista solo para MiG
La pista tenía además dimensiones que iban mucho más allá de las necesidades de un MiG-21. Cuando el ingeniero Juan Carlos Rodríguez recibió en 1989 la misión de estudiar la posibilidad de convertir Punta Huete en aeropuerto internacional, algo le llamó especialmente la atención: aquello era “mucha pista para los MIG”.
Un MiG-21 necesitaba una fracción de esos tres kilómetros para despegar. La instalación, en cambio, podía recibir grandes aviones de carga. Los Departamentos de Estado y Defensa estadounidenses fueron más lejos en un informe publicado en marzo de 1985: una vez terminada, Punta Huete sería la pista militar más larga de Centroamérica y podría recibir prácticamente cualquier aeronave del inventario soviético, incluidos grandes aviones de reconocimiento de largo alcance. Ese es el detalle que, cuatro décadas después, vuelve a inquietar a Washington.
La guerra terminó antes que el aeropuerto.
Los sandinistas perdieron las elecciones de febrero de 1990 y el gigantesco proyecto quedó abandonado. Durante años la vegetación invadió sus instalaciones y el ganado caminó sobre la pista que había provocado reuniones de seguridad nacional en Washington.
En 2008, ya con Daniel Ortega nuevamente en el poder, el gobierno gestionó recursos de la Corporación Centroamericana de Servicios de Navegación Aérea, COCESNA, para rehabilitar Punta Huete como aeropuerto alternativo de emergencia. Según el estudio publicado posteriormente por la CIA, en 2010 el aeródromo volvió a quedar en condiciones operativas con asistencia financiera rusa.
Paralelamente ocurrió algo menos visible. Ortega comenzó a transferir al Ejército las tierras donde se encuentra el aeropuerto.
Entre 2013 y 2022, mediante distintos acuerdos presidenciales, la institución armada recibió los terrenos de Punta Huete. En total suman unas 1.559 hectáreas. Eso significa que el nuevo aeropuerto financiado por China se construye sobre terrenos pertenecientes al Ejército de Nicaragua.

Revive el dinosaurio de la “Guerra Fría”
El 9 de diciembre de 2021 Ortega rompió las relaciones diplomáticas que Nicaragua mantenía con Taiwány reconoció a la República Popular China. La relación avanzó con extraordinaria rapidez. Nicaragua se adhirió a la Franja y la Ruta y Pekín comenzó a ocupar espacios económicos, comerciales y de infraestructura.
En octubre de 2023, durante el décimo aniversario de la iniciativa china, representantes nicaragüenses firmaron en Pekín ocho acuerdos con empresas estatales. El mayor era precisamente la reconstrucción, ampliación y modernización de Punta Huete. El viejo aeropuerto soviético había encontrado un nuevo padrino.
El 15 de agosto de 2024, Laureano Ortega Murillo encabezó el acto de colocación de la primera piedra junto con funcionarios nicaragüenses y representantes de CAMCE. El hijo de Ortega y Murillo presentó la obra como un proyecto destinado a conectar Nicaragua con el mundo y potenciar el turismo, las exportaciones y el comercio internacional. Esa continúa siendo la explicación oficial.
La nueva pista tendrá 3.600 metros, unos 600 más que la original. El complejo incluirá una terminal de pasajeros de unos 36.000 metros cuadrados, terminal de carga, hangares, torre de control y nuevas instalaciones. La previsión oficial es atender eventualmente unos 3.5 millones de pasajeros, 35.000 vuelos y más de 60.000 toneladas de carga anuales.
China también amplió su participación alrededor del aeropuerto. En 2026 CAMCE anunció otro contrato, por unos 75.56 millones de dólares, para construir una autopista de cuatro carriles que comunique Punta Huete con la red vial hacia Managua.
Sin embargo, el tamaño del proyecto contrasta con el mercado aeronáutico nicaragüense. El Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino puede atender aproximadamente dos millones de pasajeros anuales y se encuentra lejos de saturar esa capacidad.
Los datos recopilados en el informe de investigación señalan que Nicaragua recibió alrededor de 1.1 millones de pasajeros internacionales durante 2025. El país mantiene además un número reducido de vuelos diarios y de aerolíneas internacionales.
Eso alimenta una pregunta que Punta Huete arrastra desde su nacimiento: ¿para qué necesita Nicaragua una pista de esas dimensiones?
El gobierno responde que será para vuelos intercontinentales, carga, turismo e inversión. Su oficina de promoción de inversiones asegura que Punta Huete convertirá al país en un nodo internacional de transporte y logística.
Los críticos señalan la falta de demanda comercial y el potencial de doble uso de la infraestructura.
Hasta ahora no existe evidencia pública de un acuerdo que autorice a China a establecer una base militar en Punta Huete, ni de planes confirmados para estacionar bombarderos chinos allí.
El propio informe de investigación advierte que el contrato completo con CAMCE y sus anexos técnicos no son públicos, por lo que tampoco se conoce con precisión quién operará el aeropuerto terminado ni todos los términos acordados.
Una pista 4F de 3,600 metros puede recibir aeronaves de enorme tamaño. Está siendo construida por una empresa estatal china. Se encuentra sobre una base diseñada originalmente con asistencia soviética para aviación militar. El terreno pertenece al Ejército. Y Nicaragua ha estrechado simultáneamente sus relaciones militares y de seguridad con Rusia. Esa combinación explica la reacción estadounidense.
También la explica el costo. El crédito chino establece una tasa fija de 5.2 por ciento anual, un plazo de 15 años y cuatro años y medio de gracia, además de varias comisiones. Nicaragua debe aportar alrededor del 20 por ciento del proyecto como contrapartida. Entre 2023 y 2024, antes de que comenzaran los desembolsos significativos del financiamiento chino, el Estado nicaragüense ya había desembolsado más de 107 millones de dólares, según la documentación presupuestaria oficial.
La plataforma Confidencial calculó que, incorporando intereses, comisiones y recursos aportados directamente por Nicaragua, Punta Huete podría terminar comprometiendo cerca de 800 millones de dólares.
A ello se suma el ritmo de construcción.
El Ministerio de Hacienda reconoció un avance físico acumulado de apenas 8.8 por ciento al cierre de 2025. Para el primer trimestre de 2026 informó una ejecución de 1,936.1 millones de córdobas (unos 53 millones de dólares) y un avance acumulado de 17.5 por ciento.
Las visitas periodísticas también han mostrado un desarrollo mucho más lento que el anunciado inicialmente. En junio de 2025, Artículo 66 encontró principalmente barracas destinadas a trabajadores chinos y una zona bajo fuerte vigilancia militar.

A comienzos de 2026, fotografías divulgadas durante una visita del embajador chino Qu Yuhui mostraban que las obras estructurales apenas comenzaban. La Embajada china confirmó que Qu visitó Punta Huete el 8 de enero acompañado de representantes de CAMCE.
El proyecto tiene ahora como horizonte oficial octubre de 2028. Para entonces habrán pasado casi medio siglo desde que los primeros nicaragüenses fueron enviados a Europa Oriental a prepararse para volar los MiG que utilizarían Punta Huete.
Onofre Guevara fue uno de ellos. Cuando regresó a Nicaragua en 1986 ya sabía que probablemente nunca pilotaría aquellos cazas desde la gigantesca pista construida para recibirlos. Años después, durante una visita de militares nicaragüenses a la Base Aérea Nellis, en Nevada, en Estados Unidos, se encontró frente a un MiG-21 expuesto en un museo. Sus compañeros lo miraron como una curiosidad de la Guerra Fría. Para él significaba otra cosa. Era el avión para el cual había sido preparado.
“Sentí frustración”, recordó.
En 2006, cuando Magazine recorrió Punta Huete, parecía difícil imaginar que aquel lugar pudiera volver a ocupar titulares internacionales. El concreto estaba cubierto por maleza y excremento de ganado. Un par de soldados vigilaban unas instalaciones vacías. La torre de control nunca terminada se deterioraba bajo el sol de San Francisco Libre.
Veinte años después, las reses han dado paso a ingenieros chinos, maquinaria pesada y cientos de millones de dólares. También regresaron las preguntas de seguridad nacional.
Ronald Reagan nunca tuvo que enfrentar los MiG-21 estacionados en Punta Huete. Amenazó con bombardear el lugar si llegaban los cazas soviéticos hasta ahí. La presión estadounidense, las decisiones soviéticas y cubanas y el desarrollo de la guerra centroamericana terminaron dejando los cazas fuera de Nicaragua. El enorme aeropuerto concebido para recibirlos sobrevivió, sin embargo, a todos sus protagonistas.
Ahora China y el régimen de Ortega y Murillo construyen sobre aquella misma pista una instalación mucho mayor. Y Washington vuelve a mirar hacia Punta Huete.
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