
Al referirse al perfil que exige hoy la actividad, Laura comenta que “no necesitamos administrativos de comercio exterior, necesitamos arquitectos digitales”. En esta entrevista, detalla su mapa regional de proveedores, la complejidad operativa del sector tecnológico y la transformación del rol profesional en un contexto de apertura económica y cambios globales.
¿Cómo es tu mapa de comercio exterior? ¿Con qué países te vinculás?
Mi mapa de comercio exterior es realmente complejo y regionalizado. Me toca trabajar con proveedores de Asia, Europa, Estados Unidos, Chile, Paraguay, Uruguay y Perú. Cada país tiene sus particularidades, pero Argentina históricamente fue el mercado más complejo por las restricciones.
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Argentina nos obligó a desarrollar una enorme capacidad de adaptación. Durante los últimos 12 años tuvimos que especializarnos en interpretar normativas cambiantes, restricciones al giro de divisas, limitaciones arancelarias y regulaciones específicas. El resto de la región fue, en comparación, mucho más sencillo para operar.
¿Operar en varios países da flexibilidad?
Sí, pero principalmente en el aspecto financiero y estructural. Cuando Argentina tenía restricciones muy fuertes para girar pagos al exterior, se podían canalizar operaciones a través de otra subsidiaria. Eso otorga cintura.
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En lo operativo hay que intentar no improvisar. Se estudia cada carga antes de que salga de origen. Se evalúan requisitos, regulaciones y tiempos para evitar problemas en destino. No se suelen redireccionar cargas sobre la marcha; la estrategia es anticiparse.
El rubro tecnológico evoluciona muy rápido. ¿Cómo impacta eso en tu dinámica?
El rubro tecnológico es extremadamente demandante y vertiginoso. El producto pierde valor rápidamente y las actualizaciones son constantes. Desde el momento en que un cliente emite una orden de compra, comienza una carrera contra el reloj.
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El objetivo es ser el primero en tener el producto y entregarlo lo antes posible. Si no lo hacés, ese producto puede quedar obsoleto o depreciarse antes de llegar al cliente. Esa presión es constante.
Nos exigen una logística totalmente predictiva. La incertidumbre debería tender a cero. El cliente quiere visibilidad completa: saber cuándo salió de fábrica, cuándo ingresó al hub, cuándo embarcó, cuándo llegó a aduana y cuándo está en depósito. La palabra que define el negocio hoy es trazabilidad 24/7. Sin eso, no hay competitividad.
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¿Qué rol juega la tecnología en esa exigencia?
La tecnología es central, pero no solo como producto, sino como herramienta de gestión. La inteligencia artificial cambió completamente la forma en que planificamos. Podemos analizar condiciones climáticas, estimar tiempos de tránsito, decidir si conviene un marítimo, un aéreo o una combinación. Incluso podemos anticipar si el volumen consolidado va a cumplir con los plazos que el cliente necesita.
Además, se trabaja muchísimo con análisis de datos históricos. Volúmenes, tiempos de tránsito, demoras portuarias, comportamiento de proveedores y demás. Esa información nos permite tomar decisiones estratégicas.
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El concepto de "nearshoring” también es clave. Depósitos más cercanos, menor tiempo de entrega, menores costos logísticos y mayor competitividad comercial.
¿Crees que el sector tecnológico está impulsando la logística regional?
Sí. Este 2026 arranca con una apertura de mercado que para Argentina es atípica. La tecnología deja de verse como un bien de lujo y empieza a posicionarse como un motor de productividad económica.
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Venimos de años de restricciones severas. La flexibilización del giro de divisas fue un punto de inflexión. Poder asegurarle a un proveedor que va a cobrar es básico para sostener relaciones comerciales.
También hubo baja o eliminación de aranceles en ciertos productos. Eso cambia el paradigma. Pasamos de un esquema proteccionista a uno de mayor desregulación. Sin embargo, hoy hay un momento de cautela corporativa. Hay demanda, pero también hay espera. Todos están evaluando si este nuevo escenario se consolida.
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¿Qué aprendizajes te dejó trabajar con distintos países?
Me dejó un crecimiento enorme. Trabajar con Chile, por ejemplo, que culturalmente parece cercano pero tiene otra dinámica operativa, fue un desafío importante. Hace poco un colega uruguayo me dijo algo que me marcó: “Ustedes sobreviven en Marte”. Y tiene razón. Operar en Argentina desarrolla una capacidad de resolución inmediata muy alta.
Estamos acostumbrados a pivotear frente a restricciones, cambios normativos y alteraciones financieras. Esa capacidad después se traslada a cualquier mercado. El aprendizaje no es solo técnico. Es cultural. Es entender que cada país tiene su lógica y que adaptarse es parte del juego.
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¿Qué tipo de profesionales necesita hoy el comercio exterior?
No necesitamos administrativos que carguen datos. Necesitamos arquitectos digitales de comercio exterior. Profesionales que sepan manejar inteligencia artificial, interpretar bases de datos, tomar decisiones analíticas y reaccionar frente a cambios geopolíticos.
Hoy un país puede modificar aranceles de un día para otro y eso impacta directamente en la cadena logística. Si no tenés cintura estratégica, el negocio se desarma. La tecnología no es solo traer un chip o una computadora. Es entender cómo usar las herramientas disponibles para hacer que la logística sea más eficiente, previsible y estratégica.
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