
Al referirse al avance tecnológico y sus efectos en el trabajo, Bárbara comenta que “existe un temor a la automatización, pero el porcentaje de ocupaciones que hoy tienen riesgo real de ser sustituidas es muy bajo”. En esta entrevista, aborda las transformaciones del empleo, las brechas de habilidades y los retos que enfrentan jóvenes y mujeres en un contexto de cambio permanente.
¿Cómo describirías el escenario actual del mercado laboral a nivel global?
El mercado laboral mundial está atravesando enormes transiciones vinculadas a las “megatendencias del futuro del trabajo”. Esto incluye el crecimiento del comercio y la globalización, la incorporación acelerada de nuevas tecnologías y los cambios demográficos.
Si bien el crecimiento económico global se mantiene relativamente estable, en torno al 3%, y el mercado de trabajo acompaña ese ritmo —con tasas de desempleo cercanas al 5%—, los desafíos más grandes están en la calidad del empleo. Además, esos promedios esconden realidades muy distintas según grupos y regiones: jóvenes, mujeres y ciertas zonas geográficas enfrentan situaciones mucho más complejas.
¿Qué ocurre en América Latina y el Caribe dentro de ese contexto?
En la región se observa una leve reducción del desempleo y un aumento de la participación laboral, pero la informalidad sigue siendo muy elevada. Aproximadamente uno de cada dos trabajadores se encuentra en empleos informales.
Esto tiene un impacto directo en cómo viven las personas, porque eso implica falta de acceso a derechos básicos como la seguridad social, la jubilación o la cobertura de salud. Son tendencias que pueden parecer positivas en términos agregados, pero que conviven con déficits estructurales muy profundos.
¿Cuáles son los principales indicadores que se observan para analizar la informalidad y la calidad del empleo?
La tasa de informalidad es uno de los indicadores centrales: mide qué porcentaje de trabajadores no tiene aportes a la seguridad social ni acceso a los derechos del empleo formal. En Argentina, ese valor ronda el 42–43%.
Pero también miramos otros aspectos asociados al concepto de trabajo decente, como la estabilidad laboral, la duración de los contratos, la subocupación y el pluriempleo. Tener más de un trabajo puede ser una elección o una necesidad. Lo mismo ocurre con el trabajo a tiempo parcial o temporario: pueden ofrecer flexibilidad y oportunidades, pero necesitan estar acompañados por un marco formal que garantice derechos.

¿Existen sectores donde las brechas de habilidades son más visibles?
Sí, claramente. Las brechas de habilidades son un tema central hoy. Un ejemplo muy concreto, que surge del trabajo que venimos realizando, es el sector de minería y litio, especialmente en provincias del norte como Jujuy, Salta y Catamarca.
Allí analizamos cómo la población local puede responder a una demanda creciente de empleo. Lo interesante es que gran parte de los puestos que se generan son de calificación media, lo que abre oportunidades de formación más cortas y accesibles.
Se pueden identificar perfiles vinculados a operadores de plantas, mantenimiento mecánico, instrumentistas y también roles administrativos. Algo similar ocurre en provincias como Mendoza y Chubut, donde conviven sectores tradicionales como la metalmecánica con una demanda creciente de habilidades en informática y software.
Más allá de las habilidades técnicas, ¿qué otros factores están pesando en el mercado laboral?
Hay un estudio global que analiza los avisos de empleo entre 2011 y 2023 y muestra algo muy interesante: las empresas demandan tres grandes grupos de habilidades.
Por un lado, las manuales, que hoy pesan menos. Por otro, las cognitivas, asociadas a planificación, software o inteligencia artificial, que representan alrededor del 45%. Y, con el mismo peso, las socioemocionales, como comunicación, trabajo en equipo y adaptación.
Lo clave es que estas habilidades no se demandan de manera aislada. Las técnicas casi siempre vienen acompañadas de habilidades socioemocionales. Ese conjunto es el que mejora las chances de inserción laboral.
¿Cómo cambia esto la forma de pensar la formación y las carreras laborales?
Hoy no existe una “bala de plata”. No hay una sola carrera o habilidad que garantice la inserción laboral. La buena noticia es que eso abre oportunidades, porque lo que se necesita es un set diverso de habilidades, que se construye a lo largo del tiempo.
El desafío es que la formación se vuelve continua. Ya no alcanza con estudiar una vez. La capacidad de seguir aprendiendo, de ser curioso y de adaptarse, es central en el mundo del trabajo actual.
¿Cómo impacta este contexto en los jóvenes?
Los jóvenes se insertan en un escenario lleno de oportunidades, pero también muy desafiante. A nivel global, el desempleo juvenil ronda el 13%, uno de los valores más bajos de los últimos años, pero sigue siendo mucho más alto que el de los adultos.
Además, los jóvenes están sobrerrepresentados en la informalidad y hay un dato muy preocupante: alrededor del 20% no estudia, no trabaja ni busca empleo. Dentro de ese grupo, dos de cada tres son mujeres.
A esto se suma un componente nuevo: el impacto socioemocional. Dos de cada tres jóvenes manifiestan estrés, ansiedad o angustia por su situación laboral. Esto influye directamente en las decisiones de vida y de formación.
¿Qué rol juega la automatización y la inteligencia artificial en este escenario?
La automatización genera temor, pero los datos muestran que solo alrededor del 5% de las ocupaciones tienen hoy un alto riesgo de ser sustituidas. La mayoría se transforma.
Los oficios, por ejemplo, están entre las ocupaciones menos impactadas, porque no incorporan tareas fácilmente automatizables. En cambio, las tareas administrativas sí están más expuestas, y allí las mujeres están sobrerrepresentadas. Esto refuerza la necesidad de reentrenamiento y formación a lo largo de la vida, acompañados por políticas públicas y diálogo social.
¿Puede la tecnología ayudar a reducir la informalidad?
Sí, hay experiencias muy interesantes en la región que muestran cómo las nuevas tecnologías pueden facilitar la transición a la formalidad, tanto para empresas como para trabajadores.
La trazabilidad digital, la gestión de datos y el uso inteligente de la información pueden fortalecer la fiscalización, mejorar la productividad y acompañar políticas de desarrollo local. Pero para eso es clave que esos datos se integren a la política pública y no queden solo en el ámbito privado.
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