
Refiriéndose a la logística, Mateo comenta que “he pasado por las mil y una y esto me ayudó mucho a tener resiliencia, paciencia, a tener una mayor planificación en los proyectos”. En esta entrevista, el emprendedor comparte cómo su experiencia personal y profesional lo llevó a construir puentes culturales y comerciales entre Corea y Argentina.
¿Qué particularidades distinguen a la industria cosmética coreana y su filosofía de cuidado de la piel?
Para entender la cosmética coreana, hay que mirar hacia su historia. En sus orígenes está el “hanbang”, una medicina tradicional que usaba ingredientes naturales como jengibre, arroz, jalea real o agua de arroz. Esa tradición se fusionó con la innovación tecnológica moderna a través de la fermentación de activos, un proceso que potencia los ingredientes y mejora su absorción en la piel.
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Es un enfoque que mezcla ciencia, naturaleza y cultura. Lo mismo que sucede en la gastronomía coreana, donde las bases de las salsas se fermentan, se aplica en la formulación cosmética. Hoy Corea es uno de los países con mayor cantidad de patentes de innovación cosmética y, recientemente, se convirtió en el segundo mayor exportador del mundo, detrás de Francia. Su liderazgo se sostiene en una década de investigación constante, nuevos ingredientes y mejora continua.
¿Cómo influyó tu historia personal y cultural en este emprendimiento?
Mi vínculo con la cultura coreana viene desde la infancia. Crecí viendo series y películas en las que la cosmética estaba muy presente. Recuerdo a mi mamá viajando a Corea y trayendo valijas llenas de productos para regalar. Eso me marcó.
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Pero el impulso real llegó en 2016, cuando nació mi hija Isabela. Fue un momento de crisis y decisión: transformar algo culturalmente arraigado en un negocio propio. Así nació mi emprendimiento, con la idea de unir mis raíces coreanas con mi vida en Argentina. Lo que empezó como una necesidad se convirtió en un proyecto de vida y una manera de conectar dos mundos.
Corea y Argentina mantienen una larga relación comercial. ¿Cómo la describirías hoy?
Es una relación de décadas que tiene muchísimo potencial. Desde chico acompañé a mi padre, que trabajaba en comercio exterior, y aprendí conceptos como FOB, CIF, flete o Incoterms ayudándolo a enviar productos argentinos —vinos, aceites, soja, salsas— hacia Corea.
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Hoy muchas empresas coreanas están instaladas en Argentina, sobre todo en sectores automotrices, tecnológicos y de consumo, liderando segmentos clave. Son economías que se complementan muy bien: Corea necesita alimentos y materias primas, y Argentina puede proveerlos con calidad. Si hay una política activa de promoción comercial, el techo de crecimiento es enorme.
La Embajada de Corea trabaja muy bien a través de su oficina comercial, KOTRA, generando reuniones, ferias y espacios de intercambio. Si Argentina lograra moverse con esa misma energía institucional, podríamos multiplicar las oportunidades de exportación e inversión bilateral.
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¿Cómo ves el vínculo logístico entre ambos países?
En lo logístico, he pasado por todas las dificultades posibles. Desde contenedores demorados más de un mes hasta buques varados en Brasil o congestiones en Hong Kong. Hoy el “transit time" entre Corea y Buenos Aires es de 52 días, sin rutas directas.
La carga suele pasar por Pusan, luego Hong Kong, y después varios puertos brasileños, como Santos o Navegantes. Si hay algún paro, mal clima o congestión, el contenedor queda detenido. Eso me enseñó que en el comercio internacional y la planificación lo es todo.
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Hay que trabajar con anticipación, contemplar márgenes amplios y tener planes alternativos. Me ha pasado organizar eventos de lanzamiento con fechas cerradas, celebridades contratadas y campañas listas, y enterarme una semana antes de que el contenedor quedó varado. Aprendí que la logística internacional requiere flexibilidad, coordinación y una mirada integral que incluya marketing, comercial y operaciones.

¿Qué impacto tiene la expansión de la cultura coreana —música, gastronomía, cine— en el comercio global?
Lo que vivimos hoy es el resultado de décadas de trabajo cultural. Corea entendió que no debía vender solo productos, sino vender cultura. La llamada “Hallyu” o “ola coreana” —que incluye K-pop, K-drama, K-food y K-beauty— lleva más de 30 años construyéndose.
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El gobierno coreano impulsó esta estrategia a largo plazo, combinando diplomacia cultural y comercio exterior. Hoy ves restaurantes coreanos en toda Latinoamérica, consumidores que prueban lo que vieron en una serie, jóvenes que escuchan bandas coreanas y después buscan productos del mismo origen. Todo está conectado. Y esa conexión emocional se traduce en oportunidades comerciales globales.
¿Cómo influyen las diferencias culturales en los vínculos de negocios entre Corea y Argentina?
Las diferencias son muchas, desde lo horario —cuando acá son las 14, en Corea son las 2 de la mañana— hasta lo actitudinal. La puntualidad, la jerarquía y el respeto son valores profundamente arraigados en la cultura coreana. Pero también hay algo que nos une: la pasión por lo que hacemos.
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En mi caso, priorizo tres pilares: humanidad, pasión y excelencia. El factor humano es lo primero: ser buena gente. Después, la pasión, que es el motor de todo. Tengo un cuadro en mi oficina con la palabra “Chotxin”, que significa “la pasión de la primera vez”. Me lo enseñó un jefe hace años, y lo tengo presente cada día.
Finalmente, la excelencia: hacer las cosas bien, incluso cuando otros no lo hacen. Creo que esa combinación —humildad, pasión y esfuerzo— me permitió generar alianzas sólidas con empresas coreanas que valoran estos mismos principios. Cuando sienten que enfrente hay un socio que comparte su filosofía, confían y proyectan a largo plazo.
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