
Alberto reflexiona sobre los desafíos de ofrecer un servicio integral, el rol de la tecnología, la importancia de los vínculos humanos y la colaboración dentro del sector. Para él, en una operación de comercio exterior “podés automatizar un montón de cosas, pero siempre necesitás el criterio técnico de alguien que sepa”.
¿Cuáles son las responsabilidades que implica ofrecer un servicio integral en comercio exterior?
Un servicio integral equivale a un departamento tercerizado de comercio exterior para una pyme. Es como tener un equipo propio de comex, pero por fuera de la empresa. Eso permite que el usuario delegue tareas que normalmente haría un analista de comercio exterior: contactar con proveedores, organizar envíos, contratar transportes, efectuar pagos, seguir el estado de la carga, entre muchas otras cosas. Somos el nexo con todos los actores de la operación.
¿Con qué eslabones de la cadena se vinculan en este tipo de servicio?
Trabajamos con muchos: agentes de carga, empresas de transporte terrestre, agentes marítimos, terminales portuarias, depósitos fiscales, hasta motos de mensajería. Todos cumplen un rol clave, aunque a veces no se los nombre. En esta cadena, siempre hay alguien que tiene que estar encima de todo y alguien a quien se le escapa algo. Para eso estamos quienes salvamos: los “héroes sin capa”.
¿Qué estrategias son importantes para gestionar proveedores externos?
Primero, el buen trato. Segundo, conocer bien de lo que estás hablando: cuando te delegan una responsabilidad, representás al importador o exportador. Tenés que tener el conocimiento técnico para que al consultar, cotizar o contratar, lo hagas con certeza y sin errores.
¿Cómo es el vínculo con los proveedores logísticos locales?
Siempre conviene tener varias cartas en la manga. Hay mucha demanda y a veces uno necesita resolver sobre la marcha. Ahí es fundamental trabajar con gente confiable. Lo importante es que el proveedor te diga con claridad si puede o no puede, sin prometer algo que no sabe si va a poder cumplir. Lo que valoramos es el servicio, no la venta.
¿Cómo observás el movimiento del sector?
Hay muchas personas queriendo entender el rubro. Se está achicando un poco la brecha: crecen las consultas, aunque todavía hay pocos que se animan a operar. Muchos lo ven como un monstruo, pero una vez que entrás, te das cuenta de que es un trabajo como cualquier otro, con sus particularidades.
¿Cómo es la relación con los terceros organismos?
Depende del nivel de complejidad del trámite. Muchas veces hay demoras, pero también hay gente que da lo mejor con lo que tiene. Lo que veo hoy es más predisposición para hacer las cosas y eso es un avance.
¿Qué impacto tiene la tecnología en la actividad?
Hoy hacés todo a distancia. Antes tenías que ir a una oficina, esperar horas. Hoy lo hacés desde tu escritorio. Pensá que un certificado de origen se puede firmar digitalmente con un token encriptado. Tiene más validez que muchas firmas tradicionales. Creo que estamos cerca de vincular toda la información a un QR. Siempre se puede mejorar.

En ese contexto, ¿qué lugar ocupa la persona?
Lo que nunca cambia es la relación con el cliente. Podés automatizar un montón de cosas, pero siempre necesitás el criterio técnico de alguien que sepa. La confianza, la seguridad, la forma en que hablás con el usuario, eso no lo reemplaza ningún sistema. Siempre va a haber una situación nueva, un desafío, y ahí necesitás personas.
¿Cómo ves el valor de la colaboración entre colegas?
Fundamental. Tenemos un grupo con más de 200 despachantes donde nos asesoramos, nos preguntamos cosas. La camaradería que existe es lo que me permitió lograr lo que logré. Hay respeto por lo que es de cada uno y eso no se puede perder. Todos estamos para aprender.
¿Qué te mantiene motivado en este rubro?
Que cada operación tiene algo nuevo. Aunque tengas la base, cada producto, cada industria, cada trámite te obliga a aprender otra vez. Esa incertidumbre, esa adrenalina, es lo que lo hace maravilloso. Si hicieras siempre lo mismo, sería aburrido. Acá los desafíos no se terminan
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