
“Las empresas que más visibilidad tienen son las que cuentan con líderes activos, que ponen la cara, que humanizan el mensaje”, sostiene Maite, al resaltar la importancia de asumir con convicción el mensaje que cada marca elige comunicar. Para la logística y el comercio exterior, advierte que adueñarse de ese discurso es clave para sostener la credibilidad en sectores donde la seguridad y la confianza son esenciales.
¿Cómo ves la evolución de la comunicación en general y en particular en rubros como la logística y el comercio exterior?
Hoy en día hay una sobrecomunicación absoluta. Estamos abrumados porque todos están contando historias al mismo tiempo. En este contexto, quien gana es el que tiene el mejor “hook”, el mejor arranque de la historia. Es clave tener un muy buen manejo de lo que hoy se llama storytelling. Justamente leía hace poco que las marcas ya no compiten tanto por la compra, sino por captar tu atención durante esos primeros dos o tres segundos. Si logran eso, ya te tienen. Ahí está la habilidad de quienes comunicamos: captar esa atención inicial que es tan difícil de conseguir.
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En sectores como la logística y el comercio exterior, donde lo que importa es transmitir eficiencia, seguridad y confianza, esa capacidad de captar la atención inicial tiene que ir acompañada de un mensaje que reafirme esos valores.
¿Qué estrategias funcionan para captar la atención sin caer en la exageración?
Hoy pareciera que vale todo. En redes sociales se agudizan mucho los discursos, se exagera para llamar la atención. Algo simple como haber cruzado la calle y haber visto pasar un colectivo se convierte en “casi me atropella”. Esto pasa porque, si no generás impacto, la gente sigue de largo. Pero hay que buscar un equilibrio. No se trata de mentir o exagerar de más, sino de encontrar la mejor parte de tu historia y contarla de forma atractiva.
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Por ejemplo, cuando hablo de noticias en mis redes personales, busco siempre ese costado curioso que puede enganchar a la gente desde el primer segundo. Creo que el secreto está en cómo decimos las cosas, no tanto en qué decimos. Si trabajamos bien el cómo, cualquier tema puede sonar atractivo.
¿Cuáles son las diferencias que ves entre las nuevas generaciones y las audiencias tradicionales?
Lo primero que noto es que los medios tradicionales siguen enfocados en informar. La gente que consume esos espacios busca mantenerse informada, ya sea sobre temas más livianos o más profundos. En cambio, las nuevas generaciones parecen buscar más el entretenimiento, las conversaciones informales, los debates para pasar el rato. Lo veo mucho: las nuevas generaciones están bastante más desinformadas que las anteriores, como la de nuestros padres, que crecieron mirando tele o escuchando radio.
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Hay un cambio cultural fuerte ahí. Los chicos de hoy están más volcados a formatos descontracturados, mientras que las generaciones anteriores tenían un vínculo mucho más directo con la información pura y dura. Creo que por eso las estrategias de comunicación tienen que adaptarse según la audiencia que se quiera alcanzar.

¿Cómo impacta este ritmo vertiginoso de información en nuestro consumo diario?
Es un tema que me apasiona y lo hablo mucho en redes. Siento que vivimos una contradicción: reflexionamos sobre el exceso de consumo de tecnología, pero al mismo tiempo lo hacemos a través de esas mismas plataformas. Me parece urgente que en algún momento se regule, porque somos la primera generación en la historia que vive la experiencia humana con un dispositivo en la mano. Antes la gente crecía con herramientas, pero no con algo que no podemos soltar ni para ir al baño. Es casi la extensión de nuestro cerebro.
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Hoy estamos viviendo a un ritmo que la tecnología nos impone, pero que biológicamente no acompaña. La ansiedad está a la orden del día, y vemos que incluso los espacios de recreación se vuelven consumos rápidos, fragmentados. Hasta la música, que antes escuchábamos completa, ahora la pasamos por alto. Me parece que ahí hay un llamado a los líderes del mundo: esto necesita regulación, porque es una adicción y, si no se actúa desde arriba, es difícil que cambie.
¿Qué recomendaciones darías a los sectores de logística y comercio exterior para comunicar sin perder profundidad?
Creo que, como en cualquier rubro, si vas a comunicar algo en representación de tu marca personal o de tu empresa, tenés que adueñarte de ese mensaje. Hay marcas que intentan sumarse a tendencias por moda, pero terminan perdiendo credibilidad. Si tu identidad de marca está basada en la seriedad y la seguridad, que son fundamentales en la logística y el comercio exterior, no te conviene subirte a cualquier meme o tendencia vacía. La comunicación tiene que tener un propósito claro.
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Hoy es clave que los líderes de estos sectores aprendan a comunicar, que se animen a hablar frente a una cámara o con un simple celular. Las empresas que más visibilidad tienen son las que cuentan con líderes activos, que ponen la cara, que humanizan el mensaje. La autenticidad conecta, y ese es un gran aprendizaje.
¿Cuándo sentís que realmente existe comunicación efectiva?
Siento que realmente hay comunicación cuando le generás una emoción al otro, cuando el mensaje no es forzado y surge de manera natural. Ahí es cuando la otra persona hace lo que vos esperabas: comprar, visitar un sitio, interesarse. No hace falta empujarla, simplemente se genera ese vínculo.
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Me parece que a eso aspiramos todos, como marcas o como comunicadores. Buscamos esa conexión genuina que haga que el público se involucre porque le movilizaste algo, no porque lo forzaste. Esa es la verdadera meta de la comunicación: lograr que el mensaje no solo se transmita, sino que realmente conecte, dejando una huella y construyendo relaciones de largo plazo. Al final del día, comunicar bien no es solo lograr que te escuchen, sino que te recuerden.
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