
El 15 de mayo de 1867 Querétaro, uno de los pocos puntos del país que aún le pertenecían al Segundo Imperio Mexicano, cayó. La toma de la capital del Bajío fue significativa porque el emperador Maximiliano de Habsburgo estaba refugiado en la ciudad.
Con la toma de Querétaro y la captura del emperador el imperio mexicano estaba derrotado, el triunfo de la república de Benito Juárez solo necesitaba recuperar la Ciudad de México más como un trámite. Sin embargo, aún quedaba un aspecto importante: el destino de los detenidos.
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En 1862, al iniciar la intervención, Benito Juárez publicó una ley que estaba destinada a ejecutar a todos los que apoyaran a los franceses. Bajo esas disposiciones fueron juzgados Miguel Miramón, Tomás Mejía y Maximiliano de Habsburgo. Después del juicio, en donde se imputaron cargos y se entregaron pruebas, las tres principales cabezas del imperio fueron condenadas al fusilamiento.
La posibilidad de que se ejecutara a un miembro de la casa de Habsburgo, una de las familias reales más viejas y poderosas de Europa, provocó gran escándalo en el mundo. Múltiples voces intercedieron para disuadir la pena y hacer que Juárez le diera el perdón a Maximiliano. De ellas, destaca la de la princesa Inés de Salm-Salm.
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Una princesa alemana en el Segundo Imperio Mexicano

Agnes Elisabeth Winona Leclerc Joy nació en Vermont, Estados Unidos, el 25 de diciembre de 1844. En 1862 se casó con Félix de Salm-Salm, príncipe y militar alemán, se conocieron un año antes. A partir de ahí fue conocida como la princesa Inés de Salm-Salm.
Félix de Salm-Salm fue uno de los numerosos militares europeos que viajaron a México para servir al Segundo Imperio Mexicano y fue capturado en la toma de Querétaro.
“Entonces tomad mi vida y perdonad la de un hombre que puede hacer aún mucho bien”

En ese contexto la princesa Inés comenzó a reuniese con políticos y cualquiera que pudiera ayudarle a salvarle la vida tanto a su esposo como a Maximiliano. Su experiencia quedó registrada en el libro “Querétaro: apuntes del diario de la princesa Inés de Salm-Salm”. Ahí describe su reunión con Benito Juárez con el fin de “enternecer el corazón de aquél hombre, de quien dependía la vida del Emperador”.
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A las 8 de la noche fue recibida por Benito Juárez en San Luis Potosí, el presidente, de acuerdo con la princesa, tenía un aspecto “muy pálido y parecía padecer mucho”. Con labios temblorosos, Inés de Salm-Salm empezó a pedir por la vida de Maximiliano, al menos, posponer la ejecución, el presidente le dijo que eso no podía suceder.
La princesa no resistió la negativa de Juárez y cayó de rodillas, así, llorando y temblando, suplicó con más intensidad el perdón hacia el archiduque. El estadista hizo esfuerzos para tratar de ponerla de pie, pero ella se aferró a sus piernas.
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Benito Juárez estaba, de acuerdo con la princesa, “conmovido” y con “los ojos humedecidos en lágrimas”, entonces le dijo el presidente con tristeza:

“Me causa verdadero dolor, señora, el verla así de rodillas; mas aunque todos los reyes y todas las reinas estuviesen en vuestro lugar, no podría perdonarle la vida. Nos soy yo quien se la quito: es el pueblo y la ley que piden su muerte; si yo no hiciese la voluntad del pueblo, entonces este le quitaría la vida a él y aún pediría la mía también.”
La princesa le respondió con desesperación: “si ha de correr sangre, entonces tomad mi vida, la vida de una mujer inútil; y perdonad la de un hombre que puede hacer aún mucho bien”.
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Todo fue en vano, Juárez se conmovió ante los ruegos de Inés de Salm-Salm, pero se mostró inflexible. Solo pudo asegurarle, gracias al empeño de la princesa y la estima que generó en el presidente, que la vida de su marido Felipe (la que aún estaba en riesgo) sería respetada.

Al salir, la princesa Inés vio a numerosas mujeres con las mismas intenciones que ella, entre ese grupo estaba Concepción Lombardo, esposa de Miguel Mirámón, junto con sus hijos.
José María Iglesias narró la escena entre la esposa de Miramón y Benito Juárez a Inés de Salm-Salm, dijo que el presidente “sufría en aquel momento de sobre manera, por verse en la dura y cruel necesidad de mandar quitar la vida a un hombre tan noble como Maximiliano, y a dos hermanos. Pero no podía hacerse de otro modo”. Luego de esto, sumamente afectado emocionalmente, el estadista oaxaqueño entró a su cuarto y no recibió visitas por tres días.
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La mañana siguiente llegó por telégrafo la noticia: el 19 de junio de 1867 fue fusilado Maximiliano de Habsburgo junto con Miguel Miramón y Tomás Mejía.
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