
En el complejo mundo de las relaciones afectivas, ciertos patrones emocionales se repiten con más frecuencia de lo que podríamos imaginar. Uno de ellos es el llamado Síndrome de Fortunata, un término que, aunque no clínico, ha sido útil para describir una situación afectiva cargada de dolor, ambivalencia y desventaja emocional.
La psicóloga María Fátima Seppi Vinuales, especialista en parentalidad, apego y desarrollo por la Fundación América por la Infancia de la Universidad de Córdoba, en Colombia, explica que esta figura se inspira en el personaje de Fortunata, protagonista de la novela Fortunata y Jacinta (1887) del escritor español Benito Pérez Galdós.
“La trama de la novela aborda la complejidad de los vínculos y viene a dar cuenta de relaciones de dependencia y obsesión”, menciona la psicóloga en el artículo “Síndrome de Fortunata: la fantasía de buscar personas casadas”, publicado en el sitio web Mejor con Salud.
Aunque el término surge en un contexto literario del siglo XIX, su vigencia es alarmante en la actualidad. Muchas mujeres, a veces sin darse cuenta, repiten el modelo de Fortunata en sus vínculos amorosos, perpetuando una relación de dependencia emocional que puede derivar en baja autoestima, ansiedad y sensación de abandono constante.

¿Cómo es el síndrome de Fortunata?
El síndrome no es reconocido formalmente por los manuales de diagnóstico psicológico, pero es abordado desde la psicología y la sociología como un fenómeno de sufrimiento afectivo ligado a los roles de género, la idealización del amor y la desigualdad emocional en las relaciones.
De acuerdo con el psicólogo clínico Óscar Castillero Mimenza, de la Universidad de Barcelona, entre las principales características del síndrome destaca en primer lugar la presencia de una sensación de profundo enamoramiento hacia la persona objeto de deseo, el cual persiste incluso si esa persona tiene una relación formal con otra.
Las mujeres afectadas por este patrón muestran una intensa lealtad y abnegación, llegando a considerar que la vida carece de sentido sin la presencia del ser amado. Esta dependencia emocional es tan profunda que pueden llegar a perdonar cualquier mentira, humillación o traición, convencidas de que su amor es único y verdadero.
“Únicamente se siente atracción por esa persona y se dejan de lado otras posibles oportunidades y relaciones, e incluso pueden llegar a dejarlo todo”, explica Castillejo.
Otro rasgo característico es que se deja de lado cualquier otra oportunidad afectiva o profesional. Muchas mujeres bajo este síndrome renuncian a relaciones sanas, a proyectos de vida e incluso a su entorno cercano, como la familia o el trabajo, todo en nombre de una relación que se sostiene más en la ilusión que en la realidad.
Castillero advierte que estas personas viven atrapadas en fantasías utópicas y optimistas sobre un futuro en pareja que raramente se concreta. Se convencen de que, tarde o temprano, la persona amada dejará a su pareja actual y confirmará que su relación era la verdadera.
“Se considera que es mero azar o mala suerte que el ser amado esté casado y que algo ocurrirá que hará que termine por estar junto a ella/él”, menciona el especialista a través del sitio web Psicología y Mente.
En muchos casos, se identifican rasgos obsesivos, comportamientos propios de una personalidad dependiente o incluso delirantes. La relación se vuelve tóxica, marcada por la desigualdad, la espera eterna y, en ocasiones, conductas abusivas por parte del ser amado. La idealización extrema impide ver la realidad y perpetúa el autoengaño, mientras la autoestima se deteriora progresivamente.
La culpa detrás del síndrome de la Fortunata
El síndrome de Fortunata no puede entenderse sin observar las estructuras sociales que lo perpetúan. Tal como señala María Seppi Vinualea, existe una clara doble moral que atraviesa las relaciones afectivas, especialmente cuando una mujer ocupa el rol de “la otra”.
La vara con la que se mide su conducta es distinta a la que se aplica a los varones involucrados en situaciones similares. Mientras que ellas cargan con el estigma, ellos a menudo son eximidos de culpa o incluso legitimados por su entorno.
“Si quien cometió la infidelidad es un varón, a quien se expone y culpa es a ella (la mujer). Hasta se la acusa de “romper una familia”, de “tener poca empatía con las mujeres”, expone la psicóloga.
María advierte que bajo etiquetas históricas como “histérica” o “deprimida”, muchas veces se escondieron juicios morales sobre la forma en que las mujeres deciden vivir sus deseos. Estas categorías no son neutrales, sino mecanismos de control disfrazados de diagnóstico. La necesidad de encontrar una culpable facilita una lectura simplista del conflicto, evitando interrogar la falta de responsabilidad afectiva que se suele asignar exclusivamente a ellas.
Al final, nadie obliga a un hombre a ser infiel. Aun así, la forma en que se construyen los discursos suele presentar al varón como víctima de una seducción irresistible o atrapado en una circunstancia que lo supera. “Se trata de buscar una culpable porque es más fácil atender a una explicación lineal que preguntarse por la responsabilidad afectiva en las relaciones”, dice Seppi Vinuales.

¿Qué tratamientos existen para el síndrome de la Fortunata?
De acuerdo con el psicólogo Rafael Gómez, de la Universidad Autónoma de Madrid (UNAM), el abordaje del síndrome requiere una atención integral que combine diferentes recursos terapéuticos. Una de las herramientas más utilizadas es la terapia cognitivo-conductual, la cual permite identificar ideas distorsionadas y modificar conductas que refuerzan el vínculo disfuncional.
A través de ejercicios prácticos, se busca que la persona reemplace esquemas dañinos por otros más funcionales, fortaleciendo su autonomía emocional y su capacidad para tomar decisiones sanas.
Otro enfoque útil es la terapia de aceptación y compromiso, que propone trabajar con las emociones difíciles sin intentar suprimirlas. Esta modalidad guía a la persona hacia una vida más coherente con sus principios, priorizando el bienestar personal por encima de la idealización romántica.
Al tomar conciencia de lo que realmente valoran, quienes padecen este síndrome pueden orientar sus acciones de forma más saludable, sin quedar atrapados en promesas vacías o expectativas irreales.
En ciertos casos, puede contemplarse el uso de medicación psicotrópica, especialmente si existen cuadros intensos de ansiedad o síntomas depresivos. Además, la terapia grupal aparece como un recurso complementario valioso: compartir experiencias similares con otros puede brindar consuelo, perspectiva y una red de apoyo que facilite el proceso de cambio.
El acompañamiento profesional en todo momento es clave para evitar recaídas y fomentar vínculos afectivos más equilibrados y constructivos.
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