
Hace unos días, el pasado 19 de junio, se cumplieron 156 años del fusilamiento de quien fuera el segundo Emperador de México, Maximiliano de Habsburgo. El archiduque europeo fue sentenciado a muerte, y fusilado en el Cerro de las Campanas, en Querétaro, estado en el que se sitió por algunos meses para evitar ser detenido por el gobierno de Benito Juárez.
Maximiliano de Habsburgo llegó a México en 1864, tres años antes de su muertes, que se dio en 1867. Desembarcó en el puerto de Veracruz, donde se cuenta, tuvo un recibimiento muy frío por parte de los pobladores. Esto desanimó a su esposa, Carlota de Bélgica, sin embargo, Maximiliano llegó animado, pues fue engañado por Napoleón III, gobernante de Francia, y por los conservadores mexicanos, quienes le aseguraron que los mexicanos querían que él los gobernara.
En el puerto se quedaron poco tiempo, para luego partir a la ciudad de Puebla, en donde fueron recibidos de mejor manera, con una gran fiesta, e incluso, se dice que Carlota festejó su cumpleaños número 24 en esa ciudad, pues coincidió el festejo con su paso por ahí en su camino hacia la Ciudad de México.
Maximiliano llegó al país luego de la segunda intervención francesa, un evento orquestado por Napoleón III, quien quería expandir su terreno en América, y aprovechando que México tenía una deuda con Francia, y que Estados Unidos se encontraba en una Guerra Civil, mandó tropas para invadir el país.

Las intenciones de Maximiliano en México no eran malas, e incluso, los conservadores que apoyaron su imperio para recuperar los privilegios que Juárez les había arrebatado con la promulgación de la Constitución de 1857, se disgustaron con él, pues tenía ideas sumamente liberales. El archiduque austriaco vio con buenos ojos la separación de la iglesia y el Estado, entre otras cosas que puso en marcha Juárez, cosa que provocó la Guerra de Reforma, también conocida como la Guerra de los tres años, de 1857 a 1860.
Fue así que durante su gobierno, Maximiliano se ganó el rechazo de los liberales, quienes apoyaban el gobierno republicano de Juárez y lo veían a él como un invasor, y de los conservadores, quienes al ver los ideales del emperador, se desilusionaron y le quitaron su apoyo. Además, en 1866, Napoleón III comenzó a retirar al Ejército francés de México, y pidió a Maximiliano que saliera de inmediato de México, algo que desobedeció el archiduque.
Maximiliano sin ayuda, y con su esposa Carlota ausente, pues había ido a Europa a tratar de que alguien los apoyara en México, en un intento desesperado por salvar su imperio fortificó las pocas plazas que le quedaban y dividió su ejército en tres cuerpos, al mando de Miguel Miramón, Leonardo Márquez y Tomás Mejía.
Miramón tomó Zacatecas, lugar en el que estuvo a punto de aprehender a Juárez, pero el 2 de febrero de 1867 el Ejército liberal, al mando de Mariano Escobedo, “destrozó al cuerpo del Ejército de Miramón” en San Jacinto, y Maximiliano, consciente de su difícil situación, salió de Chapultepec, y ese mismo mes de febrero de 1867, llegó al estado de Querétaro. Las fuerzas republicanas eran cada vez más fuertes.

El ejército imperial, con 10 mil hombres, fue prácticamente derrotado. Tras varios intentos imperiales, el 15 de mayo de 1867, a las 8 de la noche, se rindieron y las fuerzas republicanas tomaron Querétaro.
Maximiliano, Mejía y Escobedo fueron aprehendidos por el general Escobedo, encerrados en el Convento de la Cruz, y luego en el Convento de las Capuchinas, en donde se les anunció que serían juzgados por una corte marcial, de acuerdo con la Ley para castigar los delitos contra la Nación, contra el Orden, la Paz Pública y las Garantías Individuales. El juicio se llevó a cabo el 14 de junio, y Maximiliano, que había estado enfermo de disentería por un largo periodo, no se presentó.
En una sala llena de espectadores, Maximiliano fue acusado de haber usurpado la soberanía de México, y atentado contra su independencia, de haber dispuesto de la vida, los derechos y los intereses de los mexicanos, y se le hizo responsable de la continuación de la guerra civil después de la salida de los franceses y de la introducción de soldados belgas y austriacos, lo que se castigaba con pena de muerte.
Por su parte, Miramón y Mejía fueron condenados a muerte por haber sostenido durante muchos años la guerra civil, sin detenerse ante los actos más culpables, y siendo siempre un obstáculo y una constante amenaza contra la paz y la consolidación de la república.
Fueron fusilados por la mañana del 19 de junio de 1867. Se dice que Maximiliano, antes de morir, entregó una moneda de oro a cada uno de los soldados que lo ejecutarían, y que antes de que el batallón le disparara, dijo las siguientes palabras: “moriré por una causa justa, la independencia y la libertad de México, que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria, ¡Viva México!”.
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