
Desde la Edad Media hasta principios del siglo XX, el Vaticano albergó una amplia colección de animales exóticos en el patio del Belvedere, también conocido como Cortile del Belvedere, un espacio que funcionaba como una especie de zoológico improvisado para la Santa Sede.
De acuerdo con National Geographic, estas criaturas, provenientes de diversas partes del mundo, eran obsequios diplomáticos que, a su vez, simbolizaban el poder y la influencia global de la Iglesia católica.
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La publicación detalla que el Vaticano recibió elefantes, rinocerontes, leopardos, avestruces y dromedarios, entre otras especies, las cuales eran alojadas en dicho espacio diseñado por el artista italiano Donato d’Angelo Bramante, aunque inicialmente estaba destinado a actos ceremoniales. Este lugar, que hoy alberga parte de los Museos Vaticanos y un aparcamiento privado, era un punto de interés para embajadores y visitantes, quienes podían observar de cerca a los animales.
El caso más emblemático de esta práctica fue el de Hanno, un elefante blanco regalado en 1514 al papa León X por el rey Manuel I de Portugal. Este animal, procedente de la India, fue un gesto político que tenía el objetivo de fortalecer los lazos con el papado y demostrar la riqueza colonial portuguesa, así, Hanno se convirtió en una figura célebre en la corte pontificia, participando en desfiles y recibiendo visitas.
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Después de enfermar, su muerte prematura dejó tal impacto en el papa que encargó un retrato conmemorativo al renombrado artista Rafael, le compuso un epitafio y pidió que fuese enterrado en el patio Belvedere después de su corta estancia en Roma.

La naturaleza como reflejo de lo divino
Además de su función diplomática, la presencia de estas especies exóticas reflejaba un interés genuino por el mundo pues, durante el Renacimiento, la Iglesia católica consideraba a la naturaleza como un reflejo de la perfección divina, y el estudio de los animales era visto como una forma de acercarse al conocimiento de la creación. En este contexto, el Vaticano combinaba la observación de plantas y animales con estudios teológicos y filosóficos en sus bibliotecas, jardines botánicos y gabinetes, lo que les permitía integrar la fe y las ciencias naturales, anticipando en cierta medida el pensamiento científico moderno.
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Algunas figuras destacadas de la Iglesia también contribuyeron al desarrollo de la zoología, por ejemplo, San Alberto Magno, un dominico del siglo XIII y Doctor de la Iglesia, que escribió tratados sobre ciencias naturales, incluida la disciplina mencionada. Posteriormente, en el siglo XVII, el jesuita Athanasius Kircher estudió criaturas poco comunes y fósiles, buscando introducir sus hallazgos en una cosmología cristiana. Según National Geographic, estos esfuerzos reflejan cómo los animales exóticos no solo inspiraban admiración en la Santa Sede, sino que también eran objeto de reflexión espiritual.
Sin embargo, la importancia de los animales en el Vaticano comenzó a disminuir a partir del siglo XIX, coincidiendo con la pérdida de los Estados Pontificios y la consolidación del Reino de Italia.
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De la fauna sagrada al afecto cotidiano
En el siglo XX, los animales dejaron de ser símbolos de prestigio y estudio para convertirse en compañeros de vida, por lo que algunos papas modernos desarrollaron vínculos especiales con los animales, aunque en contextos más domésticos. Por ejemplo, el papa italiano Pío XII cuidó de una jilguera herida llamada Gretel, mientras que Benedicto XVI fue conocido por su afinidad con los gatos.
Según la Agencia Católica de Noticias (CNA, por sus siglas en inglés), el amor de Benedicto XVI por los felinos era evidente desde que, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, solía alimentar a los gatos que vivían en los jardines del Vaticano. Al respecto, Jeanne Perego, autora de una biografía infantil sobre el papa titulada “Joseph y Chico”, describió para el medio católico cómo Ratzinger nunca pasaba junto a un minino sin acariciarlo e incluso cuando era obispo de Múnich, el gato llamado Chico lo acompañaba a oficiar misas, aunque no pudo llevarlo consigo a la Santa Sede una vez convertido en Papa.
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Según la información proporcionada por el medio, el hermano de Benedicto XV declaro que este vínculo con los felinos tenía raíces profundas, ya que su familia en Baviera también convivía con gatos.

El cardenal Tarcisio Bertone, quien trabajó junto a Ratzinger, recordó cómo este hablaba con los gatos callejeros en dialecto bávaro y les llevaba comida al patio de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Además, el profesor Konrad Baumgartner, colega de Benedicto en la Universidad de Ratisbona, relató cómo los gatos lo seguían al salir de la iglesia, mostrando un afecto especial hacia él.
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Hoy en día, el Vaticano ha restringido la presencia de animales dentro de sus muros, principalmente debido a la transformación de sus espacios en museos con alta afluencia de turistas. No obstante, la única excepción son los perros guía, que pueden ingresar bajo estrictas condiciones de seguridad.
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