“Permiso para viajar”: por qué el pasaporte puede ser un talismán para el trotamundos o un salvavidas para el migrante desesperado

El estadounidense Patrick Bixby analiza los documentos de viaje de músicos, intelectuales, antiguos mensajeros y migrantes modernos para revelar cómo ese librito ha moldeado el arte, el pensamiento y la experiencia humana.

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Permiso para viajar - Patrick Bixby
Patrick Bixby: Investigar la historia cultural del pasaporte es considerar algo crucial sobre los instrumentos de poder del Estado que hoy en día nos afectan, quizá con más fuerza que nunca".

A veces por placer, otras por trabajo. Para escapar de persecuciones políticas, del hambre o en busca de un futuro mejor. Atravesar fronteras es algo que la humanidad realiza desde tiempos inmemoriales, incluso cuando las fronteras no eran líneas imaginarias impuestas por los países sino meros límites geográficos. Pero hoy, estos cruces de fronteras requieren la mediación de un pequeño libro: el pasaporte.

“El libro más valioso que tengo es mi pasaporte”, afirma, sin ningún dejo de ironía, el escritor Salman Rushdie en su libro Pásate de la raya. ¿Por qué? Cuando nació, solo contaba con su pasaporte indio, que le permitía visitar una lista muy breve de países. Pero, en su adolescencia, cuando recibió el pasaporte inglés, el mundo se le abrió repentinamente.

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En Permiso para viajar. Una historia cultural del pasaporte, el multifacético literato, profesor universitario y catedrático estadounidense Patrick Bixby estudia con un estilo brillante y accesible los documentos de viaje de músicos e intelectuales, de antiguos mensajeros y migrantes modernos, para revelar cómo ese librito ha moldeado el arte, el pensamiento y la experiencia humana desde el Egipto faraónico hasta los abarrotados campos de refugiados del siglo XXI.

El pasaporte, para el autor, puede ser “un talismán para el trotamundos” y “el resumen de la historia de una vida para el turista privilegiado”, pero también el salvavidas “para el migrante desesperado”, ya que “detenta el extraño poder de determinar con exactitud adónde podemos ir y adónde no debemos ir”.

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“Permiso para viajar” (fragmento)

Permiso para viajar - Patrick Bixby
"Permiso para viajar", de Patrick Bixby, editado por Katz Editores.

Un librito de unas treinta páginas de papel grueso, encuadernado con una cubierta de cartón granulado y grabado en relieve con el nombre de un país, un símbolo nacional y la palabra pasaporte o su equivalente en otro idioma. Puede ser rojo, verde, azul o negro, de acuerdo con el país emisor, pero siempre tiene el mismo tamaño que hace que sea fácil manipularlo, según una norma internacional establecida hace casi un siglo, y siempre incluye una página con información que exhibe un número, una fotografía del titular y una serie de datos personales.

Cuando los bordes y las esquinas están muy desgastados, cuando las páginas están arrugadas y manchadas, adornadas con coloridos sellos de entrada y codiciadas visas, el documento se convierte en un talismán para el trotamundos y en el resumen de la historia de una vida para el turista privilegiado o para el migrante desesperado. Detenta el extraño poder de determinar con exactitud adónde podemos ir y adónde no debemos ir.

Un pasaporte puede ofrecer la promesa de un pasaje seguro a una nueva vida lejos de donde estamos. Puede permitirnos huir de los peligros, las restricciones o la simple mundanidad de nuestro entorno familiar; puede otorgarnos un pase rápido al primer lugar de la fila o un escrutinio incómodo en el cuartito del fondo de la burocracia. Puede darnos permiso para cruzar fronteras de todo tipo –geográficas, pero también culturales, lingüísticas, económicas y legales– en busca de algo imposible de conseguir en casa, para luego traernos de regreso, sanos y salvos.

En Pásate de la raya (2002), Salman Rushdie afirma sin ironía (su lengua materna como migrante global y maestro narrador) que “el libro más valioso que tengo es mi pasaporte”. Aunque reconoce que semejante afirmación sobre un objeto cotidiano puede parecer hiperbólica, para él no es exagerada. Sí, el pasaporte tiene su función práctica como documento de viaje indispensable (no lo pierdas); sí, puede exhibir una foto que no nos guste mucho (ignórala si puedes); sí, puede apaciguarnos y darnos la sensación complaciente de que cumplirá su función y pasará la inspección del funcionario de control fronterizo (o, ahora, del puesto automatizado de control de pasaportes).

Pero si le prestamos atención, el pasaporte empieza a aceptar una mayor inversión psíquica, a tener un mayor peso emocional, y en el proceso se convierte en un objeto “valioso” con algo más que un mero valor práctico o material. Para Rushdie, esto se debe en gran parte al reconocimiento de que no todos los pasaportes hacen su trabajo con facilidad o discreción. El novelista cuenta vívidos recuerdos de su primer pasaporte, uno indio que llevaba en los años sesenta, en cuyas páginas se indicaba que el portador solo podía visitar una lista muy breve de países.

Cuando en su adolescencia recibió un pasaporte británico, sintió como si el mundo se abriera de repente para él, y muy pronto el librito lo llevó lejos de su casa, a una educación en Cambridge y a los círculos literarios de Londres. También era el libro que contaba de forma más directa y concisa la historia de su identidad bifurcada anglo-india. Era el único libro que acompañaba al escritor errante a todas partes del mundo. Era un libro que, al exigir libertad de movimiento para su portador, declaraba todo un cúmulo de promesas sobre lo que sería posible en su vida.

Un pasaporte es, por lo tanto, el más personal de los objetos y, sin embargo, como demuestra la historia de Rushdie, el librito solo adquiere su valor individual sobre el fondo de la historia más amplia de las naciones y los imperios. El hecho de que Rushdie tuviera un pasaporte indio se debía a que, pocos meses después de su nacimiento, en junio de 1947, la India se independizó del Reino Unido y dejó de utilizar pasaportes indio-británicos. Casi al mismo tiempo, la división del subcontinente y la creación del nuevo Estado de Pakistán impusieron una frontera internacional entre Rushdie y gran parte de su familia. Pronto necesitarían pasaportes para encontrarse en cualquiera de los dos lados de la frontera.

Salman Rushdie: “El libro más valioso que tengo es mi pasaporte”.
Salman Rushdie: “El libro más valioso que tengo es mi pasaporte”.

Pero durante décadas el orden geopolítico mundial no consideraría conveniente conceder un amplio acceso a los titulares de pasaportes del nuevo dominio soberano de la India, e incluso hoy en día otros Estados-nación conceden muchas menos facilidades de entrada sin visado a los ciudadanos de la India que a los de la mayoría de los países occidentales.

No cabe duda de que el pasaporte es un objeto que presenta fuertes vinculaciones con el surgimiento del Estado-nación y la evolución de las relaciones internacionales, por lo que se ha visto siempre involucrado en la regulación de la condición de ciudadanía, la migración mundial, el pedido de asilo, la seguridad nacional y otras cuestiones relacionadas. Es un objeto que le confiere al individuo una identidad oficial y promueve los esfuerzos del Estado en el sentido de vigilar y controlar los movimientos de ciertos pueblos y poblaciones.

Esta es la eterna paradoja del pasaporte: aunque promete independencia y movilidad, aventura y oportunidades, evasión y refugio seguro, también es una herramienta esencial de la vigilancia gubernamental y del poder del Estado, que en apariencia garantiza la seguridad nacional y el tráfico regulado a través de las fronteras nacionales. En otras palabras, es un objeto que ocupa un lugar en la mismísima confluencia entre lo personal y lo político.

Esta ubicación singular les confiere a los pasaportes, esos libros tan pequeños, una capacidad de contar historias que detentan pocos documentos –quizás ningún otro– en el archivo histórico: ofrecen un registro tangible de nuestros desplazamientos, que es memoria personal y en su defecto relato de viajes, pero siempre atrapado en las corrientes más amplias de la historia cultural y política.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo ha llegado el mundo a este requisito universal y cuáles han sido las consecuencias para nuestra forma de cruzar las fronteras geográficas y culturales? ¿Qué impacto han tenido los pasaportes en las emociones y la imaginación de quienes los utilizan y, les guste o no, son definidos por ellos? ¿Cómo han influido estos documentos en la forma en que nos sentimos acerca del hogar y el extranjero, los viajes y la migración, la pertenencia y el desarraigo, la ciudadanía y la exclusión, el conflicto nacional y la cooperación internacional? ¿Qué puede decirnos el pasaporte acerca de la incómoda intersección de lo personal y lo político a lo largo de su dilatada historia?

Estos libros valiosos, que llevamos pegados a nuestros vulnerables cuerpos mientras cruzamos fronteras, llevan consigo historias íntimas sobre nosotros que, sin embargo, atestiguan nuestro lugar en relatos mucho más amplios. Hablan de las aspiraciones, las incertidumbres y los movimientos en espiral de individuos que ya hace tiempo que descansan; dan forma material a los derechos y los privilegios, las restricciones y las presiones que guiaron estos movimientos.

Pero si bien el archivo de nuestros pasaportes y sus precursores hace visible de dónde venimos, también nos permite vislumbrar hacia dónde vamos, a medida que se acelera el ritmo de los viajes internacionales y las mi graciones globales, y nos lleva a plantearnos cuestiones cada vez más apremiantes acerca de nuestro lugar en el mundo. Investigar la historia cultural del pasaporte, por lo tanto, es considerar algo crucial sobre las promesas de movilidad, las estructuras de sentimiento y los instrumentos de poder del Estado que hoy en día nos afectan, quizá con más fuerza que nunca. Embarquémonos, entonces, y crucemos la frontera.

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