Día de la Niñez: ocho consejos para acompañar a los nenes y las nenas a convertirse en pequeños lectores

Los libros impuestos nunca son los que enamoran a quienes están obligados a leerlos. Pero hay estrategias para que los adultos acerquen a los chicos al mundo de la literatura de manera atractiva.

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Apelar a la nostalgia adulta
Apelar a la nostalgia adulta puede funcionar, pero no siempre: hay que pensar en los deseos y los miedos de los más chicos. (Getty Images)

Perdí la cuenta de las veces que dije, con vehemencia, aquello de que “el verbo ‘leer’ no tolera el imperativo”, eso que escribió Daniel Pennac en Como una novela. No se puede mandar a alguien a leer como se lo manda a hacer la cama, bañarse o estudiar. Sin embargo, aún sabiendo que es inútil y contraproducente, a veces lo hacemos. “No soy como vos, no quiero ser como vos”, me dice mi hija adolescente cuando le ofrezco libros a cambio de respuestas, libros a cambio de planes de fin de semana, viajes, películas, a cambio de su aburrimiento.

En el primer artículo de No leer (Anagrama), el chileno Alejandro Zambra recuerda las lecturas obligatorias de la escuela secundaria: “Así nos enseñaron a leer: a palos. Todavía pienso que los profesores no querían entusiasmarnos sino disuadirnos, alejarnos para siempre de los libros”, dice. Pese a ello, debió haber habido otros caminos, otros entusiasmos, otras y otros que hablaron de libros y, más tarde o más temprano, algo de eso, prendió como una semilla oculta que es tocada por un rayo de sol y decide brotar, surgir.

Aquellas lecturas que nos modelan, las que nos vuelven lectores, no son nunca las lecturas que se imponen, sino las que se comparten, las que se regalan, como el afecto, como el tiempo. Esas lecturas que parecen encender un fogón en pleno invierno al que queremos invitar a todos a quienes amamos.

“Viví en el interior de los libros y, aunque muchas veces se supone que los elegimos para viajar a través de ellos hasta llegar al final, en algunos me instalé: los elegí una y otra vez y más tarde los cogí y los abrí en cualquier parte con la única intención de estar en ese mundo, con esas personas, con la voz y la visión de las autoras (...) No diría que los libros son una evasión si eso significara que me escondía en ellos por miedo a otra cosa. Eran lugares espléndidos donde estar, estimulaban mi mente y me ponían en contacto con los autores”, escribió la ensayista estadounidense Rebecca Solnit en Recuerdos de mi inexistencia (Lumen).

Para Proust la lectura devuelve la amistad a su pureza original. “No nos reímos de lo que dice Molière sino en la exacta medida en que nos causa gracia; cuando nos fastidia, no tenemos miedo de poner cara de aburridos, y cuando tenemos decididamente suficiente con su compañía lo volvemos a dejar en su lugar tan bruscamente como si no se tratara de un genio ni de una celebridad”.

En el álbum Regalo sorpresa (Fondo de Cultura Económica) Isol plantea una situación varias veces transitada por los niños, el hallazgo inesperado de un regalo que les está destinado, un día antes de lo previsto. El protagonista de la historia se da de cara con el paquete en un armario y, por supuesto, empieza a preguntarse ¿qué será? Imagina posibilidades, somete el paquete a comprobaciones, especula y se resiste a abrirlo.

¿Un tobogán, un elefante, un arenero, una pirámide, un gato, un pájaro, una pelota? Ninguna de las hipótesis parece cuadrar, así que el regalo queda allí, a la espera del día indicado. Pasa la noche, pasan los sueños y por la mañana. ¡Sorpresa! el paquete, una vez abierto, no es otra cosa que un libro. Hay, un primer momento de decepción, el libro “¡no habla, no canta, no sirve para pasear sobre él ni para jugar ni nada!”. Pero, cuando el libro se abre, cuenta.

Es casi una ley de la literatura para las infancias que los libros llegan a manos de las chicas y los chicos a través de algún lector más experimentado, llámese padre, madre, abuelo, tío, tía, prima, hermano, vecina y, con frecuencia, docentes, bibliotecarios, talleristas.

Todo buen lector puede elegir un libro para alguien querido y nada mejor que compartir aquellos libros que, de tan maravillosos, no podemos guardarnos solo para nosotros; aquellos que nos hacen alzar la mirada y decir: mirá, escuchá.

Si valiera, van algunas cosas a tener en cuenta para invitar a leer a las lectoras y lectores que están creciendo, como gusta decir Iris Rivera.

Es posible acudir a la nostalgia, sí, pero hay que estar preparados para que esos libros que disfrutamos en nuestra niñez ya no tengan efecto en los pequeños que tenemos cerca.

Como sea, si vamos a ir por uno de esos viejos clásicos de nuestros días, hagamos el ejercicio de releerlo y pensar si es un cuento que se ajusta a los deseos, las inquietudes y los anhelos de aquel niño o niña al que queremos invitar a participar de esa conversación que es la lectura.

La Feria del Libro Infantil
La Feria del Libro Infantil y Juvenil es siempre una invitación a los nuevos lectores.

Dispongamos de un rato para andar por las librerías, hay tantas y tan bellas en la Argentina. Tirémonos al piso en la sección de infancias y déjemos que el instinto no guíe, disfrutemos del tiempo de elección, exploremos formatos innovadores, libros desafiantes, riesgosos. Más aún aquellos que nos generan interrogantes.

No caigamos en el facilismo de suscribirnos a las guías de lectura por edades, los mejores libros para las infancias tienen diferentes niveles de lectura, capas que puede comprometer a cada lector de maneras distintas. Esa su riqueza.

Nunca, jamás, traicionemos a los niños regalándole un libro sin haberlo leído, al menos una vez. Aunque lo ideal es leerlo varias, internalizarlo, leerlo en voz alta y escuchar como suena. La voz que narra y la sonoridad es fundamental en la primera infancia.

Aprendamos a leer ilustraciones, buena parte de la producción actual es de libros álbum, libros en los que el lenguaje textual dialoga con el lenguaje visual, avanzan en paralelo o no y aportan sentidos diversos.

La escritora y especialista colombiana Yolanda Reyes, que dirige desde hace muchos años un proyecto para la promoción de la lectura, afirma que es tarea de un adulto no sólo leer un libro sino leer también al niño, reparar en cuáles son las cosas que le generan curiosidad, cuáles las que lo atemorizan, que otras les dan vergüenza y cuáles los divierten.

Acallemos las voces de la corrección que dicen que los libros deben serles útiles, presentémoslos más bien como un buen lugar en el que empezar a conocerse, en el que juntarnos y conversar.

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