
En sus últimas horas, el tiempo parecía correr hacia atrás en la Feria del Libro. En su jornada final, muchos de los stands tenían carteles con precios remarcados pero, a diferencia de lo que sucede fuera de La Rural, ahí los números bajaban. Y es que aunque ninguno quiera admitirlo -en parte porque el libro tiene un costo fijo que no puede modificarse a voluntad-, en las horas de cierre suelen abundar las ofertas y los descuentos por cantidad.
“Venimos todos los años casi sobre el cierre a llevarnos las sobras. Siempre algo queda, es cuestión de buscar. ¡Y mucho te lo tiran por la cabeza!”, dijo Susana, que vino con sus cuatro hijos en busca de manuales escolares y revistas de cómics. “Aprovechamos para recorrer hoy que no hay tanta gente porque las actividades más llamativas ya pasaron”, agregó, pero admitió que la convocatoria es bastante más de la esperada para ser el día final: “Se ve que estamos todos en la misma, ¡igual que el año pasado!”.
El grueso de las ofertas estaba en el Pabellón Azul. Ahí, cerca de la entrada principal al enorme salón, había varios stands de librerías con mesas de saldos en los que podían verse carteles que no estaban durante los 20 días de la Feria como “Liquidación: todo por $1000″, “Fin de Feria: ofertas” u otros que ofrecían 2x1, 3x2 y todo tipo de promociones por cantidad.

Esos carteles, escritos a mano o impresos en el día, tapaban las ofertas que se mantuvieron durante las casi tres semanas de la Feria del Libro de Buenos Aires, una de las más largas del mundo. Pero no todos los stands pueden darse el lujo de ofrecer descuentos a esta altura del partido, y no es casualidad que la mayoría que sí incurre en esas prácticas esté agrupada en la parte más vistosa del Pabellón Azul.
Ahí no suele haber tantas editoriales, sino que priman los stands de librerías, que aprovechan el cierre para deshacerse de los saldos, los remanentes y los clásicos. Pero las primeras, entre la crisis del papel, la repentina subida del dólar, la alta inflación y las dificultades que enfrenta la industria editorial -en particular su rama independiente-, no tienen margen para descontar nada.
Además, dato no menor, en teoría la industria del libro no permite hacer descuentos excesivos con el fin de desalentar la competencia malsana, por lo que fija un precio de venta al público (PVP) que, salvo en ocasiones muy particulares, no puede cambiarse. Pero claro –hecha la ley, hecha la trampa-, la Feria es para muchos la excepción en la que todo está permitido.

Después de 20 días y más de 1.200.000 visitantes, es entendible que algunos libros hayan terminado algo machucados, en especial los coloridos títulos para niños que son un imán para esas pequeñas manos que todo lo quieren tocar. Y, por suerte, fueron muchas manos. Expuestos en las esquinas más concurridas y los endebles bordes de los stands más atiborrados, estos libros “toqueteados”, como los llamó una abuela que paseaba con su nieto, son la excusa perfecta para el regateo, que algunos avalan. ¡Todo está permitido el último día!
“Recién me ahorré casi mil pesitos en una compra para mí que voy a aprovechar para llevarle aunque sea algo a mi marido, que se quedó en casa porque no le gustan los tumultos”, dijo Lorena, una visitante que entró a última hora. A su lado, la planta que al principio de la Feria le aportaba frescura a un stand ya está marchita, lo que hizo que la brillante vegetación plástica del stand de enfrente se luciera más. Después de 20 días dentro de los pabellones de La Rural, a todos les faltaba algo de luz solar.
Cuanto más se acercaba el horario de cierre, más preguntaba el público por descuentos y promociones. Año a año, cada vez más gente parece esperar las horas finales para poder acceder a una lectura. Y la verdad es que, en su 47° edición y a pesar (o a causa de) la crisis, las ofertas no faltaron en la Feria del Libro.
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