¿Por qué mi esposa murió en ese barrio de citas? Una novela con un protagonista que no te va a caer simpático

El japonés Seicho Matsumoto imagina a un hombre gris al que un día le avisan que su mujer murió y no de muerte natural. A partir de ahí, y por motivos que no son épicos, se lanza a investigar. Así es “Un lugar desconocido”.

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Tokio. El escenario de "Un
Tokio. El escenario de "Un lugar desconocido", de Seicho Matsumoto (REUTERS/Kim Kyung-Hoon/Archivo)

Imagine el lector a un hombre de voz monocorde, es decir, una cadencia monótona en la voz cuando abandona el ensimismamiento de los cálculos, cuadernos e informes que realiza dentro de la geografía de una oficina en un ministerio de gobierno estatal en la Tokio de los años setenta. El hombre tiene cuarenta y dos años, es ya muy grande para aspirar a realizar una carrera política en el ministerio, pero puede todavía llegar a jefe de sección antes de jubilarse.

Casado, no tiene vida social más que la cotidiana en el trabajo y es a este fin del ascenso laboral al que dedica toda su energías. Sin hijos, a veces debe viajar a provincias para dar conferencias sobre su especialidad, que es el enlatado de carnes, asunto central cuando el gobierno impulsa forjar la industrialización en el sector agrario. Encontramos al hombre en una gira por varias poblaciones y, más específicamente, en la ciudad de Kobe, ostentando su rol de encargado jefe del departamento de Alimentación del Ministerio de Agricultura y Silvicultura, acompañando al director general (al que presta las libaciones de rigor) en la cena de despedida luego de recorrer las fábricas de la zona, en la que corre el sake y el whisky y hay geishas, aunque el hombre beba y mire con prudencia. Una camarera lo interrumpe por un llamado telefónico personal.

Tsuneo Asai, el hombre, se dirige a la cabina telefónica cercana. Es su cuñada. “Eiko ha muerto, hace tres horas”, escucha del otro lado del teléfono. Eiko es el nombre de su esposa.

Entonces, empieza la función.

Más o menos de esta manera comienza la novela Un lugar desconocido, del japonés Seicho Matsumoto, editada por Libros del Asteroide, un ovni dentro del noir no sólo por el paisaje nipón de avanzada la posguerra -entre el que se entremezclan las viejas tradiciones con rumores de hippies asesinos alla Clan Manson-; sino por las inesperadas peripecias de un burócrata de la capital que lo convierten no solamente en el investigador de un posible crimen sino que también lo envilecen.

La tercera persona que guía la narración da cuenta de los acontecimientos y de la personalidad y razonamientos de Tsuneo Asai con una parsimonia y prolijidad que podría, muy probablemente, ser semejante a la voz del protagonista de este noir.

El aliento que recorre la novela reproduce un camino ascendente desde la lógica de un reciente viudo para enfrentar (o, más bien, no dejarse afectar por) la reciente pérdida y proseguir su objetivo de jubilación en un cargo jerarquizado, a la incursión en los sótanos de la prostitución, la infidelidad y el crimen.

Qué pasó con ella

Pasa que Eiko había muerto lejos de su hogar: su cuerpo había aparecido en un barrio de las clases de buen pasar, en una casa de cosméticos caros a la que había llegado tambaleante para finalmente desfallecer, pese a los esfuerzos de la dueña del lugar por salvarla. Asai visita a la mujer junto a su cuñada para agradecer aquellos actos de generosidad final con la occisa. Pero algo llama la atención de Asai. Quizás el profuso maquillaje de Chiyoko Takahashi, tal el nombre de la dueña del negocio, y más tarde los pocos, pero notorios, hoteles a los que ingresaban parejas en auto. ¿Por qué su esposa, ahora muerta, había llegado a ese barrio y muerto dentro de esa casa de cosméticos?

No es que Asai decidiera averiguar los últimos detalles de la vida de su esposa por pasión, sino que pareciera ser que el hecho de que hubiera muerto de un modo tan repentino fuera igual a que alguien cambiara de lugar los muebles de su oficina de un día para el otro. No era pasión sino que se parecía más bien a una acción en medio de la desidia para tratar de reponer el orden que había crujido. A Asai no le interesa ser un héroe, pero inevitablemente se sumerge más y más en la investigación de tal modo que en algún momento se convierte en una obsesión que, incluso, puede perturbar la disciplina que se espera de él en el ámbito de la burocracia estatal, conduciéndolo al descuido. Con los graves riesgos que ello implica.

El lector o lectora no encontrará un héroe seductor alla Phillip Marlowe, de Raymond Chandler sino que, muy probablemente, adquiera grandes dosis de antipatía por Tsuneo Asai a la vez que una fuerza gravitacional literaria le impida despegar las páginas del libro de sus dedos. Dese el lector por advertido.

Quién es Seicho Matsumoto

Seicho Matsumoto nació en 1909 en una familia obrera de Kokura y tuvo que salir a trabajar a los 15 años. Época de convulsiones políticas y sociales, los grupos de “literatura proletaria” se esparcían por el Japón y el joven Seicho llegó a integrar uno, lo que lo llevó a permanecer meses en la cárcel. No escribiría hasta pasados los cuarenta años de vida, cuando se desempeñaba en la empresa de Correos y la ocupación militar estadounidense de posguerra influía en las modas literarias de la época.

Se decidió a escribir de un modo prolífico de tal manera que fue llamado el Georges Simenon japonés, y logró formar un corpus de más de 400 obras, la gran mayoría policiales negros que no esquivaban el deber de denunciar al poder estatal y al empresarial (y criticando a japoneses y estadounidenses por igual). Su lema, que selló a la Escuela Social de Literatura Japonesa hasta estos días, era: “Sacar la novela de la mansión encantada”.

El escritor murió en 1992.

“Un lugar desconocido” (Fragmento)

A la mañana siguiente se despertó temprano. El reloj de pulsera, que había dejado bajo la almohada, marcaba las seis. Solo un hombre soltero o alguien que estuviera de viaje dormiría con el reloj bajo la almohada. Los familiares de Eiko apenas lo visitaban últimamente, y cada día que pasaba se sentía más abandonado.

Tumbado boca arriba, Asai se fumó un cigarrillo. Eiko no soportaba que fumara, y jamás podía hacerlo cuando ella vivía. Fantaseó con la idea de vender la casa y mudarse a un piso. Aquella casa la habían construido sus padres y tenía cerca de cuarenta años. La casa en sí carecía de valor, pero ocupaba un terreno de más de trescientos metros cuadrados. En aquella zona, el precio del terreno era de unos sesenta mil yenes por metro cuadrado, por lo que la venta le proporcionaría suficiente dinero para comprarse un lujoso piso. Sin embargo, no tenía la categoría social para vivir en un piso de lujo. Incluso los jefes de sección casados y con dos hijos vivían en modestas viviendas para funcionarios. Pensó que un miso barato se adaptaría mejor a sus necesidades, pues aún tardaría bastante en volver a casarse.

Se acabó el cigarrillo y salió al buzón a recoger el periódico. Regresó a la cama y lo abrió. Apenas había artículos interesantes, y lo que más le llamaba la atención eran las noticias relacionadas con la administración pública. Había un artículo sobre la oposición del Colegio de Médicos a la política del Ministerio de Salud y Bienestar. Incluía declaraciones del presidente del colegio.

Médicos... ¡Un momento! ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Cuando Eiko había irrumpido en la tienda de cosméticos, Chiyoko Takahashi había mandado a una universitaria que se encontraba allí en busca del médico que vivía muy cerca. Asai recordó las palabras que habían salido de los carnosos labios de la dueña: “Envié a buscar al doctor Ohama... Tiene una clínica de medicina general a cinco casas de aquí, subiendo a la derecha”.

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