
Toda esta historia de los cuadernos de las coimas no existiría sin Jorge Bacigalupo, amigo, o ex amigo, del chofer Oscar Centeno. Fue Bacigalupo quien le entregó los cuadernos a Diego Cabot, periodista de La Nación. Luego, Cabot se los entregó a la Justicia. Centeno le había dado sus diarios a su amigo en noviembre de 2016, según declaró él mismo en la causa posterior, para que los custodie, por miedo a que le roben, o miedo a Hilda Horovitz, su incendiaria ex mujer. Así, Bacigalupo los conservó durante casi un año y medio, hasta abril de 2018.
Bacigalupo -porteño, hoy de 80 años, jubilado ex policía según Centeno, aunque sus registros laborales no muestran un paso por ninguna fuerza de seguridad- fue remisero también. El ex chofer de Roberto Baratta declaró que lo había conocido quince años antes, cuando trabajaron juntos para una agencia de Martínez.
Sería fácil considerar a Bacigalupo -que será uno de los testigos clave en el juicio del caso, que comenzará este 6 de noviembre en el Tribunal Oral Federal N°7- un héroe, un ángel de la democracia, el hombre que destapó la olla y que, con un poco de arrojo, llamó a un vecino periodista y partió la historia de la corrupción argentina en dos al revelarle a Cabot las bitácoras de tres años de millonarios sobornos recolectados, principalmente, por Roberto Baratta, número dos del superministro Julio De Vido, pagados por algunos de los mayores empresarios de la Argentina, para entregarlos a Néstor y Cristina Kirchner, en sus departamentos o en la Quinta de Olivos.
Es una intriga política frenética, fascinante. Sin embargo, la historia de Bacigalupo no es tan lineal, ni tan simple. El amigo remisero, que quedó en medio de la pelea entre Centeno y su ex mujer, luego tuvo su propia turbulencia en los tribunales de Comodoro Py.

Cabot recibió los cuadernos el 8 de enero de 2018, seis meses antes de publicar sus contenidos. Bacigalupo se los entregó en una caja. “Al abrirla, Cabot encontró ocho cuadernos –siete de tipo escolar: dos de marca América Estrada, tres de marca Gloria, uno Rivadavia, otro Ángel Estrada; y el octavo marca Convenor-; nueve facturas de una marroquinería donde se compraban los bolsos; fotos de bolsos, valijas, vehículos y personas; y discos compactos con filmaciones de lugares de Buenos Aires y de la Quinta Presidencial de Olivos", escribieron los fiscales Carlos Stornelli y Carlos Rívolo, en una de sus elevaciones a juicio.
Lo que decían esos cuadernos no parecía una locura. Tenía sentido: meses antes, Hilda Horovitz, la ex mujer de Centeno, había declarado ante el juez Claudio Bonadío en la causa Gas Licuado que investigaba al superministro De Vido y el entonces subsecretario Roberto Baratta, jefe de Centeno, sobre la existencia de esos cuadernos. Habló de viajes realizados por el remisero del poder en su Toyota Corolla con sobres y bolsos.
Cabot volvería a encontrarse con Bacigalupo en febrero de 2018, al mes siguiente. El ex policía le entregó más documentación sobre Horovitz y Centeno; contratos de mutuo, papeles de autos vinculados al chofer. Le habló del departamento donde vivía Horovitz, un monoambiente en la calle Catamarca, zona de Once. Le aseguró que ese departamento había sido comprado por Baratta para calmar a la incendiaria Hilda, para que no hable aún más. Lo mismo aseguró Centeno meses después, cuando se reveló el escándalo.
Baratta, irónicamente, ya estaba preso en aquel entonces por la causa Gas Licuado, un expediente por el cual Cristina Kirchner resultó procesada también por el juez Claudio Bonadío. El ex subsecretario salió libre en marzo de 2018. Centeno tembló un poco en su silla. Llamó a Bacigalupo, que llamó a Cabot, le pidió los cuadernos de vuelta. De todas formas, ya habían sido fotografiados minuciosamente, página por página, en alta resolución. El miércoles 11 de abril, Cabot entregó todo su archivo a la Justicia federal. Un mes más tarde, el fiscal Carlos Stornelli daba la luz verde para avanzar con la investigación.

Las idas, las vueltas y la ex
Horovitz fue un factor clave para que Bacigalupo reciba los cuadernos. El chofer le temía a Hilda mientras convivían en el chalet de dos plantas en Olivos que fue allanado por la Policía Federal. La relación entre ambos era al menos tensa: en una reciente entrevista a Infobae, Horovitz habló de maltratos físicos y psicológicos.
Centeno declaró en su indagatoria en la causa: “Se los entregué a un amigo policía. Jorge Bacigalupo, para resguardarlos por mi ex mujer cuando yo presentí que ella leía los cuadernos y empezaba a andar mal la relación. Yo no se los mostraba pero los tenía en el ropero y temía que ellas los hubieran leído”. Horovitz asegura que sabía de su existencia. Sin embargo, jura que jamás los leyó.
Bacigalupo parecía ser un hombre de máxima confianza para Centeno; le confiaba su propio archivo, las anotaciones que, seis años después, llevarían a juicio a la máxima cúpula del poder político y a empresarios de altísimo calibre como Ángelo Calcaterra, Benito Roggio, Enrique Pescarmona, que, la semana pesada, ofrecieron sumas al Tribunal N°7 de hasta más de $2400 millones para lograr su sobreseimiento.
Sin embargo, Centeno luego desconfió de Bacigalupo mismo. Pedirle de vuelta los cuadernos no solo se trataba de la libertad de Baratta. El chofer relató a la Justicia una curiosa secuencia. “Se los volví a pedir en abril o mayo de 2018. Se los pedía porque desconfié, porque cuando se los pedí para verlos me dijo que los había mandado a lo de un amigo en Córdoba. Entonces le digo ‘vamos a Córdoba’, le insisto diciéndole ‘vamos ya’. Ahí, Jorge habla por teléfono y me dijo que mañana los tendría disponibles”, comenzó Centeno.
“Cuando lo paso a buscar al día siguiente, veo que estaba la caja abierta. Jorge me responde que, cuando le entregás algo a alguien, tiene que saber que hay adentro. Ahí, discutí con él. Agarré, paré en el camino, me fijé que estaban los ocho cuadernos y de allí los llevé a mi domicilio, guardados en el armario de mi habitación, tapados con carpetas”, siguió.

En su testimonial, Bacigalupo aseguró que Centeno se espantó cuando un patrullero de la Policía de la Ciudad llegó a su casa para constatar su domicilio.
“Tuvo esa caja durante más de un año, y un día le comentó de su existencia a Diego Cabot”, al que conocía, básicamente, porque era su vecino, “indicándole que se la había dado el chofer de Roberto Baratta”, asegura la transcripción de su declaración incluida en uno de los pedidos de elevación a juicio de Stornelli y Rívolo. Así, Cabot y Bacigalupo se juntaron y la abrieron.
Bacigalupo también habló de Horovitz, en términos poco agradables. Y abonó la historia de las amenazas. “Refirió que en un momento la ex pareja de Centeno comenzó a amenazarlo tanto a él como a Baratta con denunciarlos y que, de esa forma, habría obtenido la casa ubicada en Catamarca y entregas mensuales de dinero. Según expuso, Baratta era más débil que Centeno, le daba todo lo que quisiese para que se callara”.
Horovitz vive hasta hoy en la “casa ubicada en Catamarca”, el monoambiente en la calle del mismo nombre en la zona de Once. La ex de Centeno -a la que el chofer denunció por extorsión- se niega a explicar de dónde vino el dinero para comprar el monoambiente, cerca de 60 mil dólares.
Después, está la causa contra Bacigalupo, por supuestamente meter mano donde no debía.

Un nombre por otro
La caja abierta de los cuadernos que reportó Centeno resultó ser un problema para su amigo remisero, en más de un sentido.
A fines de diciembre de 2023, el juez federal Marcelo Martínez de Giorgi procesó a Jorge Bacigalupo por el delito encubrimiento agravado en la modalidad de favorecimiento personal, en concurso ideal con el delito de falsificación de documento público. Le prohibió la salida del país y le fijó la obligación de avisar al tribunal si se alejaba de su casa más de 100 kilómetros, además de embargarlo por $80 millones de pesos.
Lo acusaba, precisamente, de alterar los contenidos de dos de los cuadernos, de quitar un nombre por otro, “Marcelo” por “Armando”, o Armando Losón, en ese entonces cabeza del grupo Albanesi, uno de los empresarios acusados en la causa de los cuadernos de las coimas, que terminó detenido y enfrentará el juicio este noviembre. La defensa de Losón, precisamente, denunció estas supuestas irregularidades y presentó un perito. Losón, curiosamente, declaró como arrepentido en la causa.

Sin embargo, en julio de 2024, la Cámara Federal revocó el procesamiento de Bacigalupo. Los jueces Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi aseguraron que el análisis de la División Scopometría de la PFA, que fueron la clave para procesar al amigo de Centeno, era insuficiente. Cuatro libretas de Bacigalupo habían sido secuestradas para el cotejo de textos. Un análisis posterior realizado por Gendarmería sobre siete de los ocho cuadernos -que reaparecieron, a pesar de que Centeno declaró haberlos incendiado en una parrilla- no pudo determinar la autoría de esas enmiendas.
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