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Video: Horovitz dialoga con Infobae

Durante unos días, en agosto de 2018, Hilda Horovitz se convirtió en una extraña estrella. Su ex marido, Oscar Centeno, chofer de Roberto Baratta, subsecretario de Coordinación y número dos del superministro kirchnerista Julio De Vido, era el problema para la Justicia. Y para la Justicia, Hilda fue la delatora clave: su declaración, para los investigadores del caso, fue oro.

En aquel entonces, en el mismo momento en que la Policía Federal detenía a Centeno en el chalet que habían compartido en Olivos, el mismo donde escribió los cuadernos que detallaron años de supuesta recolección de coimas, Horovitz se sentó ante el juez Claudio Bonadio y contó todo. Aseguró que sabía de los cuadernos, que su ex marido los escribía con diligencia, para guardarlos en el ropero frente a la cama. Se los mostraron: reconoció allí la letra comprimida y meticulosa de Centeno. Nunca los leyó, dijo, no mientras convivía con su marido, nunca abrió ese ropero para curiosear.

Hoy, seis años después, Hilda conversa conmigo en una plaza de Once mientras espera la tormenta que se avecina en Comodoro Py. El 6 de noviembre, comenzará el juicio por el caso de los cuadernos de las coimas en el Tribunal Oral Federal N°7. En el mosaico del Zoom judicial se sentará la presunta asociación ilícita encabezada por Cristina Fernández de Kirchner, que integraron De Vido, Baratta y su ex marido, junto a más de otros 70 imputados, entre ellos, algunos de los más reconocidos empresarios de la Argentina. Hilda será uno de tantos testigos. Está dispuesta a hablar una vez más, dice.

Horovitz y su perro Choco,
Horovitz y su perro Choco, "mi compañero", dice

Horovitz y el remisero se separaron en 2016, de manera amarga: Hilda hablaría de maltratos físicos y psicológicos. Pero, a pesar de la separación, la mujer tuvo algunos beneficios propios de la cercanía de su ex marido con el poder.

Consiguió, por ejemplo, un trabajo en la Secretaría de Energía, que dependía del Ministerio de Planificación de De Vido. Tras ser arrestado, Centeno, tal como su amigo, el ex policía Jorge Bacigalupo -que entregó los cuadernos al periodista de La Nación Diego Cabot- declaró que el monoambiente de Once donde Horovitz vivía cuando explotó el escándalo había sido pagado con dinero de Baratta, un intento del funcionario para callarla. Sabía con quién lidiaba: Hilda ya había declarado ante Bonadío en la causa Gas Licuado, que terminó con Baratta preso. A fines de 2017, corrió a Comodoro Py para asegurar que existían los cuadernos, que había bolsos extraños en el Toyota Corolla de su ex.

Sin embargo, aquí en la plaza, Horovitz no parece una persona que el poder político podría temer, bajo ningún punto de vista: los cristales de sus lentes están remendados con cinta. Sin embargo, su revancha contra Centeno todavía está latente.

Hoy, seis años después, con 58 años, Hilda vive “de changas”, asegura; limpia casas, cuida ancianos, vende golosinas, papas fritas, chocolatines. Vive, también, en el mismo departamento de la calle Catamarca que, supuestamente, Baratta le pagó. Lo puso en alquiler en su perfil de Instagram. En la publicación, mostró su cama, hecha con cuatro pallets y un colchón. Hilda vende los pallets también. No quiere hablar del alquiler. “Es un tema personal, mío”, dice.

-¿Tiene problemas para llegar a fin de mes?, pregunto, una obviedad.

-Obvio. Como todo el mundo.

Hilda y Centeno junto a
Hilda y Centeno junto a familiares, 2015

-Lo que pasa es que no quiero hablar mucho antes del juicio. No sé cuándo declaro. No sé si soy la primera testigo, o la última. Puede jugar en contra. Ese es el tema.

-Pero puede hablar tranquila en esta entrevista. Usted es testigo, no imputada.

-Siempre fui de frente.

-Su situación con Centeno siempre fue compleja.

-En la causa Gas Licuado declaré porque él estaba vendiendo todos los autos que tenía. Empezó a buscarme un lugar para que me fuera, en Ezeiza, a la loma del tujes, antes del departamento acá en Catamarca. Fue a hablar a la Municipalidad de Ezeiza. Para no dejarme en banda, me consiguió una casa. Pensé que esa casa era para nosotros, para los fines de semana. No fue así. En diciembre de 2017 ya empezó a abrirse. Creo ya tenía otra mujer. Me dio bronca que él no tuviese los huevos para decirme que hasta aquí llegamos, así cómo me pegaba, cómo me insultaba, como me trataba de trola. ¡Hasta me dijo que yo quería salir con su hijo! Y me enteré que estaba esta causa de Gas Licuado. Así que fui a Comodoro Py y hablé. No fue por despecho ni nada. Me dio bronca que no fuese sincera conmigo.

-Centeno la denunció por extorsión en el Juzgado N°21. ¿Qué pasó con esa causa?

-No tengo la menor idea.

-¿El departamento de la calle Catamarca se pagó con plata de Baratta?

-No sabría decirte. No tengo la menor idea. Es lo que dice Centeno. Y Centeno dice tantas cosas... Se hace el pobrecito. Si él mismo llegaba a casa y decía que le daban migajas. No tengo idea de dónde vino la plata.

2017: Horovitz en su escritorio
2017: Horovitz en su escritorio del Ministerio de Planificación

-¿Le cuesta conseguir trabajo?

-Me cuesta. Me llega a tomar una empresa o me llega a tomar una señora o me llega a tomar cualquiera, sale mi cara en la tele y a mí se me cae toda la estantería.

Hilda, sin embargo, se niega a hablar de política. No llamaría corruptos a CFK, a De Vido o a Baratta. “Cada uno sabe cómo ponerse su nombre”, asevera. Volver a ver a Centeno, al menos en un mosaico pasajero de Zoom, una cara de tantas, no es algo que le interese: “Me causa impotencia, bronca. Él se comportó muy mal conmigo y lo sabe”.

fotos: Adrián Escandar

video: Juan Novelli

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