Una bala que no llegó al corazón y una camisa bañada en sangre: el discurso que salvó a un presidente de Estados Unidos

Theodore Roosevelt fue atacado durante un acto de campaña en Milwaukee el 14 de octubre de 1912. El dirigente siguió con el acto pese a estar herido

Theodore Roosevelt atentado
La bala atravesó el abrigo pesado de Roosevelt, penetró la chaqueta, perforó las 50 páginas dobladas del manuscrito, golpeó el estuche metálico de los lentes, traspasó el chaleco, las correas de los tirantes, la camisa y la camiseta interior
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Theodore Roosevelt se levantó del asiento del auto en el que viajaba, se quitó el sombrero y lo alzó hacia la multitud que lo vitoreaba frente al hotel Gilpatrick, en Milwaukee, Wisconsin. Eran las 20.10 de la noche del 14 de octubre de 1912. Un hombre apretado contra el costado del vehículo levantó un revólver Colt calibre .38 y le disparó un solo tiro en el pecho. Roosevelt se tambaleó y se hundió en el asiento.

Roosevelt tenía 53 años y llevaba semanas recorriendo Estados Unidos como candidato del Partido Progresista , la fuerza que él mismo había fundado después de perder la nominación republicana.

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Esa noche debía pronunciar un discurso ante 10 mil personas en el Auditorium de Milwaukee. Dentro del bolsillo interior derecho de su chaqueta, directamente sobre el corazón, cargaba un estuche metálico reforzado con acero para sus lentes y el manuscrito mecanografiado de 50 páginas, doblado por la mitad, que iba a leer.

La bala atravesó el abrigo pesado de Roosevelt, penetró la chaqueta, perforó las 50 páginas dobladas del manuscrito, golpeó el estuche metálico de los lentes, traspasó el chaleco, las correas de los tirantes, la camisa y la camiseta interior. Recién entonces entró en el cuerpo. Se alojó contra la cuarta costilla derecha muy cerca del esternón y sin perforar la pleura. Si el papel y el metal no hubieran frenado el proyectil, la bala habría alcanzado el corazón o los pulmones.

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Elbert E. Martin, el taquígrafo de Roosevelt, saltó sobre el atacante, lo redujo y le quitó el arma. La multitud se abalanzó. Algunos pedían lincharlo. Roosevelt, desde el asiento del auto, con la bala todavía caliente dentro del pecho, dio una orden. O.K. Davis, jefe de campaña del Partido Progresista, reprodujo sus palabras ante The New York Times al día siguiente: “No le hagas daño, tráemelo”.

Theodore Roosevelt atentado
Theodore Roosevelt saluda a algunos de sus seguidores antes del acto

Roosevelt era cazador experimentado y conocía la anatomía de los mamíferos. Tosió contra la palma de su mano. No había sangre. Concluyó que el proyectil no había alcanzado el pulmón. Estimó sus probabilidades de supervivencia en 20 a 1. Pronunciar el discurso era, escribió después, “un deber perfectamente obvio”.

Los médicos le vendan el pecho con un pañuelo detrás del escenario

Su entorno le pidió que fuera al hospital. Davis recordó la respuesta. “El coronel se negó perentoriamente. Declaró que no estaba herido y que no permitiría que nada le impidiera pronunciar su discurso. ‘Llévame al lugar’”.

Lo condujeron al Auditorium. Detrás del escenario lo esperaban el doctor Sayler, el doctor Statton —cirujano del Hospital de Emergencia— y el doctor Sorenson, de Racine. Roosevelt se desabrochó el abrigo, el chaleco, y se subió la camisa. Sangraba poco. Los médicos le hicieron preguntas para detectar si algún órgano interno estaba lesionado. Roosevelt insistió en que no sentía dolor. Le improvisaron un vendaje con un pañuelo.

Subió al escenario caminando, según Davis, “con todo su vigor de antaño”. Diez mil personas lo esperaban. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó el manuscrito. Recién entonces vio los agujeros. Dos perforaciones redondas, como estrellas reventadas, atravesaban las 50 páginas de punta a punta. Levantó el fajo de hojas perforadas para que el público lo viera.

“No sé si entienden completamente que me acaban de disparar, ¡pero se necesita más que eso para matar un toro!”, dijo.

La frase quedó registrada en el reporte taquigráfico de esa noche. “Afortunadamente tenía mi manuscrito, así que ven que iba a dar un discurso largo, y ahí es donde la bala pasó, y probablemente me salvó de que entrara en el corazón. La bala está en mí ahora, así que no puedo hacer un discurso muy largo, pero haré mi mejor esfuerzo”, sostuvo ante la multitud.

Empezó a leer. La sangre le iba empapando la camisa debajo del chaleco. A medida que avanzaba, la respiración se volvía trabajosa. Temblaba, pero no se detuvo. En un momento advirtió al público que no podrían “escapar de escuchar el discurso”. Cada vez que hacía una pausa para tomar agua o cuando su voz se debilitaba, los 10 mil asistentes contenían el aliento. Dejaba caer páginas del manuscrito al terminar de leerlas y la gente de las primeras filas las recogía como recuerdos. Eran hojas con dos agujeros de bala.

Theodore Roosevelt atentado
La camisa manchada de sangre de Roosevelt

Cuando llevaba un rato largo, preguntó a sus asistentes cuánto tiempo había hablado. La respuesta fue 45 minutos. “Muy bien, hablaré quince minutos más”, respondió Roosevelt. Esos 15 se convirtieron en otros 45. En total habló alrededor de 80 minutos con un proyectil de calibre .38 incrustado contra la cuarta costilla.

Un tabernero alemán persigue al expresidente por ocho estados

El hombre que disparó se llamaba John Flammang Schrank. Tenía 36 años. Era un inmigrante alemán que había trabajado como tabernero en Nueva York. Para octubre de 1912 ya no funcionaba como miembro de la sociedad, según los médicos que lo examinaron después. Su diagnóstico fue “demencia precoz, tipo paranoide”.

Schrank cargaba en los bolsillos, la noche del disparo, notas que explicaban sus motivos. Una invocaba la tradición de los dos mandatos presidenciales establecida por George Washington. La decisión de Roosevelt de postularse por tercera vez justificaba, según Schrank, el asesinato. Otra nota usaba lenguaje religioso y declaraba, en frases entrecortadas, que Dios lo había llamado a ser un instrumento. Fue citado diciendo que “cualquier hombre que busque un tercer mandato debería recibir un disparo”.

Había otra razón, más delirante. Schrank afirmó que el fantasma del expresidente William McKinley se le había aparecido en un sueño. McKinley, presidente en ejercicio, fue asesinado a balazos en septiembre de 1901 por un anarquista llamado Leon Czolgosz. Para completar el período presidencial asumió su vicepresidente, que era Roosevelt. En el sueño, según Schrank, McKinley lo acusaba a Roosevelt de ser responsable de su muerte y le ordenaba vengarlo.

Con esa convicción, Schrank siguió la gira de Roosevelt por ocho estados. Se registraba en hoteles bajo el nombre falso “Walter Ross”. Viajó desde Alabama hasta Wisconsin. Tuvo oportunidades previas de disparar, pero las dejó pasar.

Roosevelt lo notó después. En una carta a su amigo John St. Loe Strachey, escrita dos meses más tarde, el expresidente observó que Schrank “tuvo bastante juicio para evitar dispararme en cualquier estado del sur, donde lo habrían linchado, y esperó hasta llegar a un estado donde no había pena de muerte”.

Theodore Roosevelt atentado
Una de las páginas del discurso de Roosevelt

El 13 de noviembre de 1912, casi un mes después del disparo, Schrank compareció ante un tribunal municipal. Su apariencia había cambiado. Nueve días después, cinco psiquiatras lo declararon legalmente insano. El juez de primera instancia rechazó su declaración de culpabilidad, no convencido de su cordura, y el caso fue llevado a juicio. El jurado lo declaró no culpable por razón de demencia.

Schrank fue internado primero en Oshkosh y luego, a partir de 1914, en el Hospital Central del Estado en Wisconsin. Nadie lo visitó en 31 años. Murió en 1943, 24 años después que Roosevelt. Falleció poco después de que Franklin Delano Roosevelt, primo quinto de Theodore, fuera elegido para un tercer mandato. El mismo escenario que Schrank había querido impedir con una bala.

Roosevelt colapsa al bajar del escenario y lo trasladan a Chicago

Cuando terminó el discurso, Roosevelt bajó del escenario y aceptó la atención médica. Davis describió el trayecto al hospital. “Nos dirigimos al hospital de urgencias con el coronel, declarando durante todo el camino que había sido absolutamente necesario que hiciera esa muestra y que estaba obligado a hacerlo; al mismo tiempo, protestaba constantemente diciendo que era un simple rasguño, que no estaba gravemente herido y que pronto se recuperaría”. Davis añadió una línea que funcionaba como diagnóstico. “Su buen carácter llevó al coronel al peligro”.

Los médicos confirmaron que la bala se había alojado en el músculo pectoral sin penetrar la pleura. La costilla fracturada era la cuarta derecha. Decidieron que intentar extraer el proyectil era más riesgoso que dejarlo adentro. Pesaba en esa decisión un precedente reciente. McKinley, el antecesor inmediato de Roosevelt en la presidencia, había muerto después de que la herida de bala se infectara durante los intentos de tratamiento.

Roosevelt fue trasladado al Mercy Hospital de Chicago, donde permaneció ocho días. Lo dieron de alta el 23 de octubre de 1912, pocos días antes de la elección. La bala había frenado su campaña. Solo pronunció dos discursos más antes del día de los comicios.

El 5 de noviembre de 1912, el demócrata Woodrow Wilson ganó la presidencia. La candidatura de Roosevelt como tercera fuerza posiblemente le costó la reelección al republicano William Howard Taft, que había llegado al cargo como protegido de Roosevelt. El Partido Progresista obtuvo más votos que el Republicano, pero no los suficientes.

Roosevelt cargó la bala dentro del cuerpo durante los siete años que le quedaban de vida. Cuando le preguntaban por ella, tenía una respuesta. Se la escribió a un amigo. “No me molesta más que si estuviera en el bolsillo de mi chaleco”. Murió el 6 de enero de 1919. El proyectil de calibre .38 seguía alojado contra su cuarta costilla.

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