A las 13:57 del lunes 30 de noviembre de 1936 el presidente Franklin D. Roosevelt pisó suelo argentino. No olvidaría las escasas 48 horas en las que permaneció en Buenos Aires: entre los edecanes militares que se le asignó, uno terminó siendo espía; su jefe de custodios murió durante una fiesta y el hijo del propio presidente alzó su voz de protesta cuando estaba por hablar en el Congreso Nacional.

Cuando el crucero pesado de los Estados Unidos Indianápolis ingresó al puerto de Buenos Aires escoltado por los acorazados argentinos Moreno y Rivadavia, fue objeto de una cálida bienvenida, de la que participaron representantes de partidos políticos, empresarios, organizaciones intermedias, que se codeaban en el muelle pujando por un lugar de privilegio en el besamanos. Era un gran acontecimiento: a bordo venía Franklin D. Roosvelt, el presidente norteamericano. Era la primera vez que un jefe de gobierno de ese país visitaba Argentina en el ejercicio de su investidura. En 1913 había estado su primo en quinto grado, Theodore Roosevelt, quien había terminado su período en 1909, mientras que a Herbert Hoover lo tendríamos por el Río de la Plata en 1928, una vez electo pero antes de asumir.

El presidente norteamericano, de 54 años, era acompañado por su secretario de Estado, Cordell Hulk; su asesor en política exterior, Sumner Wells; y su hijo James, una de las personas a las que más prestaba atención a la hora de los consejos. En tierra, participó del comité de bienvenida un norteamericano que una década más tarde daría que hablar en Argentina, Spruille Braden, por entonces un lobbista que en la guerra que había desangrado a Bolivia y Paraguay velaba por los intereses de la Standard Oil.

Era una época en la que Argentina era un país con un peso específico en la región y Roosevelt deseaba atraer con su política de buen vecino. En enero de ese año, Roosevelt le había propuesto a su par argentino celebrar la conferencia ordinaria de la Unión Panamericana, en Buenos Aires. Entre las principales temáticas de la agenda figuraba tratar las cuestiones de paz de la guerra del Chaco (1932-1935). El mandatario norteamericano impulsaba la creación de una comisión interamericana cuya misión sería la de mediar en los conflictos en el continente. Chocaba con la postura argentina, proclive a la intervención de dicha comisión, siempre y cuando la solicitasen los países en conflicto.

Además, se sospechaba que Roosevelt venía a abroquelar a América Latina contra los peligros que significaban el nazismo alemán y el fascismo italiano.

Había sido recientemente reelecto como presidente, con un incuestionable liderazgo que se había ganado en su país con la implementción del New Deal y la devolución de la fe y la confianza a la gente que había sido severamente golpeada por el crack de 1929.

Era un ejemplo de superación. En agosto de 1921, cuando contaba 39 años, contrajo poliomelitis. Lejos de resignarse a vivir postrado, se sometió a diversos tratamientos y a buscar caminos para seguir adelante. Terminaron adaptando sus piernas y caderas con abrazaderas de metal, lo que le permitía levantarse, estar de pie y caminar unos pocos pasos, auxiliado por un bastón. Durante toda su vida fue sumamente cuidadoso a la hora de mantener fuera de las cámaras y de testigos indiscretos su silla de ruedas. Al monumento erigido en el National Mall en su honor y a su presidencia en 1997 le agregarían, en el 2001, la silla de ruedas que en vida se había cuidado en ocultar. La lógica indicaba que si todo lo que había hecho había sido en silla de ruedas, ¿por qué no mostrarla?

En ese estado, resultó electo gobernador de Nueva York en 1928, donde su familia hacía más de doscientos años que residía y desarrollaría una carrera política que lo llevaría a la Casa Blanca en 1932.

Un espía entre nosotros

Del puerto a la Casa Rosada fue acompañado hasta la Casa de Gobierno por el canciller argentino Carlos Saavedra Lamas. Allí lo aguardaba el presidente Agustín P. Justo, en el Salón Blanco. Qué magnetismo debía causar entonces el balcón, ya que Roosevelt solicitó saludar desde ahí a la gente que se había reunido en Plaza de Mayo.

Roosevelt y su comitiva se alojaron en el Palacio Bosch, embajada de Estados Unidos y residencia del embajador desde 1929. Y el día siguiente, a las 18 horas, participó de la ceremonia inaugural de la conferencia de paz, que tuvo lugar en el Congreso Nacional. Con un par de sorpresas.

Posiblemente se haya enterado a su regreso a los Estados Unidos. La cuestión fue que uno de los edecanes argentinos designados para integrarse a su comitiva fue el mayor Guillermo Mac Hannaford, un oficial que desempeñaba importantes funciones en el Estado Mayor de Ejército y que, al día siguiente de la partida del presidente norteamericano, sería detenido acusado de espía. Lo acusaban de vender documentos militares a Bolivia y a Paraguay. En la sesión de ese día en el Congreso puede verse a Mac Hannaford fotografiado entre los militares norteamericanos y muy cerca de Roosevelt.

El hijo del presidente Justo

Pero lo que los organizadores del encuentro no se percataron es que el hijo díscolo del presidente Justo, Liborio, había conseguido que su madre, Ana Bernal, facilitara su acceso a la ceremonia. Pasando desapercibido, se ubicó en una de las bandejas. Cuando Roosevelt, ubicado en el estrado junto al general Justo, estaba por dar la bienvenida a las delegaciones de 21 países, se escuchó claramente: "Abajo el imperialismo". El norteamericano, con su mano derecha, hizo el típico gesto de calma mientras que el Presidente argentino murmuró: "Este fue Liborio".

Liborio, a sus 34 años, era un militante trotskista que se había desencantado de Estados Unidos. Llevó una vida de aventuras, en las que retrató tanto en el papel como en la fotografía sus impresiones que pueden leerse en los 16 libros que publicó. Había estudiado tres años medicina, participó en la Reforma Universitaria en 1918; fue obrero en Misiones y en Paraguay, de donde su papá lo mandó a buscar. Realizó varios viajes a Estados Unidos, donde, por ejemplo, se ganaba la vida vendiendo diarios en Harlem.

Era la oveja negra de la familia. Para algunos que lo habían tratado era "un loquito suelto". Él justificó su accionar en el Congreso Nacional: "El presidente Roosevelt había convocado a dicha conferencia que, bajo el rótulo de 'consolidación de la paz', solo tenía en vista la guerra y la esclavización, cada día mayor de nuestros países (…) ¿Qué hacer? ¿Podría quedarme impasible y callado mientras ese gigantesco complot se consumaba, sabiendo yo su secreto y su significado? ¡Nunca! Mi bárbaro orgullo no podía soportar tamaña afrenta".

Detenido en el Departamento Central de Policía, se lo dejó en libertad y llevado a pasar una temporada a una estancia en La Pampa. ¿Qué hizo su papá, el presidente Justo? Tuvieron una fuerte discusión, celda de por medio, donde la crudeza y los reproches del hijo hicieron que el padre perdiera todas sus esperanzas por encaminarlo según su modo de vida. Liborio explicaría: "Desde entonces, y hasta que teminó el período de su gobierno, dejamos de vernos".

La muerte del custodio

La noche del 1º de diciembre el gobierno ofreció una cena de gala en la Casa de Gobierno y a los postres se brindó con champán. Cerraron la velada sendos discursos de Justo y de Roosevelt. Esa misma noche, en otro lugar, con otros asistentes, ocurriría un hecho desgraciado.

August Adolph "Gus" Gennerich era un ex policía de Nueva York de 49 años que había comenzado a trabajar como custodio de Roosevelt desde los viejos tiempos en que pugnaba por ser gobernador. En 1933 se había incorporado al servicio secreto y, además de ser custodia de Roosevelt, lo ayudaba en sus problemas de movilidad. Se había convertido en su amigo, del que valoraba sus buenos modales y su gentileza para con todos.

La noche del 1º de diciembre salió a divertirse con sus colegas de la Policía Federal, y en un local bailable sufrió un ataque al corazón y falleció. El miércoles 16 de diciembre por la mañana Roosevelt suspendió sus actividades oficiales, y en el ala este de la Casa Blanca el reverendo Lenski ofició los funerales de su fiel amigo y custodio ante 300 personas, cuyos restos descansaban en un ataúd argentino.

El 2 de diciembre, bajo una fuerte lluvia, Agustín P. Justo lo acompañó hasta el puerto y lo despidió en la cubierta del Indianápolis. Triste coincidencia: Roosevelt fallecería en el ejercicio de la presidencia el 12 de abril de 1945, a causa de un derrame cerebral; tres meses y medio más tarde el Indianápolis era hundido por un submarino japonés.

Roosevelt pasaría a la historia por ser el único presidente en ganar cuatro elecciones presidenciales consecutivas. "Lo único que debemos temer es al miedo mismo", decía.