
Lawrence White, conocido como “Whitey”, tenía 55 años y vivía en los márgenes de la sociedad. El 13 de octubre de 1972 caminaba junto al borde de una ruta en California y estaba a punto de convertirse en la primera víctima de una serie de asesinatos. Herbert Mullin, de 25, le hizo creer que necesitaba ayuda con su auto. Cuando se acercó, lo golpeó repetidamente en la cabeza con un bate de béisbol.
El ataque no respondió a una disputa ni a un intento de robo. Después de matarlo, Mullin sostendría que su víctima se parecía al Jonás de la Biblia –profeta rebelde- y que le había transmitido telepáticamente un pedido aterrador: que lo matara para que otros pudieran salvarse.
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En la cabeza del asesino, aquella muerte era un sacrificio. Creía que las vidas humanas podían evitar un terremoto de proporciones catastróficas en dicho estado. La violencia que acababa de desatar, por absurda que resultara desde cualquier perspectiva racional, tenía para él una explicación: si no ofrecía nuevas víctimas, miles de personas podían morir bajo los escombros.
Esa convicción convirtió a Mullin en uno de los asesinos seriales más desconcertantes de la historia criminal estadounidense. Entre octubre de 1972 y febrero de 1973 mató a trece personas. No todas sus víctimas tenían relación entre sí y tampoco existía un perfil único que permitiera anticipar quién sería el siguiente. En su recorrido hubo desconocidos, un sacerdote, una pareja, una mujer y sus dos hijos pequeños, y cuatro adolescentes que acampaban en un parque.
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La idea de que estaba salvando vidas no era una explicación ofrecida para obtener dinero, escapar de una condena o justificar una venganza. Era el centro de un sistema de creencias delirantes que, según sus propias declaraciones posteriores, lo empujaba a matar. Sin embargo, comprender ese universo mental no significa aceptar sus argumentos: las personas que asesinó no eran amenazas para nadie, sino víctimas de una violencia que él interpretaba como una misión.

Una infancia sin respuestas sencillas
Herbert William Mullin había nacido el 18 de abril de 1947 en Salinas, California, y creció en una familia que, al menos desde afuera, no parecía anunciar la tragedia que se avecinaba. Su padre fue parte del ejército durante la Segunda Guerra Mundial y luego trabajó como vendedor de muebles. Durante su juventud, Herbert fue considerado por quienes lo conocieron un muchacho relativamente normal.
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Pero un hecho lo marcó cuando todavía era joven: la muerte de Dean Richardson, uno de sus amigos más cercanos, en un accidente automovilístico, poco después de que ambos terminaran la escuela secundaria. La pérdida lo afectó profundamente. Con el paso del tiempo, su conducta se volvió más errática y empezó a atravesar dificultades personales que no logró resolver.
Durante esos años experimentó con drogas, entre ellas marihuana y sustancias alucinógenas. También pasó por instituciones psiquiátricas, aunque no pudo sostener un tratamiento que le permitiera estabilizarse. Las voces y las interpretaciones persecutorias que más tarde aparecerían en sus relatos se fueron incorporando a una vida cada vez más desordenada.
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En sus testimonios surge una creciente pérdida de contacto con la realidad: creía recibir mensajes telepáticos, atribuía intenciones ocultas a quienes lo rodeaban y encontraba significados extraordinarios en hechos cotidianos.
En 1972 regresó a vivir con sus padres en el área de Santa Cruz, en la costa central de California. La región tenía paisajes boscosos, caminos secundarios y parques naturales que atraían a residentes y visitantes. A simple vista, era un lugar alejado de la imagen habitual de una ciudad tomada por el miedo. Pero la tranquilidad de esos lugares pronto contrastaría con la sucesión de cadáveres que comenzaron a aparecer.
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Mullin desarrolló una explicación que unía sus delirios con una catástrofe natural. Pensaba que los terremotos podían prevenirse mediante sacrificios humanos y que la cantidad de muertes provocadas por la guerra de Vietnam mantuvo a raya a la naturaleza. Cuando la participación estadounidense en el conflicto empezó a disminuir, interpretó que faltaban víctimas para impedir una gran tragedia. El 13 de octubre, con Lawrence White, comenzó a ponerla en práctica.

Un segundo crimen y una confesión
Once días después volvió a matar. El 24 de octubre de 1972 se cruzó con Mary Margaret Guilfoyle, una estudiante de 24 años que necesitaba trasladarse. Le ofreció llevarla en su auto y durante el trayecto, la apuñaló y abandonó su cuerpo en una zona apartada.
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El crimen puso en evidencia sus pensamientos perturbados. Según las reconstrucciones posteriores, Mullin creía que la contaminación amenazaba el equilibrio de la naturaleza y buscó en el cuerpo de Guilfoyle supuestas pruebas de esa contaminación.
Su cuerpo no fue localizado hasta meses después. En una región donde también actuaba Edmund Kemper, otro asesino serial que mataba mujeres, la investigación de los homicidios se desarrolló en un contexto particularmente difícil. La existencia de más de un criminal activo podía complicar la interpretación de las pistas y la atribución de los hechos.
La siguiente víctima fue un sacerdote católico. El 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, fue a la iglesia de Santa María, en Los Gatos. Se presentó con la intención de confesarse y hablar de sus problemas, pero la visita terminó en otro asesinato. El cura Henri Tomei, de 64 años, lo atendió en el confesionario. Según el relato que dio más tarde, creyó que el religioso se ofrecía como sacrificio. Lo atacó y lo ejecutó a puñaladas.
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El episodio ilustra la lógica de sus delirios: no necesitaba que sus víctimas lo amenazaran ni que existiera un conflicto real. Podía interpretar una conversación, un gesto o una situación corriente como una orden sobrenatural. Cuando eso se imponía, la vida de la otra persona quedaba subordinada a su convicción.
Después transcurrieron varias semanas sin nuevos asesinatos atribuidos a Mullin. Pero el silencio no significaba que abandonara su idea de los sacrificios. A comienzos de 1973, la violencia volvió con una intensidad todavía mayor.

Una familia destruida
El 25 de enero de 1973 se dirigió a la casa de Jim Gianera, un hombre de 25 años con quien había tenido relación en el pasado. Allí encontró una situación distinta de la que esperaba: Gianera ya no vivía en el domicilio que él recordaba. Pero la información que consiguió lo llevó hasta su nuevo hogar.
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La secuencia que siguió fue devastadora. Mullin asesinó a Jim Gianera y a su esposa, Joan, de 21 años. Después mató a Kathy Francis, una mujer de 29 relacionada con el matrimonio, y a sus dos hijos pequeños, Daemon, de 4, y David Hughes, de 9. La matanza mostró que no actuaba únicamente contra desconocidos: también podía perseguir a personas de su entorno y atacar a una familia entera.
Los motivos que ofreció como explicación a tanta violencia fueron cambiantes y confusos. En algunos casos, relacionó sus actos con voces que creía escuchar; en otros, con la necesidad de hacer sacrificios para prevenir el terremoto. También expresó resentimientos personales. Sus relatos posteriores permiten advertir cómo sus fantasías se mezclaban con vínculos reales y agravios cotidianos.
Cuatro adolescentes en el bosque
El 6 de febrero de 1973, Mullin llegó al parque estatal Henry Cowell Redwoods, una zona conocida por sus enormes árboles y sus senderos. Allí se encontraban cuatro adolescentes: David Oliker, Robert Spector, Brian Scott Card y Mark Dreibelbis. Tenían entre 15 y 19 años y estaban acampando.
Se acercó al grupo y terminó disparándoles. Los cuatro murieron. No eran miembros de una organización enfrentada con él, no habían participado de una disputa y no representaban un peligro. Eran jóvenes que fueron a pasar un rato al aire libre. Los cuerpos fueron hallados días después.
Mullin llevaba ya once víctimas. Su creencia en los sacrificios no se había disipado y todavía faltaban dos muertes para completar la serie de trece crímenes que terminó confesando. El final llegó una semana después, de una manera muy distinta de los ataques anteriores: esta vez ocurrió a la vista de un testigo.

El último asesinato y la detención
El 13 de febrero de 1973, Mullin conducía por Pacific Grove, cerca de Monterey, cuando vio a Fred Abbie Pérez, de 72 años, que trabajaba en el jardín de su casa. Le disparó y lo mató. A diferencia de algunos de los ataques anteriores, que sucedieron en lugares apartados o sin testigos directos. Esta vez, el crimen llamó la atención de un vecino, que pudo alertar a las autoridades y aportar información sobre el vehículo.
La policía actuó rápidamente y fue detenido ese mismo día. La secuencia de homicidios llegó a su fin después de cuatro meses y trece víctimas. El hombre que decía actuar para salvar a la población de un terremoto dejó detrás una serie de muertes que no podía explicar.
Una vez bajo custodia, confesó y habló de las voces y los mensajes telepáticos que, según afirmaba, lo guiaban. Sostuvo que las muertes eran necesarias para impedir una catástrofe y que, de no haber actuado, la tierra habría provocado una destrucción mucho mayor. En su mundo, el número de víctimas era una medida de protección.
El juicio: enfermedad mental y responsabilidad penal
El proceso comenzó en 1973. Mullin fue juzgado por diez de los trece asesinatos que confesó. No recibió condenas judiciales por los tres homicidios restantes, un detalle importante para no confundir el número de víctimas con los cargos por los que fue condenado.
La defensa sostuvo que padecía una enfermedad mental grave y buscó demostrar que sus delirios afectaban su capacidad para comprender sus actos. El fiscal, en cambio, destacó elementos que apuntaban a planificación y conciencia de lo que hacía, entre ellos el modo en que cometió determinados crímenes y sus intentos por evitar ser descubierto.
El jurado lo declaró culpable de dos asesinatos en primer grado y de ocho en segundo. La sentencia fue de cadena perpetua. La discusión sobre su salud mental no eliminó la responsabilidad penal establecida por el tribunal.
Así, Mullin pasó décadas encarcelado en California. Sus pedidos de libertad condicional fueron rechazados en distintas oportunidades. Murió el 18 de agosto de 2022, a los 75 años, en un centro de atención médica para presos en Stockton.
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