“Me encanta mi trabajo”, confesó Gabriela. Tiene 40 años, es profesora de teatro, titiritera y trabajadora sexual. Nos recibe en su casa, un lugar que eligió cuidadosamente por sus condiciones de accesibilidad y donde lleva adelante sus encuentros.
Lejos de la clandestinidad o el tabú con el que la sociedad suele rodear el universo erótico, su espacio de encuentro se percibe como un lugar de escucha, exploración y pedagogía.
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A los 16 años limpiaba las habitaciones de un cabaret sin ver a un solo cliente. A los 25 convirtió la frialdad de su profesión y, gracias a un anuncio buscando “hombres sensibles”, transformó su camino. En una charla íntima con Infobae, Gabriela repasa su trayectoria, el acompañamiento a personas con discapacidad y el desafío constante de derribar la infantilización.

-¿Cómo llegaste a ser trabajadora sexual?
-En principio, siempre me llamó mucho la atención todo el mundo de lo sensual, de lo erótico. Me acuerdo de haber visto en la televisión películas de ISAT. Pasaban un par de series de ISAT donde les hacían entrevistas a trabajadoras sexuales; había un programa en particular donde un taxista las entrevistaba y después otro ambientado en una mansión con diferentes trabajadoras.
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-¿Qué edad tenías cuando veías eso?
-Tenía como unos ocho años, una cosa así. Yo miraba esas cosas a esa edad, a escondidas, con mis viejos durmiendo. Creo que ya había todo un universo que se iba generando en mi cabeza sobre lo que era posible, ¿no? Y esa fue básicamente la construcción de mi Educación Sexual Integral (ESI); mi ESI fue por ahí. Después llamaba por teléfono, porque en esa época —tengo 40 años— había números para llamar y tener conversaciones eróticas con trabajadoras sexuales. Yo llamaba y las escuchaba, hasta que en un momento decía “hola”, se daban cuenta de que estaban hablando con una niña y me cortaban. Todo ese mundo me llamaba mucho la atención. Luego, con unas amigas, encontramos un anuncio que buscaba chicas para trabajar en un boliche para limpiar. Fuimos con la idea de ir a limpiar, pero cuando llegamos era un lugar que funcionaba como cabaret. Nosotras efectivamente solo limpiábamos ahí.
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-En ese momento ya eras más grande.
-Claro, teníamos unos 16 años. Limpiábamos a la tarde y las chicas trabajaban a la noche. Nosotras nunca vimos a las chicas; solamente nos contactábamos con el dueño, que nos decía que limpiáramos las habitaciones y la parte del bar. Veíamos todo ese mundo y el resto era imaginación. Nunca vimos un cliente a esa edad ni conocimos a ninguna de las chicas, pero conocíamos su ropa, las camas y las botas. Todo eso ya me despertaba el cuestionamiento de cómo sería ese mundo. No estaba incursionando en el trabajo sexual como tal de ponerle el cuerpo o la mente; era simplemente ir a limpiar un boliche.
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-¿Y a qué edad empezaste a ejercer el trabajo sexual?
-Ya como a los 25 años, más o menos. Ya era más grande.
-¿Y empezaste por necesidad económica o por elección propia?
-Un poco las dos cosas. Yo creo que sí. Porque, por un lado, el trabajo sexual tiene esta posibilidad que pocos empleos tienen: te pueden pagar bastante dinero en poco tiempo. No es algo fácil, pero el tiempo en el que se ejerce es poco en relación con lo que te pagan. Es uno de los pocos laburos que se puede hacer de esa manera. Y no es fácil para nada; mientras más lo voy ejerciendo y más herramientas tengo hoy en día, me doy cuenta de que no es tan sencillo.
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-Ahora estamos en tu espacio, donde llevás a cabo los encuentros. ¿Les das la posibilidad a tus clientes de pactar en su propia casa o en el espacio que ellos propongan?
-No, solamente acá. Porque además, cuando encontré este espacio, a diferencia de otros lugares donde yo había trabajado —que tenían escaleras o cosas que resultaban inaccesibles para personas en silla de ruedas o con otras dificultades—, la mirada estuvo puesta en la accesibilidad. Me importaba que pudiera entrar una persona, ir al baño y moverse por el espacio con comodidad. Eso hizo que puedan venir todas las personas.
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-¿Cuánto tiempo pasó desde que empezaste a ejercer hasta que decidiste especializarte en la atención a personas con discapacidad?
-Pasó re poco tiempo. Yo trabajé en este espacio, en el cabaret, pero después se cerraron todos los cabarets en Argentina por la Ley Antitrata, que no diferencia la trata de personas de lo que es el trabajo sexual. Se cerraron todos y nos quedamos sin trabajo un montón de mujeres. De ahí continúo mis estudios: soy titiritera y profesora de teatro. Ejerzo ese trabajo también, pero no me alcanzaba económicamente para sostenerme. Requería volver a ejercer el trabajo sexual, pero a mí me pasaba en el cabaret que no tomaba alcohol ni cocaína. No tomar alcohol ni consumir era estar fuera de la onda, porque es muy típico que en esos espacios se sostenga el trabajo desde ahí. Como no me interesaba ni tomar cocaína ni alcohol, pensé en armar un anuncio que decía “trabajadora sexual para hombres sensibles”. Ahí empezaron a escribirme personas que, sin mencionar la droga, buscaban algo de lo que yo podía dar en ese momento, y empezaron a contactarme personas con discapacidad.
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-¿Hubo alguna experiencia puntual que te llevó a tomar esa decisión?
-Creo que cuando me escribió el primer cliente con discapacidad. Me dijo: “Mirá, yo estoy en silla de ruedas”. Ahí fue una decisión decir: “Bueno, no, disculpame, pero yo no trabajo con personas con discapacidad”, que era una opción, o decir: “Bueno, dale. ¿Dónde vivís? Si querés voy hasta tu casa”. Ahí sí me acerqué. Un ratito antes me mandó un mensaje diciendo que no se había podido bañar porque no había ido su asistente. Le dije que no se preocupara, que yo lo bañaba. No era parte de mi servicio, pero lo armé ahí en función de un armado nuevo de trabajo. Llegué, me mostró su baño adaptado, lo bañé y después fuimos a su habitación y tuvimos sexo, todo muy estandarizado. Continué trabajando un tiempo con él y después apareció otra persona a la que le faltaba un brazo, luego personas con síndrome de Tourette, esquizofrenia o autismo. Empezaron a aparecer discapacidades más complejas de abordar. Empezó a correrse la voz de boca en boca de que yo trabajaba con personas con discapacidad y me empezaron a escribir padres y madres. Ahí me di cuenta de que la situación se ponía cada vez más seria.
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-¿Por qué te escribían los padres?
-Porque veían esa necesidad en sus hijos y querían ayudarlos a atravesar esa experiencia sexual o su primera vez, así es como lo ven.
-Te referís a padres con hijos que tienen una discapacidad cognitiva.
-Exactamente, más que nada con personas con síndrome de Down. Son personas que han tenido un intercambio o en algún momento se pasan con la profesora en la escuela. Hay algo que ellos no lo pueden controlar y no saben qué hacer en esa situación. Como ya vienen de una situación donde tienen asistente terapéutico y acompañante para distintas áreas, se dan cuenta de que necesitan a alguien que cubra esa otra dimensión.
-¿Cómo es la conversación con esos padres?
-Me di cuenta desde el principio de que no podía ser igual que con otros clientes. Teníamos sí o sí que tener un intercambio previo entre los padres, el hijo y yo. Nos encontramos en un lugar neutro, un café, para charlar con el padre, la madre, incluso con un psicólogo si lo requieren, y con la persona con discapacidad. Es un café para que nos conozcamos, sepan con quién va a estar su hijo y para que yo tenga el derecho a evaluar si voy a poder trabajar con esa persona. También para que el cliente pueda elegir si quiere tener un intercambio conmigo. Se dan situaciones de mucha apertura donde los padres lloran al sentir que pueden hablar con alguien que los trata con respeto. Pero si noto que la persona no comprende lo que estamos hablando, no tomo el trabajo. Necesito garantizarme no solo el consentimiento, sino que la persona pueda comunicarme —incluso con un gesto— si le gusta o no lo que hacemos. No puedo arriesgarme a hacer algo que a la persona no le agrada. Por otro lado, la trabajadora sexual no es el único recurso. Hay que empezar a mirarnos desde otro lugar, por fuera de la hegemonía. Mi trabajo específico es un acompañamiento, un proceso. La primera vez puede ser simplemente charlar, hacer un masaje con ropa o generar un acercamiento físico progresivo. Con un chico con síndrome de Down y dificultades del habla, armé una pizarra para que él se pueda comunicar conmigo con símbolos, y le mostraba imágenes cuidadas de masajes eróticos para ayudarlo a abordar su universo erótico personal. Y como le gustaba bailar, ensayábamos formas de sacar a bailar a alguien de manera respetuosa, trabajando la mirada y el contacto visual como parte del aprendizaje del consentimiento.

-¿Cuáles son tus límites? ¿De qué depende que aceptes o no un encuentro?
-Otro de mis aspectos como trabajadora sexual es el de dominatrix —que se relaciona con las prácticas sexuales no convencionales— mi límite principal es mi propio cansancio o no ver sangre. Me gusta ejercer la dominancia, el juego de roles y el acercamiento al dolor controlado, pero no me gusta ver sangre ni marcas extremas en el cuerpo. Cuando hago prácticas como el spanking (golpear), aviso si se generan marcas. Después, el límite también puede ser el cansancio o que me aburra.
-¿Tenés una cantidad estimada de encuentros por semana?
-Puede ser un mínimo de tres sesiones en una semana o un máximo de tres sesiones por día.
-¿Cómo hacés para despegarte emocionalmente después de un encuentro?
-Cada situación me hace a la persona que soy. Me pego una ducha y ya terminó todo, sigo con lo mío. A nivel protocolar no envío mensajes posteriores; la persona me vuelve a contactar recién cuando quiere coordinar la próxima sesión.
-Al estudiar teatro, ¿hay algo de actuar un rol o disociarte de quien sos en el momento del encuentro?
-Es 100% auténtico. Por eso envío una lista con las prácticas que me encantan. Puede ser que ese día tenga menos ganas de hacer una práctica. Estoy ejerciendo algo que yo elijo. Me encanta este trabajo.
-¿Te pasó que algún cliente desarrolle afecto o se enamore de vos?
-Sí, me ha pasado, por más que aclare todo el tiempo que es un trabajo. Cuando surge un cariño recíproco, lo recibo con respeto. Si me dicen “te quiero” o “te amo”, agradezco ese cariño, pero mantengo el encuadre claro y me lo tomo con simpatía. Por suerte nunca me tocó tener acosadores.
-¿Cómo reaccionó tu entorno íntimo cuando contaste que eras trabajadora sexual?
- Mi mamá se preocupó mucho porque pensó que estaba metida en la droga; recuerdo abrazarnos y llorar juntas. Una psicóloga me dijo que tenía que dejarlo inmediatamente porque me iba a hacer mal, así que dejé a la psicóloga. Mi papá, antes de morir, me dijo que estaba muy orgulloso de mí. Con mis amistades hubo de todo: algunas se alejaron y otras se interesaron demasiado. Dejé de vincularme con personas que me cosificaban por ser trabajadora sexual.
-¿Cuál creés que es el mayor prejuicio social sobre la sexualidad de las personas con discapacidad?
-Infantilizarlos y pensar que no tienen sexo. Pasan de la condescendencia del “son tan lindos” al rechazo o la repulsión cuando manifiestan su deseo. Eso es lo peor de todo.
-¿Qué es lo que más te gustaría que la gente entendiera sobre tu oficio?
-Sería precioso que se comprendiera que el estigma y el juicio no suman. El prejuicio me condicionó durante muchos años en los que estuve en el clóset. Este es un trabajo como cualquier otro.
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