
Corrían los primeros días de agosto de 1983 cuando el obispo de Neuquén, Jaime De Nevares, denunció en un documento que monseñor Enrique Angelelli, “el obispo de los pobres”, había sido asesinado y que el “accidente” en la ruta donde, según la versión oficial, había perdido la vida el 4 de agosto de 1976, siete años antes, era un montaje. Que a Angelelli lo había matado la dictadura era un secreto a voces desde entonces, pero hasta el pronunciamiento de monseñor De Nevares la alta jerarquía de la Iglesia argentina había permanecido en silencio.
Una revista de Editorial Atlántida nos había enviado al fotógrafo Jorge Salto y a mí a La Rioja para reconstruir los últimos días de Angelelli y entrevistar a quienes los habían compartido. El primer paso que nos propusimos fue ir a Chamical, donde el obispo había dado su última misa, antes de que lo mataran en su viaje de vuelta. El taxi avanzaba rápido desde la capital hacia ese destino por una ruta que era casi una recta perfecta hasta que, sin aviso, el taxista detuvo la marcha.
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—Es acá —dijo el chofer con inocultable tonada riojana.
Bajamos del auto y contemplamos una cruz de hierro forjado enclavada a unos metros de la ruta, en medio del desierto. Al pie había unas flores no del todo marchitas y, unos metros más allá, un neumático casi nuevo que asomaba de la tierra dura.
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—Esta no la volaron —dijo el chofer señalando la cruz.
—¿Y ese neumático? —le pregunté.
—Lo pusieron los que dicen que no fue un accidente —respondió el chofer, en voz baja, como casi todos por entonces en La Rioja cuando el tema de conversación era la muerte de monseñor Enrique Angelelli.
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En Punta de los Llanos, un paraje ubicado a la vera de la ruta que une la ciudad de La Rioja con Chamical, entre 1976 y 1983 se levantaron sucesivamente tres cruces. La primera, de madera, fue rápidamente destruida; la segunda, de cemento, fue volada en pedazos por un explosivo en 1977; la tercera, de hierro forjado, se mantuvo incólume hasta la vuelta de la democracia. A su alrededor solía haber flores frescas, dejadas por manos anónimas, pero lo que más llamaba la atención de quienes se detenían a observarla era un neumático casi nuevo, semienterrado, que alguien había colocado a pocos metros de ella.
La presencia de ese neumático era en sí misma un mensaje que contradecía la versión oficial de la dictadura que sostenía que el obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, había muerto en ese lugar como consecuencia de un accidente de tránsito. Era un grito silencioso que denunciaba lo que en La Rioja nadie se atrevía a decir en voz alta: que al “obispo de los pobres” lo habían asesinado. Lo que monseñor De Nevares acababa de denunciar.
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“Ahora es mi turno”
El 4 de agosto de 1976, poco después de mediodía, monseñor Enrique Angelelli salió rumbo a La Rioja desde Chamical al volante de su vieja camioneta Fiat 1500. A su lado viajaba el padre Arturo Pinto, que lo había acompañado para celebrar una misa en memoria de los padres Gabriel Longeville y Carlos Murias, secuestrados, torturados y acribillados el 18 de julio en esa ciudad.
El obispo sabía que el asesinato de los dos curas formaba parte de una ofensiva que lo tenía como objetivo final y que había incluido por esos días la detención de los sacerdotes Eduardo Ruiz, en Olta, y Gervasio Mecca, en Aimogasta, y la muerte del laico Wenceslao Pedernera, ametrallado en la puerta de su casa por un grupo de tareas que había ido a secuestrar a otro cura. A pesar de todo, Angelelli seguía en La Rioja.
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—Ahora es mi turno —le dijo por esos días a su sobrina María Elena.
—¿Por qué no te vas? —le preguntó la joven.
—No me voy a esconder debajo de la cama —le contestó.
Angelelli sabía que corría peligro de muerte. Días antes se había entrevistado con el jefe del III Cuerpo del Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, para denunciar las violaciones de los derechos humanos que se estaban cometiendo en su diócesis y la persecución de que era objeto el obispado riojano.
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—General, usted y yo somos católicos, tenemos que rezar un padrenuestro por los perseguidos —le dijo al militar al final del infructuoso encuentro.
—Yo no rezo el padrenuestro por los subversivos porque no los considero hijos de Dios —le contestó el militar, sin contemplaciones.
Y antes de despedirlo le advirtió:
—El que se tiene que cuidar es usted.
No hacía falta ser buen entendedor para registrar la amenaza.

Asesinato en el desierto
Al partir de Chamical ese miércoles 4 de agosto, en el asiento trasero de la camioneta, Angelelli llevaba una carpeta con la documentación y los testimonios que había reunido en los últimos días sobre los asesinatos de Murias y Longeville y que señalaban a por lo menos uno de los responsables de sus muertes: el jefe de la Base Aérea de esa localidad, comodoro Luis Estrella. El obispo pensaba entregar copias a la cúpula de la Iglesia Católica Argentina y al nuncio apostólico, Pío Laghi.
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Al llegar a Punta de los Llanos, en la ruta desierta, un Peugeot 404 encerró a la camioneta del obispo, la hizo volcar y dar varios tumbos. Angelelli salió despedido y quedó inconsciente sobre el asfalto. El cura Pinto quedó herido dentro del vehículo.
De acuerdo con pericias posteriores, al obispo lo remataron con varios golpes en la nuca; a Pinto, creyendo que no había visto nada, lo dejaron con vida. El cadáver de monseñor Angelelli quedó más de seis horas tirado sobre la ruta, rodeado de policías que impedían que nadie se acercara. A Pinto lo trasladaron a un hospital. Cuando se recuperó, se alejó prudentemente de La Rioja y encontró refugio en el obispado de Neuquén, a cargo de monseñor Jaime de Nevares, uno de los pocos obispos que no silenció las violaciones de los derechos humanos cometidas por la dictadura.
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La suerte que corrieron los documentos que Angelelli llevaba en la camioneta se conoció años después, por el testimonio del represor Peregrino Fernández ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU: “Uno o dos días después de ocurrido el suceso, los papeles que portaba el obispo Angelelli en el momento de su fallecimiento llegaron a la Casa de Gobierno dirigidos al ministro [del Interior, Albano] Harguindeguy, en una carpeta remitida desde la guarnición militar de Salta, con expresa indicación de que se trataba de documentación confidencial. Este hecho llamó la atención del declarante, ya que los citados papeles no fueron entregados a la causa judicial, como tampoco entregados a los allegados de monseñor Angelelli (…). La documentación fue entregada al general Harguindeguy (…). Quiere aclarar el dicente que prestó especial atención al hecho por la forma estrictamente ‘secreta’ que se dio a la existencia de esta carpeta. Añade que no tiene conocimiento del destino posterior de la misma, puesto que el general manejaba en forma personal todos los hechos referentes a la Iglesia”, declaró.
El jueves 5 de agosto de 1976 los diarios argentinos titularon que monseñor Angelelli había muerto en un accidente automovilístico. Sin embargo, en La Rioja, eran muchos los que sabían que no había sido así, aunque no se atrevían a decirlo, ni siquiera en voz baja.

“Esa ruta es un billar”
En ese viaje de 1983, al día siguiente de regresar de Chamical, entrevisté en su despacho de la catedral a monseñor Bernardo Witte, sucesor de Angelelli en el Obispado de La Rioja. Después de más de media hora de contestar con frases hechas las preguntas que le hacía, de esquivar las repreguntas y de posar con una biblia mientras Jorge Salto trataba sin suerte de sacarle una foto donde apareciera natural, Witte dio por terminada la entrevista. Creí que me iba a ir con las manos vacías, porque no le había sacado ni una declaración que sirviera y mucho menos alguna información, pero me equivocaba. El obispo se ofreció a acompañarme hasta la calle y, una vez allí me dio la mano y por primera vez habló con soltura, pasando del distante tratamiento de “usted” que había utilizado durante toda la entrevista a un tuteo cómplice:
—Vos ya fuiste hasta Chamical, ¿no? —me preguntó, casi afirmando, porque lo sabía.
—Sí —le contesté.
—Viste lo que es esa ruta… es un billar. Pensá cómo pudo haber ocurrido ‘el accidente’ —me dijo mirándome a los ojos.
—¿Entonces? —insistí, esperando que ampliara.
—Que Dios te bendiga.
No dijo más. Miró unos segundos hacia la plaza, dio media vuelta y volvió a meterse en la Catedral con paso cansino.
Durante aquel viaje a La Rioja recorrí los lugares donde habían muerto el obispo y los curas Murias y Longeville, y entrevisté a antiguos colaboradores de Angelelli, a una de las monjas laicas que asistió al cura Pinto mientras permanecía internado con custodia policial, a periodistas y vecinos de la capital provincial y de Chamical. A pesar de que la dictadura ya estaba en franca retirada, el temor a hablar era notorio.

Un obispo incómodo
La escalada de la dictadura cívico militar contra el obispo Enrique Angelelli, que terminó con su asesinato en Punta de los Llanos, fue en realidad el capítulo final de una ofensiva que comenzó mucho antes, a poco de que se hiciera cargo del Obispado riojano, en 1968. La desigualdad social que reinaba en su diócesis y los abusos que cometían los terratenientes con los campesinos lo llevaron no sólo a predicar la opción por los pobres sino a trabajar activamente junto a ellos, ayudándolos a organizarse para resistir. Las dictaduras de Onganía, Levingston y Lanusse lo toleraron a duras penas pero, a partir de 1973, el Gobierno provincial del peronista Carlos Menem lo hizo objeto de ataques despiadados, tanto desde la prensa adicta como por la vía de los hechos.
La ofensiva contra Angelelli incluía constantes ataques mediáticos, a cuya cabeza se puso el diario El Sol, de la capital provincial. El 18 de noviembre de 1973 publicó en portada una obscena operación de prensa contra Angelelli y, de paso, contra Alippio Paoletti, director del diario El Independiente, cuyas páginas se hacían eco de las denuncias del obispo. “DESBARATAN PLAN MARXISTA”, titulaba El Sol en su portada, y en la bajada, agregaba: “Angelelli muy comprometido”. Para redondear, en una suerte de copete o segunda bajada, El Sol abundaba: “Mediante infame maniobra se pretendía desprestigiar a sus más tenaces opositores. Alippio E. Paoletti, director del diario El Independiente, sería uno de los contactos”.
El artículo, cuyo autor se escudaba en el anonimato, afirmaba que un tal Carlos Adolfo del Prado Medina (a) “El Caminante”, detenido por la policía provincial, había decidido “declarar expontáneamente” (sic) su conocimiento de un plan que ejecutaría “una pareja de hippies” para implicar a “importantes funcionarios del gobierno de la provincia” en el tráfico de drogas. Estos funcionarios, según El Caminante, “caracterizados todos ellos por pertenecer a la línea ortodoxa del peronismo local y ser tenaces opositores al marxismo, identificados con la línea nacional”. Según la nota, El Caminante había confesado ser parte del plan y que “había sido enviado por sacerdotes tercermundistas que actúan en la provincia de Santa Fe, juntamente con un grupo de personas marxistas”. Su misión era “ponerse en contacto con personas allegadas a los círculos adictos al obispo Angelelli (quien) estaba en conocimiento del plan y sería el principal organizador”.
Para El Sol, el plan también estaba “orquestado y dirigido por el tercermundismo nacional y local, apoyados por el director del diario El Independiente y algunos de sus más íntimos colaboradores, públicamente identificados con la línea pastoral del obispo Angelelli”. El artículo, plagado de contradicciones y verbos en condicional, no aportaba ninguna prueba ni testimonio de fuente identificada.
Las operaciones de prensa dieron paso muy pronto a los hechos, incluso antes del golpe de Estado. Sus misas solían ser interrumpidas por grupos de manifestantes, en algunos casos encabezados por Amado Menem, uno de los hermanos del gobernador Carlos Saúl Menem, que llegaron incluso a atacar a Angelelli a piedrazos dentro de la Catedral. Por entonces, el obispo ya recibía constantes amenazas de muerte.

La última misa
Después del golpe del 24 de marzo de 1976 las amenazas arreciaron y la escalada pasó de los piedrazos y las operaciones de prensa al asesinato de los curas más cercanos al “obispo de los pobres”. El 18 de julio, los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville fueron secuestrados, torturados y asesinados por un grupo de tareas que dejó sus cuerpos acribillados en las afueras de Chamical. Días después corrió la misma suerte el laico Wenceslao Pedernera. A Angelelli le quedaban dos alternativas: alejarse de La Rioja o morir. Eligió quedarse.
Durante la misa en memoria de los padres Murias y Longeville que celebró la mañana del 4 de agosto de 1976, Angelelli sufrió la interrupción brutal de un alto jefe militar, que lo acusó de defender a subversivos y comunistas. Se refería, claro, a los dos curas asesinados. El obispo no le respondió. Siguió celebrando el oficio religioso y, al terminar, salió de la iglesia y se puso al volante de su camioneta Fiat 1500. No vio o no quiso ver que detrás de él arrancó un Peugeot 404 que comenzó a seguirlo. En ese auto viajaban sus asesinos.
Hubo que esperar casi 42 años para que los responsables intelectuales de su muerte pagaran por ella. En julio de 2014 el Tribunal Oral Federal de La Rioja condenó a prisión perpetua al ex general Luciano Benjamín Menéndez y al ex vicecomodoro Luis Fernando Estrella por el asesinato del “obispo de los pobres”. El testimonio del cura Arturo Pinto, el sobreviviente que creyeron que no recordaría pero recordó, fue determinante. Los autores materiales del atentado nunca fueron identificados y permanecen impunes.
Cuando se cumplen 50 años del asesinato de Enrique Angelelli, el lugar de Punta de los Llanos donde en agosto de 1983 el taxi se detuvo frente a una cruz de hierro forjado, unas flores frescas y un neumático semienterrado, se llama Paraje El Pastor y allí se levanta la “Ermita Monseñor Angelelli”. En ese lugar está escrito a la vista de todos uno de sus lemas, quizás el que mejor sintetiza su obra pastoral truncada por la dictadura: “Un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”.
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