
En la antigua Roma, las mascotas no se reducían a los animales domésticos más comunes. Entre las élites destacaban loros, serpientes y aves rapaces, mientras los perros ocupaban un lugar central como guardianes, cazadores y compañeros, según National Geographic.
También existía una estrecha relación entre el mundo animal y las creencias religiosas, ya que algunos animales tenían un simbolismo especial en ritos y festividades del calendario romano.
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Más allá de perros y gatos, los antiguos romanos apreciaban animales de compañía que combinaban prestigio, utilidad y cercanía. Según National Geographic, entre los sectores acomodados sobresalían los loros traídos desde la India, las serpientes como signo de refinamiento y las aves rapaces ligadas a la caza, mientras los perros también se usaban para vigilar, pastorear y apoyar a las legiones.
La imagen de una casa romana con solo animales comunes no encaja del todo con lo que recoge National Geographic. Entre las clases altas, poseer especies no autóctonas funcionaba como una señal visible de riqueza y posición social.
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Mascotas exóticas y símbolo de estatus

Entre esos animales de prestigio, los loros ocupaban un lugar singular. La fuente indica que llegaban desde la India y que algunos recibían un trato de lujo, incluso con jaulas de plata o marfil.
Las serpientes también formaban parte de ese universo de compañía poco habitual. Para un romano de alta posición, tener una podía expresar exotismo y refinamiento.
A ese grupo se sumaban las aves rapaces, valoradas por su vínculo con la caza. Su cuidado exigía una técnica que, según National Geographic, se transmitía de padres a hijos dentro de la familia.
Perros de compañía y gatos con función práctica
Frente a esos animales exóticos, los perros tenían una presencia mucho más extendida y un papel más amplio. Paco Álvarez dijo a National Geographic: “Los romanos eran muy de mascotas (...) y también utilizaban los perros como guardianes, en la caza y en el ejército, como nosotros, pero también tenían perritos de razas pequeñas”.
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La fuente menciona grandes perros como los molosos, usados como ayuda en las legiones, y también perros pastores. A estos últimos se les recomendaban collares de pinchos para protegerlos de los lobos.
Los perros también vigilaban propiedades privadas y aparecen en mosaicos de Pompeya con la advertencia “Cave Canem”, traducible como “cuidado con el perro”. Junto a esa función, existían canes de compañía como los canis melitae, parecidos al maltés actual, aunque más grandes.
Los gatos, por su parte, eran habituales en las familias romanas, pero la fuente los presenta sobre todo como animales útiles. Su principal valor estaba en mantener los graneros libres de plagas, más que en la compañía.
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El vínculo emocional con las mascotas
Pese a ese sentido práctico, la relación con los animales podía ser muy cercana. La fuente recoge cementerios y lápidas dedicados a mascotas, en especial a perros, como muestra de un duelo que iba más allá de la utilidad cotidiana.

Ese apego también aparece en detalles de la vida diaria. Columela aconsejaba dar a los perros nombres no muy largos, pero tampoco de menos de dos sílabas, para facilitar que obedecieran cuando eran llamados.
La fuente añade que Calpurnia, tercera esposa de Julio César, sentía especial afición por los felinos. Ese dato matiza la idea de que los gatos solo ocupaban un lugar funcional dentro del hogar romano.
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Las inscripciones funerarias citadas por National Geographic muestran dueños que recordaban a sus animales como parte íntima de la casa. En esa memoria privada, el perro no era solo un guardián o un auxiliar de caza, sino una presencia diaria cuya ausencia merecía incluso una tumba de mármol.
Los testimonios arqueológicos hallados en distintas regiones del Imperio permiten reconstruir la variedad de especies presentes y la diversidad de vínculos emocionales entre humanos y animales domésticos.
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