El día que George Bush padre se salvó de ser devorado por caníbales y la verdad que se supo 60 años después

Fue durante la Segunda Guerra Mundial. El hombre que en 1989 sería presidente de Estados Unidos, cumplió una misión como piloto de avión. Ocho de sus compañeros cayeron en manos de los japoneses y sufrieron torturas. El juicio que destapó el caso y los testimonios que se ocultaron durante seis décadas del horror de Chichijima

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Bush Segunda Guerra Mundial caníbales japoneses
La Marina de Estados Unidos realizó investigaciones en la isla japonesa tras el final de la guerra

George H.W. Bush llevaba cuatro horas flotando en el Pacífico cuando vio salir algo del agua. “Me dije: ‘Dios, espero que sea nuestro’”, recordó años después. Era el submarino USS Finback. Al subir a bordo, el piloto de 20 años pronunció solo cuatro palabras: “Happy to be aboard”. Lo que no sabía todavía era el porqué.

El secreto que la Marina enterró durante 60 años

Durante casi seis décadas, el gobierno de Estados Unidos clasificó como “alto secreto” los archivos que documentaban el destino de los ocho aviadores capturados ese 2 de septiembre de 1944 sobre la isla japonesa de Chichijima. EL objetivo era que sus familias nunca debían saber que sus hijos habían sido torturados, ejecutados y, en cuatro casos, devorados por oficiales japoneses.

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“La Marina no quería que la gente en casa supiera que sus hijos habían sido comidos”, declaró uno de los abogados involucrados en el proceso. Ocho madres murieron sin conocer la verdad. Décadas de cartas sin respuesta, viajes a Washington y funcionarios que las despachaban con evasivas. El secreto se sostuvo hasta que el escritor James Bradley publicó Flyboys en 2003 y contactó a los familiares sobrevivientes para contarles lo que había encontrado en un montón de papeles sobre una mesa de fórmica en Iowa.

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George Bush padre se había graduado en la Academia Phillips en 1942 y obtenido sus alas de piloto en 1943

La isla que era más peligrosa que Iwo Jima

Chichijima no aparece en los manuales de historia con la frecuencia que merece. Ubicada a unos 800 kilómetros al sur de Japón, en el archipiélago de las islas Bonin, era una roca de apenas el doble del tamaño del Central Park de Nueva York. Pero sobre sus dos picos funcionaban las estaciones de radio que conectaban el cuartel imperial en Tokio con las tropas japonesas dispersas por todo el Pacífico. Sin esas torres, el Imperio quedaba incomunicado.

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La Marina estadounidense lo sabía desde junio de 1944 y llevaba meses intentando destruirlas. El problema era que Chichijima estaba defendida por 25.000 soldados y un sistema antiaéreo que hacía pedazos los aviones antes de que pudieran acercarse. Un marine que inspeccionó ambas islas después de la guerra lo resumió sin rodeos. “Iwo Jima fue el infierno. Chichijima habría sido imposible”.

El inicio de la operación

El 2 de septiembre de 1944, un grupo de nueve pilotos despegó a las 7:15 de la mañana con la misión de destruir las torres de comunicaciones de Chichijima. Entre ellos, estaba uno de los pilotos más jóvenes de la Marina de Estados Unidos. Era el teniente George Herbert Walker Bush, de 20 años, apodado “Skin” por sus compañeros a causa de su figura delgada.

Bush no era un novato. Se había graduado en la Academia Phillips en 1942 y obtenido sus alas de piloto en 1943, convirtiéndose en el aviador más joven de la Marina en ese momento. Había participado en la batalla del Mar de Filipinas en junio de 1944 y acumulado misiones de combate a bordo del USS San Jacinto. Ese 2 de septiembre pilotaba un bombardero torpedero Grumman TBM Avenger.

Cuando los aviones se acercaron a la isla, la defensa antiaérea japonesa abrió fuego.

El Avenger de Bush recibió un impacto directo. “El avión estaba ardiendo”, recordó el ex presidente en una entrevista con CNN. “La cabina empezaba a llenarse de humo. Pensé que iba a explotar”. Bush tomó la decisión de alejarse de la isla todo lo posible antes de saltar. Cuando ya no pudo esperar más, ordenó a su operador de radio y a su artillero que se lanzaran en paracaídas.

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George Bush padre en el centro de la foto junto a dos compañeros aviadores

Solo Bush escapó. Uno de los otros dos hombres no logró que su paracaídas se abriera. El otro se hundió con el avión. Bush los vio caer antes de estrellarse él mismo en el océano.

“Lloraba, vomitaba y nadaba como un loco -contó a CNN-. Ese día podría haber llegado a los Juegos Olímpicos porque teníamos que salir de ahí”. Botes japoneses lo buscaban. Bush nadó en dirección contraria. Cuatro horas después, el USS Finback emergió del agua.

Los que no tuvieron esa suerte

Los otros pilotos derribados ese día no llegaron a ver ningún submarino. Fueron capturados por embarcaciones japonesas y trasladados a la isla. Lo que ocurrió a continuación quedó documentado décadas más tarde en las actas de un juicio por crímenes de guerra celebrado en Guam en 1946, en un enorme hangar prefabricado que hacía las veces de sala de tribunal.

Según el libro Flyboys de Bradley, los aviadores capturados fueron sometidos a torturas y ejecuciones. Uno fue vendado, conducido hasta una fosa y decapitado. Otros fueron apaleados hasta la muerte. Pero el horror mayor llegó después de las ejecuciones.

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Según el libro Flyboys de Bradley, los aviadores capturados fueron sometidos a torturas y ejecuciones por parte de los japoneses

El festín del general Tachibana

El general Yoshio Tachibana fue el primero en proponer lo que ocurrió a continuación. Según el testimonio recogido en el juicio, lo hizo en un estado de embriaguez, tras la ejecución de uno de los aviadores americanos. Tachibana declaró que “había que tener suficiente espíritu de combate para comer carne humana” y ordenó que se extrajera el hígado del cadáver.

El mayor Sueo Matoba fue más específico en sus instrucciones. Ordenó que al cuerpo de uno de los prisioneros le extrajesen las vísceras y varios kilos de carne. Más tarde le explicó a otro oficial cómo había preparado el hígado de otro soldado. “Lo atravesé con palitos de bambú y lo cociné con salsa de soja y verduras”, declaró. Lo sirvió “en trozos muy pequeños” como “buena medicina para el estómago”.

De los ocho pilotos ejecutados, cuatro fueron canibalizados.

“No éramos caníbales”

Durante el juicio por crímenes de guerra celebrado en Guam, Matoba intentó contextualizar lo ocurrido. “Estos incidentes tuvieron lugar cuando Japón sufría derrota tras derrota”, declaró. “El personal estaba excitado, agitado, con una rabia incontrolable. Teníamos hambre. Probamos todos los animales y plantas comestibles que podíamos encontrar. Desde ratas, ratones, perros hasta lagartos. Apenas sé lo que pasó después de eso. Realmente no éramos caníbales”.

El canibalismo entre las tropas japonesas durante la Segunda Guerra Mundial estaba documentado en múltiples testimonios. Había ocurrido durante la guerra chino-japonesa también y se repitió en varios frentes del Pacífico. En el caso de Chichijima, la práctica no fue producto del hambre extrema sino de una decisión deliberada de oficiales de alto rango.

En 1947, Tachibana, Matoba y varios otros oficiales fueron declarados culpables de crímenes de guerra y ejecutados.

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George Bush padre en el momento de ser rescatado por un submarino de Estados Unidos

El expediente que nadie debía leer

Bill Doran tenía 21 años cuando un marine le entregó un papel en la puerta del hangar de Guam y le dijo que lo firmara. Era un juramento de confidencialidad. Doran, recién graduado de la Academia Naval de Estados Unidos, firmó al entrar y firmó al salir cada día durante toda la duración del juicio. Después volvió a Iowa y no dijo una palabra durante más de cincuenta años.

En 1997, una pequeña nota en un periódico le informó que los documentos del gobierno de 1946 habían sido desclasificados. Doran, ya abogado retirado que pasaba los días cazando y pescando con su perro Stripe, dedicó once meses a rastrear el expediente. Un día llegó por correo desde Washington una caja con las actas completas del juicio.

Fue el escritor Iris Chang quien conectó a Doran con James Bradley. En febrero de 2001, Bradley tomó el primer vuelo a Des Moines. Sentados ante una mesa de fórmica, con una fuente de palomitas y dos gin-tonics entre ellos, Doran le mostró lo que había guardado en silencio durante más de medio siglo.

“Siempre tuve la sensación de que estos chicos querían que se contara su historia”, dijo Doran.

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George H.W. Bush llegó a la presidencia de Estados Unidos en 1989 sin conocer el destino de sus compañeros de misión

Lo que Bush no sabía

George H.W. Bush llegó a la presidencia de Estados Unidos en 1989 sin conocer el destino de sus compañeros de misión. Su participación en el bombardeo de Chichijima era parte de su biografía de campaña, pero lo que ocurrió en la isla después de que él escapara permanecía en los archivos clasificados.

Fue Bradley quien se lo contó, años después de publicar Flyboys. “Hubo mucho movimiento de cabeza, mucho silencio -recordó el escritor-. No hubo disgusto, ni conmoción, ni horror. Es un veterano de otra generación”.

Bush y Bradley viajaron juntos a Chichijima. La isla que en 1944 era una fortaleza con 25.000 soldados y torres de comunicaciones en sus picos se había convertido en un destino turístico donde los visitantes practican buceo y avistamiento de ballenas.

Antes de su muerte en 2018, el ex presidente volvió varias veces sobre aquella mañana de septiembre. “¿Por qué estoy bendecido?”, preguntó en una entrevista. “¿Por qué sigo vivo? Eso me ha perseguido”.

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La isla de Chichijima era clave para la comunicación de las tropas japonesas con el comando central en Tokio

Los ocho que no volvieron

La pregunta de Bush tiene una respuesta que él mismo nunca formuló en voz alta. La diferencia entre su suerte y la de sus compañeros se midió en metros y segundos. Él consiguió alejarse de la isla antes de saltar. Ellos cayeron más cerca.

Las familias de los ocho aviadores capturados en Chichijima esperaron décadas una explicación. Funcionarios del gobierno los recibieron con evasivas. Algunas madres murieron sin saber. Cuando Bradley las contactó tras publicar Flyboys, les contó la verdad que el gobierno había decidido protegerles. Que sus hijos habían sido torturados y ejecutados, y que algunos de ellos habían sido consumidos en un festín ordenado por generales japoneses en una isla del Pacífico a 800 kilómetros de Japón.

“La Marina no quería que la gente en casa supiera que sus hijos habían sido comidos”, repitió el abogado que conoció el expediente. La verdad tardó seis décadas en salir a la luz.

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