
La jornada había sido larga y extenuante para Susan Kuhnhausen, pero al fin regresaba a su casa en Portland. Era la noche del 6 de septiembre de 2006 cuando, al entrar en la vivienda, fue sorprendida por un hombre armado con un martillo que había irrumpido para matarla. Sin embargo, la enfermera se negó a convertirse en una víctima más. Lo que parecía un ataque sin posibilidades de escape terminó de forma inesperada: tras una intensa lucha, logró imponerse y el agresor murió durante ese enfrentamiento.
La investigación reveló que el hombre que había ingresado a la vivienda, Edward Haffey, era un asesino a sueldo. Pero había un detalle aún más inquietante: había sido contratado por el propio esposo de Susan, Michael Kuhnhausen, quien había intentado mantenerse lejos de la ciudad mientras se ejecutaba el crimen. El caso conmocionó a Estados Unidos por la frialdad de la conspiración y por un desenlace que nadie había previsto.
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Una semana después, Michael fue detenido y, al año siguiente, se declaró culpable de haber encargado el asesinato de su esposa. El caso no solo dejó al descubierto un intento de homicidio cuidadosamente planificado, sino que también convirtió a Susan —quien años más tarde adoptaría el apellido Walters— en un símbolo de supervivencia y resiliencia. Su historia trascendió los tribunales y pasó a ser un referente sobre la capacidad de reaccionar ante una situación límite.

Una infancia errante y el anuncio que cruzó sus caminos
Susan Kuhnhausen nació el 14 de septiembre de 1955 en Portland, aunque su infancia estuvo marcada por constantes mudanzas. Debido al trabajo de su padre como chef en las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, la familia cambió varias veces de ciudad, una situación que la obligó a adaptarse desde temprana edad a nuevos entornos y escuelas. Ser siempre la alumna nueva y el divorcio de sus padres fueron experiencias que moldearon una personalidad abierta, sociable y acostumbrada a establecer vínculos con rapidez.
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A comienzos de los años ochenta, Susan se recibió de enfermera profesional y comenzó a trabajar en el área de urgencias, donde desarrollaría una carrera dedicada al cuidado de otras personas. Fuera del ámbito laboral, encontró un espacio de expresión en los clubes de comedia, donde era conocida por su sentido del humor y su facilidad para conectar con los demás. Pero cuando cumplió los 33 años y no tenía una relación estable, con el apoyo de su madre y unos amigos, decidió publicar un anuncio clasificado en un diario local para conocer a un hombre con quien compartir su vida.
La respuesta llegó de parte de Michael Kuhnhausen, un hombre de 39 años, veterano de la guerra de Vietnam, que se describía como una persona tranquila y amante de la naturaleza. Después de más de cien horas de conversaciones telefónicas, decidieron conocerse personalmente en el jardín botánico Crystal Springs, en Portland. La conexión entre ellos fue inmediata y la relación avanzó rápido: antes de cumplir un año juntos, la pareja se casó en Reno, Nevada.
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Pero, con el paso del tiempo, esa conexión y la dinámica de la relación comenzó a cambiar. Michael se volvió más distante y dejó de participar en la vida familiar, mientras Susan tomaba gran parte de las responsabilidades económicas del hogar. Según lo que ella contó luego, su esposo comenzó a adoptar conductas controladoras, se mostraba celoso con frecuencia y ejercía un fuerte dominio sobre las decisiones cotidianas y las finanzas.
Susan permaneció en ese matrimonio durante diecisiete años hasta que, al cumplir 50 años, en 2005, decidió iniciar el proceso de divorcio. Pese a la separación, mantuvo una relación cordial con Michael y continuó confiando en él. Incluso le permitía entrar a la casa cuando ella no estaba para cuidar de sus gatos. Esa confianza hizo que nunca cambiara las cerraduras ni las medidas de seguridad de la vivienda, decisión que años después cobrarían gran importancia en la investigación del ataque que casi le costó la vida.
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La noche del ataque
El 6 de septiembre de 2006, antes de retornar a su vivienda, Susan fue a la peluquería para relajarse después de su turno extenuante en el hospital. Mientras esperaba, leyó una frase de la periodista e inspiradora Oprah Winfrey sobre vivir la vida sin temores. Esa reflexión le quedó resonando en la cabeza. Al entrar a su casa por el garaje, encontró una extraña nota manuscrita de Mike diciéndole que pasaría unos días en la playa porque se sentía estresado, pero no le dio gran importancia.
Ya en el interior de su casa, notó que una de las habitaciones permanecía en absoluta oscuridad, con las cortinas cerradas. Al entrar para abrirlas, distinguió una silueta humana de casi dos metros de altura que permanecía oculta en la penumbra. Era Edward Haffey, un delincuente de 59 años que llevaba guantes amarillos de goma, una gorra de béisbol y empuñaba un pesado martillo de carpintero.
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Haffey lanzó un golpe contra ella, buscando golpearla en la cabeza, dándole un impacto en la sien que la hizo sangrar. Pero, Susan no se paralizó ante el dolor ni el shock gracias a sus décadas de entrenamiento clínico sometiendo a pacientes violentos en urgencias. El instinto de supervivencia fue más fuerte que su cabeza abierta y hasta pudo calcular cómo usar su propio peso corporal para desestabilizar la contextura de su agresor.

Durante el forcejeo, Susan mordió al atacante no sólo para defenderse sino con la mente fría de quien busca dejar rastros de ADN en la piel del asesino por si ella no lograba salir con vida.
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—¿Quién eres? ¿Quién te envió a matarme?—, le gritaba Susan en medio de la pelea.
Pero, la única respuesta era los jadeos del sicario, asombrado por la resistencia de su víctima. Con un esfuerzo físico asombroso, Susan logró sacarle el martillo. La furia y el terror hicieron lo suyo: le pegó cuatro golpes secos y luego se abalanzó sobre él para asfixiarlo.
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La autopsia confirmó que Edward Haffey estuvo drogado durante el ataque. Además, los investigadores descubrieron que tenía antecedentes penales: en 1994 había sido condenado por conspirar para asesinar a su exnovia, en 1991. Pese a la ventaja física de Haffey y a que estaba armado, la resistencia y determinación de Susan le permitieron desarmarlo y reducirlo dentro de la vivienda.

La mochila delatora
Cuando confirmó que Edward Haffey había muerto durante el enfrentamiento, Susan salió corriendo de la casa y pidió socorro a sus vecinos, y llamó al 911. En un primer momento, el caso parecía un intento de robo que había terminado de forma violenta. Sin embargo, Susan sospechaba que aquel ataque podía tener un origen diferente y temía que la persona responsable de enviarlo continuara en libertad. Por eso, decidió no quedarse sola en su casa y pasar los días siguientes en lo de su amiga Helen Bulone.
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Al día siguiente del ataque, Susan regresó a su vivienda acompañada de Helen para retirar algunas pertenencias personales. Mientras la esperaba y miraba la casa, la amiga encontró una mochila sospechosa en el garaje. Al revisarla juntas, descubrieron elementos que cambiarían por completo el rumbo de la investigación: anotaciones manuscritas, referencias a un pago y datos que vinculaban al atacante con alguien cercano a Susan.
En una agenda estaban anotados el número telefónico del esposo de Susan, Michael Kuhnhausen, y una nota escrita a mano que decía “llamar a Mike”. Esa evidencia reveló que el ataque no había sido un acto de violencia al azar, sino parte de un plan organizado. La coartada de Michael, quien había asegurado haberse alejado de la ciudad por estrés, comenzó a desmoronarse frente a los investigadores.
Cuando la conexión entre Haffey y Michael salió a la luz, el esposo de Susan quedó en el centro de la investigación. Según la causa, los hombres se conocían desde hacía años y Haffey incluso había trabajado anteriormente para Michael en una casa de videos para adultos. Poco después de que las autoridades comenzaran a buscarlo, Michael abandonó Oregón y estuvo prófugo por dos días, hasta que finalmente se entregó en un hospital psiquiátrico de Reno, Nevada.
Según la investigación, el móvil del crimen estaba relacionado con el dinero. La vivienda donde Susan vivía estaba valuada en unos 300.000 dólares y para Michael eso representaba una oportunidad económica en medio de una situación financiera complicada. Los fiscales determinaron que el deseo de quedarse con esa propiedad lo llevó a ofrecerle 50.000 dólares a Haffey para que asesinara a su exesposa.

La condena, la batalla civil y el legado de Susan
El 30 de agosto de 2007, Michael Kuhnhausen compareció ante un tribunal de Oregón y se declaró culpable de haber contratado a un sicario para su esposa. Como parte del acuerdo judicial, recibió una condena de diez años de prisión. Durante la audiencia, Susan le habló y le mostró unas fotografías en las que se veían las consecuencias físicas del ataque que él había ordenado. Para ella, la sentencia representaba un cierre judicial, aunque no eliminaba el temor de que algún día pudiera recuperar la libertad.
Ante esa preocupación, Susan inició una demanda civil contra su exesposo por los daños emocionales y psicológicos provocados por el intento de asesinato. En 2008, un jurado falló a su favor y le concedió una indemnización superior al millón de dólares. Aunque Michael no contaba con recursos suficientes para afrontar esa suma, la resolución representó para Susan una forma adicional de protección frente a cualquier intento futuro de beneficiarse económicamente de su muerte.
Durante los años posteriores, Susan continuó enfrentando las secuelas psicológicas del ataque y reforzó las medidas de seguridad a su alrededor. Llegó a mudarse, instalar sistemas de alarma y establecer planes de emergencia ante el temor de que Michael pudiera recuperar la libertad. Esa etapa marcada por la incertidumbre terminó el 13 de junio de 2014, cuando su exesposo murió a causa de un cáncer de próstata avanzado mientras cumplía su condena en la Institución Correccional de Snake River.
Aunque la muerte de Michael eliminó la posibilidad de una amenaza directa, Susan explicó que las consecuencias emocionales de aquella noche permanecieron durante años. El miedo, la desconfianza y la necesidad de mantenerse alerta formaron parte de un proceso difícil de superar después de haber sido víctima de un intento de asesinato planificado por alguien en quien había confiado y amado durante gran parte de su vida.
Con el paso del tiempo, la mujer decidió transformar esa experiencia fatal en una oportunidad para ayudar a otras personas. Adoptó su apellido de soltera, Walters, y comenzó a participar en iniciativas de apoyo a víctimas y programas relacionados con la prevención de la violencia. Su objetivo nunca fue convertirse en un símbolo, sino utilizar su propia historia para orientar a personas que atravesaban situaciones similares.
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