
El veredicto demoró apenas unas horas, pero sus consecuencias atravesarían generaciones. El 14 de julio de 1921, un jurado del tribunal de Dedham, en Massachusetts, declaró culpables a dos inmigrantes italianos, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, por un doble asesinato cometido durante un robo. Para la Justicia estadounidense el caso parecía resuelto. Para millones de personas alrededor del mundo, en cambio, acababa de consumarse una condena dictada tanto por las pruebas presentadas como por el miedo, la xenofobia y la persecución política que dominaban a Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial.
Durante más de un siglo, el nombre de Sacco y Vanzetti quedó asociado a una pregunta que todavía divide a historiadores y juristas: ¿fueron realmente los autores del crimen o víctimas de uno de los procesos judiciales más cuestionados del siglo XX?
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Dos inmigrantes en busca de futuro
Nicola Sacco había nacido en 1891 en Torremaggiore, en la región italiana de Apulia. Emigró a Estados Unidos en 1908 siguiendo el camino de miles de italianos que buscaban escapar de la pobreza y construir una vida mejor al otro lado del Atlántico. Trabajó como zapatero en una fábrica de Massachusetts, se casó, tuvo un hijo y era considerado un empleado responsable y muy apreciado por sus compañeros.
Bartolomeo Vanzetti, dos años mayor, era de Villafalletto, Piamonte. Llegó a Estados Unidos también en busca de oportunidades, pero su vida fue mucho más dura. Desempeñó distintos trabajos precarios hasta convertirse en vendedor ambulante de pescado, recorriendo diariamente las calles de pequeñas ciudades de Nueva Inglaterra.
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Más allá de sus diferencias, ambos compartían una fuerte identificación con las ideas anarquistas, un movimiento que cuestionaba el poder del Estado y defendía profundas transformaciones sociales. Esa militancia sería determinante para su destino.
Por entonces Estados Unidos atravesaba uno de los períodos de mayor tensión política de su historia reciente. La Revolución Rusa de 1917 había despertado un enorme temor a la expansión del comunismo y de los movimientos revolucionarios. Huelgas, atentados con explosivos y protestas obreras alimentaban el clima de alarma.
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Ese período, conocido como el Primer Terror Rojo (First Red Scare), derivó en una intensa persecución contra sindicalistas, anarquistas, socialistas e inmigrantes, especialmente italianos y europeos del este. Miles de personas fueron detenidas o deportadas bajo la sospecha de representar una amenaza para el país. En ese contexto, ser extranjero, obrero y anarquista bastaba muchas veces para despertar la desconfianza de las autoridades.

El crimen de South Braintree
La tarde del 15 de abril de 1920, dos empleados de la fábrica de calzado Slater & Morrill transportaban la recaudación destinada al pago de salarios cuando fueron interceptados por varios hombres armados en South Braintree, Massachusetts. Los asaltantes dispararon a quemarropa y escaparon con más de 15.000 dólares. Frederick Parmenter, el encargado de llevar el dinero, y el guardia Alessandro Berardelli murieron poco después a causa de las heridas. El crimen conmocionó a toda la región y la presión para encontrar a los responsables fue inmediata.
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Durante varias semanas la investigación avanzó con escasos resultados. Pero el rumbo cambió cuando la policía comenzó a seguir la pista de un grupo de inmigrantes italianos vinculados al ambiente anarquista. El 5 de mayo de 1920, Sacco y Vanzetti fueron detenidos cuando viajaban en un tranvía. Ambos portaban armas de fuego y, al ser interrogados, dieron respuestas confusas sobre sus actividades. Más tarde explicaron que habían mentido por temor a que su militancia política los convirtiera en blanco de nuevas persecuciones. Aquella actitud alimentó aún más las sospechas de los investigadores.
El proceso comenzó en mayo de 1921 y estuvo presidido por el juez Webster Thayer, cuya imparcialidad fue cuestionada desde el principio. Diversos testigos afirmaron posteriormente haberlo escuchado realizar comentarios despectivos hacia los acusados por su condición de extranjeros y anarquistas. La fiscalía construyó su caso principalmente sobre testimonios presenciales y pericias balísticas que, incluso en ese momento, generaban dudas entre varios especialistas.
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La defensa presentó numerosos testigos que aseguraban que Sacco y Vanzetti se encontraban en otros lugares al momento del crimen. También cuestionó la identificación realizada por algunos testigos oculares, señalando contradicciones e inconsistencias. Sin embargo, el clima político parecía pesar tanto como las pruebas.
Durante el juicio, la condición de inmigrantes italianos y su militancia anarquista aparecieron reiteradamente en los interrogatorios, pese a que ninguna de esas circunstancias guardaba relación directa con el robo de South Braintree. Para muchos observadores, el proceso dejó de centrarse en un doble homicidio para convertirse en un examen sobre las ideas políticas de los acusados y sobre su lugar dentro de la sociedad estadounidense.
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A la silla eléctrica
Tras varias semanas de audiencias, el caso quedó en manos del jurado. El 14 de julio de 1921, los doce integrantes anunciaron su decisión. Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron declarados culpables de asesinato en primer grado. Pocos días después, el juez dictó la sentencia más severa prevista por la ley de Massachusetts: ambos morirían en la silla eléctrica.
La noticia provocó un inmediato impacto internacional. Mientras los fiscales celebraban el resultado del juicio, comenzaban a multiplicarse las voces que denunciaban que la condena había sido producto de los prejuicios y no de pruebas concluyentes. Lejos de terminar, la historia de Sacco y Vanzetti acababa de comenzar.
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La condena no puso fin al caso. Por el contrario, dio comienzo a una batalla judicial y política que se extendería durante seis años y convertiría a Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti en dos de los presos más famosos del mundo. Sus abogados presentaron sucesivas apelaciones argumentando que el juicio había estado plagado de irregularidades. Cuestionaron la actuación del juez Webster Thayer, denunciaron que varios testigos habían sido influenciados durante la investigación y sostuvieron que las pruebas balísticas no permitían establecer con certeza que las municiones halladas en la escena del crimen hubieran sido disparadas por el arma de Sacco.
Con el correr de los años aparecieron nuevos elementos que alimentaron aún más las dudas. En 1925, un delincuente portugués llamado Celestino Madeiros, condenado por otro asesinato, aseguró que Sacco y Vanzetti no habían participado en el asalto de South Braintree y atribuyó el crimen a una banda dedicada a cometer robos en la región. Sus declaraciones motivaron nuevos pedidos de revisión del proceso, pero los tribunales rechazaron reabrir el caso.
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La exigencia de otro juicio
Mientras tanto, el expediente había dejado de ser un asunto exclusivamente judicial para transformarse en un fenómeno político y social de alcance internacional. Intelectuales, científicos, artistas y dirigentes de distintos países comenzaron a reclamar un nuevo juicio. Entre quienes manifestaron públicamente sus dudas sobre la condena se encontraban el escritor Herbert George Wells, el filósofo Bertrand Russell y el físico Albert Einstein. También hubo pronunciamientos de sindicatos, organizaciones obreras y asociaciones de defensa de los derechos civiles.
En ciudades de Europa, América Latina y Estados Unidos se organizaron marchas, actos y campañas para pedir la liberación de los dos italianos. En París, Londres, Buenos Aires, Montevideo, Ciudad de México y Nueva York miles de personas salieron a las calles convencidas de que ambos habían sido condenados más por sus ideas políticas y su origen extranjero que por pruebas irrefutables.
El caso pasó a ocupar las portadas de los principales diarios del mundo. Sin embargo, ninguna de esas manifestaciones logró modificar la postura de la Justicia de Massachusetts. El juez Webster Thayer rechazó sistemáticamente los pedidos de otro debate, insistiendo en que el proceso había sido correcto. Sus decisiones fueron luego respaldadas por los tribunales superiores y, finalmente, por la Corte Suprema de Massachusetts.
En abril de 1927, el gobernador del estado, Alvan T. Fuller, creó una comisión especial para revisar el expediente antes de decidir si concedía un indulto o una conmutación de la pena. La expectativa fue enorme. Durante semanas se creyó que aún existía una posibilidad de salvarles la vida. Pero la comisión concluyó que no había razones suficientes para modificar la sentencia.

La ejecución pese a todo
El gobernador confirmó la condena. La ejecución quedó fijada para el 23 de agosto de 1927. Las horas previas estuvieron marcadas por una enorme tensión. Afuera de la prisión de Charlestown se reunieron manifestantes, periodistas y curiosos. En distintas ciudades del mundo volvieron a registrarse protestas, algunas de ellas violentas. Para millones de personas, Sacco y Vanzetti se habían convertido en el símbolo de todos los inmigrantes perseguidos y de quienes creían que la justicia había cedido ante el prejuicio.
Poco después de la medianoche, ambos fueron conducidos por separado hasta la cámara de ejecuciones. Nicola Sacco fue el primero en ocupar la silla eléctrica. Minutos más tarde llegó el turno de Bartolomeo Vanzetti. Los dos murieron con apenas unos minutos de diferencia. Tenían 36 y 39 años.
La noticia recorrió el planeta en pocas horas y provocó nuevas manifestaciones de indignación. En varias capitales hubo huelgas, enfrentamientos con la policía y ataques contra edificios oficiales estadounidenses. Pero ni siquiera la muerte consiguió cerrar definitivamente el caso.
Durante las décadas siguientes continuaron apareciendo investigaciones que cuestionaban el proceso. Algunos historiadores sostuvieron que Sacco probablemente pudo haber participado en el robo, mientras que la responsabilidad de Vanzetti resultaba mucho más difícil de sostener. Otros especialistas concluyeron que ambos habían sido víctimas de una investigación condicionada por el clima de intolerancia política de la época.
Lo cierto es que, más allá de las distintas interpretaciones, existe un amplio consenso entre los expertos en que el juicio estuvo profundamente afectado por prejuicios contra los inmigrantes italianos y por la persecución a los militantes anarquistas que caracterizó al llamado Primer Terror Rojo. Ese reconocimiento llegó oficialmente medio siglo más tarde.
El 23 de agosto de 1977, exactamente cincuenta años después de la ejecución, el gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis, firmó una proclamación en la que reconoció que Sacco y Vanzetti no habían recibido un juicio justo y que el proceso había estado influido por la discriminación y la intolerancia.
La declaración no anuló la condena ni los declaró inocentes desde el punto de vista jurídico, pero constituyó una reparación moral de enorme importancia. Dukakis sostuvo que debía eliminarse para siempre cualquier estigma asociado a sus nombres y admitió que las dudas sobre el proceso eran incompatibles con los principios de una Justicia imparcial.
Con el paso del tiempo, el caso trascendió el ámbito de los tribunales para instalarse en la cultura popular. Inspiró novelas, obras de teatro, investigaciones académicas, películas y canciones, convirtiéndose en uno de los ejemplos más citados cuando se habla de errores judiciales y de procesos contaminados por el prejuicio.
Más de un siglo después del veredicto pronunciado aquel 14 de julio de 1921, la historia de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti sigue interpelando a la sociedad. No solo por la duda sobre quiénes cometieron realmente el crimen de South Braintree, sino porque recordó hasta qué punto el miedo, la xenofobia y las convicciones políticas pueden influir en la búsqueda de justicia.
Para los tribunales de su tiempo fueron dos asesinos condenados a muerte. Para millones de personas en todo el mundo terminaron representando algo mucho más grande: el riesgo de que una sentencia sea dictada antes por los prejuicios que por las pruebas. Y esa es, quizá, la razón por la que sus nombres siguen vivos más de cien años después, convertidos en un recordatorio permanente de que la justicia solo puede llamarse así cuando es verdaderamente imparcial.
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