
La primera vez que hablaron por teléfono, Rafi le preguntó a los dos minutos de conversación de dónde era ese acento. El otro le dijo que se llamaba Asher. “¿Asher? ¿Y ese nombre?", preguntó Rafi. No era lo que parecía, respondió él. Era árabe. Y entonces aclaró: “No me llamo Asher. Me llamo Ashraf.”
Esos dos minutos de malentendido contenían, en miniatura, todo lo que vendría después: dos hombres de mundos distintos que se encontrarían en una aplicación de citas gay en 2008, que construirían una vida juntos en Haifa, que se casarían en Copenhague y que hoy —con una perra rescatada corriendo por el departamento y música de Umm Kulthum mezclada con Pet Shop Boys— dirían, sin dudarlo, que el amor está por encima de todo.
PUBLICIDAD
Según detalla la entrevista de Fuente Latina, Rafi Eppler-Hattib es gerontólogo, doctor en gerontología y presidente de una asociación que trabaja con personas mayores de la comunidad LGBTQ+. Fue también, en los años noventa, el primer periodista israelí que salió públicamente del clóset escribiendo una columna sobre la comunidad gay. Lo que él llama “un acto político”.
Ashraf Hattib-Eppler es peluquero especializado en mujeres con cáncer: las acompaña durante los tratamientos, les toma el cabello cuando se cae, les hace pelucas, y las sigue hasta que el pelo vuelve a crecer. “Me interesó porque ayuda a personas con problemas”, dice simplemente.
PUBLICIDAD
Se conocieron en Atraf, una aplicación de citas muy popular entre hombres gay de Israel. Ashraf no tenía foto en el perfil —“no sabía bien cómo usar eso”— y Rafi sí. Pero algo pasó. Pasaron al teléfono rápido. Y en esa primera llamada, cuando Rafi descubrió que el acento que escuchaba no era de ningún argentino sino de un árabe israelí que se llamaba Ashraf y que vivía en Kabbieh —una pequeña localidad conservadora en las afueras de Haifa—, algo hizo clic.

“Lo que me deslumbró de Ashraf cuando lo fui a conocer por primera vez es que vivía una vida completamente fuera del clóset”, cuenta Rafi. “Todos sabían quién era, incluyendo su familia. Tenía un hijo y lo estaba criando solo. Era alguien con quien podía construir una familia real.”
PUBLICIDAD
Eso era raro. Muy raro. “Los chicos árabes que yo había conocido antes no podían construir nada porque vivían su homosexualidad en secreto. Con Ashraf, desde el primer momento me dije: esto es posible."
Ashraf creció en Kabbieh, un barrio de Haifa que existe desde antes de la fundación del Estado de Israel y que es hogar de la comunidad ahmadiyya, una rama del islam conocida por su vocación de paz y su rechazo al yihad.
PUBLICIDAD
Estuvo casado con una colega peluquera de su pueblo. De ese matrimonio nació Moran. Cuando Moran tenía cinco años, Ashraf quedó a cargo de su crianza. Solo. “Siempre soñé con casarme con un hombre”, dice hoy. “Eso se cumplió con Rafi.”
Rafi, hijo de sobrevivientes del Holocausto —su madre era de Rumania y Hungría—, creció en Kiryat Motzkin sin saber siquiera que existía una palabra para lo que sentía.
PUBLICIDAD
“En los años sesenta y setenta no existía la palabra ‘homosexual’ donde yo vivía. No tenía forma de ponerle nombre a lo que me pasaba. Pensaba que era el único en el mundo. Y sufrí muchísimo, por dentro, en silencio.”
Se casó con una mujer. La quería. Pero no era su lugar. Lo supo definitivamente una tarde en que, escondido en el baño de su casa con el diario, encontró un aviso de un hombre que buscaba a otro hombre. Con una casilla de correo. Le mandó una carta. Esperó. El hombre lo llamó. Y Rafi entendió que su vida no podía seguir siendo la que era.
PUBLICIDAD
La separación fue difícil para ambos. “Para ella fue duro. Para mí también. Pero era lo que era. Por suerte hoy ella está casada, tiene hijos, todo bien.”
Después de diez años juntos, Rafi y Ashraf decidieron casarse. Vieron a amigos que se casaban en distintos países y dijeron: nosotros también queremos. Viajaron a Copenhague. Se casaron. Subieron la foto a Facebook.
PUBLICIDAD
Y la familia de Ashraf dejó de hablarle durante tres años.
“Sabían todo. Sabían de nuestra relación, habían venido a comer a casa, las madres se conocían y se querían. Pero saber es una cosa y verlo publicado es otra. No se habla”, dice Rafi. Ashraf asiente en silencio.
PUBLICIDAD
El hermano mayor de Ashraf, que había sido el más abierto y los había invitado a comer tantas veces, también cortó el vínculo. Tres años sin hablar.
Hoy esa grieta está cerrada. La familia retomó el contacto. Las cosas no son perfectas —hay temas que se rozan sin nombrarse— pero están juntos. Las madres de ambos llegaron a conocerse y quererse antes de que cada una falleciera. Se visitaban. Compartían mesas. “Era familia”, dice Rafi.
Moran, el hijo
Cuando Rafi llegó a la vida de Ashraf, Moran tenía cinco años. Hoy tiene 25 y está terminando su cuarto año en el Colegio de la Comunidad Ahmadiyya en Toronto, donde estudia para convertirse en imán.
“Cuando me lo dijo, me opuse. Tenía 21 años y me anunció que eso era lo que quería. Me costó meses aceptarlo.”
Fue a terapia. El terapeuta le preguntó si prefería la vida que Moran tenía antes o la que tenía ahora. Y Moran le dijo algo que Ashraf repite despacio: “Papá, yo te acepto como sos. Vos tenés que aceptarme como soy yo.”
“Le di la razón”, dice Ashraf.
Los imanes de la comunidad ahmadiyya no son fundamentalistas. “Cuando están en funciones usan la ropa religiosa. Cuando no, se visten como vos y yo. Se casan. Es un rol espiritual y comunitario, como debería ser en cualquier religión”, explica Rafi.
El departamento de Rafi y Ashraf en Haifa es un objeto cultural en sí mismo. La estructura —paredes, pisos, mármol— la diseñó Rafi con una arquitecta. El alma —los retratos, los aparadores, los muebles— es Ashraf. “Todo lo que ves acá es él”, dice Rafi señalando alrededor.
La perra se llama Toy y llegó pocas semanas después del brutal ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023. Alguien estaba dando en adopción perros rescatados del sur. Rafi entró a Facebook, vio el aviso, y sin pensarlo mucho la trajo a casa. “Llegó chiquitísima, aterrada, temblando entera.” Hoy corretea por el departamento y besa a sus dueños sin discriminar.
En el departamento suena música árabe —Umm Kulthum, que pone Ashraf— y Pet Shop Boys —que pone Rafi. “Deberían haber hecho una canción juntos”, dice Rafi. “Hubiera sido perfecta.”
Hacen el Séder de Pésaj en casa e invitan a la familia de Ashraf. Judíos y árabes alrededor de la misma mesa, en Haifa, que es exactamente eso: una ciudad donde conviven comunidades que en otros lados no se tocan. “Es complicado pero es lo que tiene que ser. La vida tiene que ser interesante, no aburrida.”
“No puedo imaginar mi vida sin él”
Rafi es el que habla más. Ashraf interrumpe menos, pero cuando lo hace, es preciso. Cuando le preguntan cómo fue su relación con su ex esposa, responde: “Muy atrás, muy lejos. No era yo. Hacía lo que la sociedad me pedía. No era auténtico.”
Llevan casi veinte años juntos. Compraron el departamento después de que murió la madre de Ashraf. Lo decoraron peleando —“el lavarropas en la cocina, te digo”— y amándose. Criaron a Moran. Se casaron en el norte de Europa porque querían el papel que los uniera legalmente. Rescataron una perra. Y siguen.
“La vida en pareja es un desafío que no tiene fin”, dice Rafi y agrega: “No puedo imaginar mi vida sin él”
“Estoy de acuerdo con él”, dice Ashraf.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
El ritual de los pañuelos con su sudor y la promesa del regreso que no cumplió: crónica del último concierto de Elvis Presley
El 26 de junio de 1977, el artista cantó en el Market Square Arena de Indianápolis ante una multitud. El agotamiento de su cuerpo quedó de lado ante la intensidad de su voz y el magnetismo de su mirada

Toneladas de materiales, 600 extras impensados, un embarazo y la intoxicación del propio Chaplin: el rodaje de “La quimera del oro”
Hace más de un siglo el comediante creó la película por la que más deseaba ser recordado. Los desafíos de producción, los enredos amorosos que lo obligaron a cambiar de protagonista y a editar escenas y las críticas que recibió por la trama que parodiaba el sueño americano

El día que flameó por primera vez el arcoíris, la bandera que nació como resistencia y visibilidad de la comunidad gay y lesbiana
Ideada por el artista y activista Gilbert Baker, nació en San Francisco con el objetivo de sepultar la estigmatización del triángulo rosa y darle al movimiento un código de luz, unión y esperanza que atravesó el mundo

Comió bicicletas, televisores y hasta una avioneta: el extraño talento del hombre que construyó una carrera deglutiendo objetos
Michel Lotito nació en Grenoble en 1950 y convirtió un accidente adolescente en un show internacional. El apodo que le pusieron, “el señor que come todo”, define las cualidades que le merecieron una placa de los Guinness World Records



