
Rodney Wilkinson tenía 21 años cuando era el mejor esgrimista de Sudáfrica. A los 33, introdujo cuatro bombas en la única central nuclear del país, las activó y salió pedaleando en bicicleta. Cuatro décadas después, vive en un pequeño pueblo costero donde casi nadie sabe quién es ni lo que hizo, según documentó el periódico británico The Guardian.
De acuerdo con el artículo, Wilkinson era campeón nacional de florete y sable, y subcampeón en espada. Había realizado giras por Europa y Argentina, pero el régimen del apartheid le impidió competir en los Juegos Olímpicos por el veto internacional que pesaba sobre Sudáfrica. Esa exclusión fue solo una de las muchas consecuencias del sistema que moldearían su vida.
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En agosto de 1971, durante un entrenamiento en la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo, el florete de Wilkinson se rompió y la punta de acero atravesó el pecho de su entrenador, Vincent Bonfil, un joven británico de 25 años. Murió de camino al hospital. Un magistrado dictaminó que fue un accidente. La madre de Bonfil viajó desde Inglaterra y le dijo a Wilkinson que lo consideraba su hijo. El episodio lo marcó para siempre. “Mal”, respondió cuando le preguntaron cómo le había afectado. Entonces dejó de hablar.
El paso de soldado a saboteador
Como todos los hombres blancos sudafricanos de su generación, Wilkinson fue reclutado a los 18 años. Intentó fugarse. Las Fuerzas de Defensa de Sudáfrica lo obligaron a regresar y en 1976 lo enviaron a Angola, donde Sudáfrica libraba una guerra que el régimen negaba estar librando. Los soldados morían y sus muertes se informaban como accidentes de tráfico. Wilkinson retrasaba mensajes codificados hasta que resultaban inútiles. Su resistencia silenciosa al régimen comenzaba a tomar forma.
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Tras el ejército, se mudó a una comuna en Ciudad del Cabo, donde conoció a Heather Gray, quien se convertiría en su socia operativa y más tarde en su esposa. Años antes, mientras trabajaba como dibujante técnico en la central nuclear de Koeberg, aún en fase de planificación, Wilkinson había robado un voluminoso catálogo de planos de 200 páginas que detallaba la distribución completa de la instalación. Lo hizo con la complicidad silenciosa de un dibujante negro de la oficina. Wilkinson explicó al diario británico que tenía una buena relación laboral con él porque no lo trataba como a un subordinado.
El golpe en la central nuclear de Koeberg
A finales de 1980, Wilkinson y Gray cruzaron la frontera hacia Zimbabue con los planos robados, sin formación política ni contactos en el ANC. Fueron detectados por la inteligencia zimbabuense y eventualmente conectados con Mac Maharaj, un veterano del movimiento antiapartheid que había pasado 12 años en Robben Island junto a Mandela y que fue quien sacó clandestinamente el manuscrito de la autobiografía del líder sudafricano.
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De acuerdo con el portal, Maharaj vio en Wilkinson a alguien sin antecedentes políticos, con acceso previo a Koeberg y con la fortaleza mental de un atleta de élite. Los planos fueron analizados por científicos nucleares de la Unión Soviética y Gran Bretaña: eran auténticos.
En julio de 1982, Wilkinson obtuvo mediante labia un contrato de ingeniería a corto plazo en Koeberg, con pase de acceso para su Renault 5 amarillo. Durante cinco meses se reunió con el comandante de campo Aboobaker Ismail, alias Rashid, en Suazilandia, comunicándose mediante telegramas disfrazados de apuestas hípicas. Cada número correspondía a una ubicación dentro de la planta.
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Las cuatro minas lapa, suministradas por la inteligencia soviética y modificadas con termita —una mezcla incendiaria que arde a 2.200 grados Celsius y que se intensifica con el agua—, tenían cada una un fusible de 24 horas. Al quitar el pasador, el mecanismo iniciaba una cuenta regresiva silenciosa, o detonaba de inmediato en la mano del operador. No había resultado intermedio.
El viernes 17 de diciembre de 1982, entre las 10:30 y las 11:30 de la mañana, Wilkinson colocó los cuatro dispositivos en sus posiciones: uno en cada cabeza de reactor y otro escondido en el cableado bajo cada sala de control. Pasó los controles de seguridad con los explosivos ocultos bajo la camisa. Los perros no se movieron. Los guardias tampoco notaron nada. Cerca de las cinco de la tarde, se despidió de sus compañeros con unas copas. Les dijo que viajaba a Londres a ver a su novia. Nadie sospechó nada.
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Quitó los cuatro pasadores. Cuatro veces se paró junto a un explosivo activo, tiró del pasador, le dio la espalda y salió de la habitación. Cuatro veces el mecanismo resistió. Koeberg dejó el lugar en bicicleta.
La primera mina detonó a las 15:23 del sábado 18 de diciembre. La segunda, a las 20:40. La tercera, a las 23:24. La cuarta, a las 2:53 de la madrugada del domingo. Cuatro explosiones en 12 horas. Nadie resultó herido. Los daños ascendieron a 500 millones de rands (aproximadamente USD 500 millones al valor de 1982). El proyecto se retrasó 18 meses. La noticia apareció en la portada del diario estadounidense The New York Times bajo el titular Bombas dañan planta atómica en Sudáfrica.
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Wilkinson, que ya había cruzado la frontera hacia Suazilandia la noche anterior, se enteró de las explosiones en Maputo, donde Rashid lo recibió con whisky y pescado soviético. Días después fue llevado a conocer a Oliver Tambo, el presidente del ANC en el exilio. Tambo lo miró con sorpresa, lo abrazó y ambos lloraron.
Las consecuencias y el anonimato de Wilkinson
La identidad de Wilkinson como autor del sabotaje permaneció en secreto durante 13 años, hasta que en diciembre de 1995 el periódico sudafricano Mail & Guardian lo identificó por su nombre. El aparato de seguridad más paranoico del continente nunca lo había sospechado: trabajaba para las empresas constructoras y los operadores de las salas de control jamás se habían cruzado con él.
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Hoy tiene 76 años y vive en Knysna, un pequeño pueblo costero a seis horas de Ciudad del Cabo. Sus pulmones están marcados por la tuberculosis. Toca música kwela con el silbato, el mismo género que un músico negro llamado Spokes Mashiyane popularizó en las calles de Johannesburgo donde Wilkinson creció. La mayoría de sus vecinos no sabe quién es ni lo que hizo. Lleva décadas así, con el perfil más bajo posible, en el mismo pueblo donde casi nadie recuerda que una vez un hombre en bicicleta sacudió los cimientos del apartheid.
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