
¿Qué pasa exactamente en el cerebro de una persona cuando el cuerpo se debate en esa desconocida frontera que separa la vida y la muerte? ¿Qué podría hacer que el alma de alguien decidiera quedarse en un territorio u otro? ¿Qué significa haber transitado brevemente por la geografía que rodea al fin de la existencia?
Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) es algo de lo que muchos hablan despertando en otros una pizca de incredulidad. Según Raymond Moody, médico, psiquiatra y filósofo norteamericano y uno de los que más han estudiado este tema, entre un cuatro y un diez por ciento de la población norteamericana y europea afirma haber tenido un ECM. Un paper de la prestigiosa e influyente revista médica británica, The Lancet, asegura que la cifra se acerca más al diez por ciento. Si extrapoláramos este dato a la población mundial actual podríamos estar hablando de un máximo de 830 millones de personas. Una cifra impactante que incluiría a todos aquellos que pispearon del otro lado por unos momentos para volver a los latidos terrenales.
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Si bien Moody no asegura que esas vivencias prueben que exista vida después de la muerte, sostiene que son demasiado consistentes como para ignorarlas y que siempre tienen un impacto profundo en aquellos que las transitan.
La mayoría de los que han pasado por ECM hablan de sensaciones placenteras, de intensa serenidad, de calor, de luz, de calma sin dolor, revisiones de sus vidas, de claridad, de presencias conscientes y de un punto después del cual no hay retorno posible. La mayoría son positivas (no la totalidad) y no cambian demasiado entre una cultura u otra.
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Hay registros de ECM desde antes de Jesucristo, por ejemplo en los textos de Platón. En La República, el filósofo cuenta la historia de Er, un soldado que muere en la batalla, pero que vuelve a la vida y relata lo que vio “del otro lado”.
Durante cientos de años estas vivencias quedaron arrinconadas en la comarca de lo que denominamos espiritualidad. Sin embargo, ahora han pasado al mundo de las revistas científicas y de sus laureados artículos e investigaciones. Si bien muchos estudiosos explican que la falta de oxígeno puede alterar la actividad visual y hacer perder la normal percepción del cuerpo, que el cerebro en esos instantes presenta una hiperactividad cerebral anómala y que se liberan químicos como las endorfinas que podrían explicar el fenómeno, otros creen que la cuestión podría no ser solo física.
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La neurocientífica Charlotte Martial, de la Universidad de Lieja, afirma que ya nadie cuestiona estas experiencias: el debate no es si ocurren o no sino más bien versa sobre el poder explicar qué significa. Según la investigadora Jimo Borjigin, el cerebro enciende en sus últimos segundos zonas que producen lo que los pacientes describen. Hay, sin embargo, muchas cosas que todavía no pueden explicarse y eso es lo que enciende la polémica. También están, en minoría clara, los que se aferran a que estas ECM serían la prueba de que la conciencia continúa luego de la desaparición de nuestros huesos.
Un poco de todo esto trata la historia de Anita Moorjani una mujer que llegó agonizando al hospital llena de tumores del tamaño de limones y anduvo, por muchas horas, por ese desfiladero que separa la vida de la muerte. El verdadero abismo desconocido al que tuvo la oportunidad de asomarse para regresar.
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Una chica india con una vida occidental
Anita Moorjani nació el 16 de marzo de 1959 en Singapur. Su familia de origen indio estaba compuesta por su padre Hargobind Shamdasani, su madre Neelu y su hermano Anoop. Poco después de su nacimiento se trasladaron a Sri Lanka y, luego, a Hong Kong donde los chicos pasaron su infancia y adolescencia. Anoop y Anita fueron educados en un tradicional colegio británico y crecieron marcados por la dualidad cultural. Sus vidas hacían equilibrio entre los valores tradicionales de la familia y el entorno social occidentalizado. Hablaban sindhi, cantonés e inglés al mismo tiempo. Coexistían como podían con normas y valores, muchas veces, contrapuestos. Anita dice que durante la adolescencia “siempre estaba tratando de ser lo que los demás querían que fuera”. Sentía que no encajaba en el modelo que tenían sus padres. Quería estudiar fotografía, viajar por el mundo, casarse con quien le diera la gana. Pero resulta que sus padres habían arreglado para ella un casamiento, como se hace en la India, y ella no podía soportar la idea. Unos días antes de que tuviera lugar la boda, Anita se animó y escapó.
La familia quedó sumida en la vergüenza y durante mucho tiempo ella fue rechazada por la estricta comunidad india de Hong Kong. Su madre la apoyó, pero a su padre le costó más aceptar la decisión de su hija rebelde.
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Cuando las cosas se calmaron Anita consiguió trabajo en una empresa de moda francesa y eso le permitió empezar a viajar como había soñado. Terminó siendo gerente y fue en su empleo que conoció a un hombre indio como ella, Danny Moorjani. Se enamoraron y en diciembre de 1995 se casaron y ella tomó su apellido. Había conseguido ser libre y contentar con su amor a todos porque, al fin y al cabo, había elegido alguien de su mismo origen.
Un día de 2002, cuando tenía 42 años, Anita se encontró un extraño bulto en el cuello. Pidió un turno con el médico. Después de varios estudios el diagnóstico fue aterrador: linfoma de Hodgkin, en estadío 2A. En otras palabras: era el cáncer caminando por su sistema linfático. “Mi mundo se vino abajo cuando me diagnosticaron…”, aseguró años después cuando volcó lo vivido en un libro.
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La enfermedad avanza implacable
Durante la primera etapa de la enfermedad Anita optó por evitar los tratamientos médicos agresivos y se enfocó en terapias alternativas porque “tenía tanto miedo de esos procesos como de la enfermedad”, confesó en una entrevista.
Fueron dos los hechos trágicos que influyeron en su terminante decisión. Por un lado, un tiempo antes, un cuñado de su misma edad había muerto de cáncer después de haberse sometido a los tratamientos más encarnizados y modernos. Por otro, su íntima amiga de toda la vida, Soni, estaba batallando contra la misma enfermedad en las mejores instituciones. Ella finalmente sucumbió en 2003, un poco después de que Anita tuviera la noticia que su linfoma. Anita sabía que no quería pasar lo que ellos habían atravesado. En contra de todas las opiniones decidió esquivar las terapias convencionales. Decidió comenzar con un programa naturopático (un enfoque holístico de la salud que busca estimular la capacidad curativa innata que tienen los organismos y que toma a la persona como un todo que une lo físico y lo emocional) en Hong Kong. Luego, viajó a la India para practicar yoga.
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Anita sintió que iba mejorando, pero no era así.
Nada de lo que hacía estaba frenando el progreso implacable de su enfermedad. Las células seguían su reproducción enloquecida y los tumores fueron creciendo descontroladamente. En 2005 ya podían verse a simple vista en varias partes de su cuerpo. Bultos enormes que estaban en la base de su cráneo, debajo de sus brazos, en los senos, en el abdomen. Por todos lados. Para colmo sufría de una debilidad extrema que limitaba su capacidad física.
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El deterioro era evidente: tenía dificultad para caminar, agotamiento extremo y empezó a depender cada vez más de otras personas para su vida cotidiana.
Cuando en enero de 2006 cayó en el hospital de Hong Kong, estaba en estado crítico. Pesaba solamente 38 kilos. Quedó internada en terapia intensiva.
Los médicos le explicaron a su familia que había postergado demasiado a la medicina convencional y acudido “muy tarde” para que pudieran salvarle la vida: el linfoma ya se había extendido por todo su cuerpo. Había hecho metástasis en ganglios, huesos, hígado. Todos sus órganos fallaban.
A su marido le anunciaron, sin anestesia, que el estado de Anita era terminal. Ella era consciente de que estaba muriendo: “Mi cuerpo se estaba apagando y yo lo sabía”.
Le indujeron el coma el 2 de febrero de 2006, algo que se prolongó durante 30 horas. En ese tiempo Danny firmó los papeles necesarios para que le administraran quimioterapia como el último recurso. Antes de pasársela, el médico tuvo que drenar sus pulmones llenos de líquido.
En ese tiempo que estuvo en coma profundo, ella contaría después, escuchó la conversación de su marido con el médico que la atendía. Lo curioso fue que ella reprodujo con exactitud la charla que ocurrió en la sala de enfermería, ubicada a doce metros de distancia de su cama. También reveló que, durante el coma, de alguna manera fue consciente de que su hermano estaba en la India intentando tomar un avión para llegar a tiempo para despedirla. Ella pensó que tenía que darle tiempo a llegar, no podía morir todavía.

Era extraño pero su experiencia cercana a la muerte le hacía percibir todo lo que ocurría en el entorno hospitalario. Aseguró que tenía un estado de “claridad total. Todo tenía sentido” y que “ya no me sentía limitada por mi cuerpo físico”.
Describió la situación como una vivencia sin ningún tipo de miedo, sin dolor y con comprensión absoluta de los sucesos. En el libro que escribió años después, reveló haber percibido la presencia de su padre fallecido, pero no de una forma física sino como algo consciente: “Todo lo que sentía era amor, un amor incondicional. (...) Me di cuenta de que había vivido con miedo toda mi vida. Entendí que ser yo misma era suficiente”.
Durante la ECM conectó también con su amiga Soni que había muerto de cáncer. Tenía culpa porque, a pesar de que sabía que ella había querido verla, no lo había hecho. Tenía demasiado con su propia dolencia recién diagnosticada. Sin embargo, Soni la animaba a volver a la vida sin temores. Anita estaba tan asustada con la enfermedad que, al comienzo, no pensó en regresar a la vida. Pero luego vio su cuerpo físico muriendo y a los médicos hablando con su familia sobre el fallo multiorgánico. Fue entonces que intervino su padre fallecido y le advirtió: “Hasta aquí puedes llegar querida. Si vas más allá, ya no podrás regresar”. Además, pudo observar escenas del futuro donde ella hablaba ante mucha gente. En un momento determinado su padre y Soni le comunican con suma claridad: “Ahora que conocés la verdad de quién realmente eres, regresa y vive tu vida sin miedo”.
Admite que “podía elegir regresar o no, pero si volvía, mi cuerpo sanaría”. Le quedó claro que volvería curada y por ello decidió regresar.
Abrió los ojos físicos. Escuchó a su familia muy contenta de verla reaccionar. Eran las cuatro de la tarde del 3 de febrero. Ahí estaba Danny, que se inclinaba borroso sobre ella: “¡Está de vuelta!”, exclamó sonriente su marido.
Pero la Anita que despertó era muy distinta a la Anita que había entrado al coma.
En las 24 horas que siguieron a su despertar, su cuerpo comenzó a funcionar a pesar de que sus órganos habían estado en un apagón total.
El 4 de febrero la extubaron. Contra todo pronóstico de los especialistas, en cuatro días sus tumores se redujeron en un 70 por ciento. La pasaron a una sala normal del hospital. A simple vista ya no se observaban los tumores.
Ella le repetía a su anonadada familia: iba a estar bien. Había vuelto para quedarse y sana.
Nadie le creía demasiado.

Sin rastros de cáncer
A las tres semanas de haber despertado tres médicos muy serios entraron a su habitación en la que estaban su madre Neelu, su hermano y su marido. La familia se dispuso con temor a escuchar a esos profesionales de mirada escrutadora.
Lo que dijeron los médicos desconcertados los dejó a ellos igual de pasmados: ya no había rastro de cáncer en ninguna de las pruebas que le habían hecho. Nada en la biopsia de ganglios, nada en la médula ósea, nada de nada. Los profesionales admitieron que no sabían cómo seguir, qué medicamentos darle mientras sostenían: “No es posible que el cáncer desaparezca así… Está en algún lugar, solo tenemos que encontrarlo”.
Pero no. No estaba.
En cinco semanas todos los tumores habían remitido y la dieron de alta del hospital. Su cáncer había entrado en lo que se llama remisión total.
Aun así, por las dudas, le siguieron dando quimioterapia durante seis meses más.
El 9 de marzo de 2006 es el día que Anita Moorjani considera el inicio de su nueva vida libre de cáncer. Y, sobre todo, independizada de los miedos que tanto la habían acorralado. Eso sí, tuvo que hacer fisioterapia para recuperar su capacidad muscular y fortalecer sus debilitadas piernas.
Una vez recuperada, Anita Moorjani sintió que tenía que contar todo lo que le había pasado durante esa experiencia tan cercana con la muerte. Escribió cada sensación y todo lo envió al sitio web del oncólogo Jeffrey Long, quien con su mujer Jody Long manejaba la organización Near Death Experience Research Foundation (Fundación para la Investigación de Experiencias Cercanas a la Muerte). Su caso despertó interés. Atrajo la atención del autor norteamericano Wayne Dyer, quien se contactó con sus editores para contarles esta historia que, a su juicio, merecía un libro. Compraron la idea. En marzo de 2012 el libro de Anita fue publicado con el título: Morir para ser yo. En solo dos semanas del lanzamiento el libro entró a la lista de los más vendidos del The New York Times. Ella comenzó a ser entrevistada por todos los medios de prensa, desde la CNN hasta los canales del National Geographic. El libro terminó vendiendo un millón de copias y fue traducido a cuarenta idiomas.
Pero el éxito editorial no alcanzó para convencer a los especialistas: el caso era considerado altamente inusual por la rapidez de la recuperación que había experimentado esta paciente. Si bien la remisión espontánea es algo que existe y que está documentado, no hay consenso científico sobre la causa de una tan veloz y radical.
La interpretación personal que hizo la misma Anita de su caso fue que su miedo a la existencia debilitaba su organismo y que en la ECM ella perdió los temores lo que le permitió recuperar la salud y vencer la enfermedad. Para ella su recuperación estaría vinculada a un cambio profundo de conciencia.
Su visión y su voz se impusieron en las conferencias internacionales. Su mensaje central era una filosofía de vida sin miedos, con autenticidad y mucho amor propio.

Polémicas y discusiones no cerradas
Desde el principio hubo polémicas alrededor de su potente caso.
El doctor T. K. Chan (hematólogo/oncólogo de Hong Kong), uno de los médicos que participó en su tratamiento, no consideró el caso milagroso, sino simplemente como algo médicamente posible: “Con el linfoma, nunca es demasiado tarde (...) La enfermedad de Hodgkin es bastante curable y puede responder de forma dramática al tratamiento”.
El doctor Peter Ko (oncólogo que viajó desde los Estados Unidos para revisar el caso luego de lo ocurrido) sostuvo: “Nunca he visto que funcione así (...) La quimioterapia (la que se le aplicó en su fase final) no podría explicar una recuperación tan rápida”. Para Ko el caso es muy poco usual y no se explica completamente desde la medicina convencional. Su conclusión fue que “la mente o el cuerpo enviaron un mensaje a las células cancerosas para apagar los genes mutados”. Creer o reventar, dirían algunos.
Para los científicos más conservadores las experiencias cercanas a la muerte pueden explicarse por la actividad cerebral en situaciones críticas y no constituyen evidencia de conciencia fuera del cuerpo. El cerebro bajo estrés extremo puede vivirlas.
Es más, algunos críticos del caso de Anita consideran que su mensaje es un poco problemático porque sería como una “curación por pensamiento”. Peter Allmark de la Universidad Sheffield Hallam, coautor del paper “Una crítica del Pensamiento Positivo en los cuidados del cáncer” (2011), denuncia el “pensamiento positivo” como pura charlatanería. Su crítica apunta por sobre todo a que si la gente escucha que la enfermedad viene del miedo o de la falta de amor propio, puede abandonar tratamientos reales y efectivos y eso podría terminar matando a mucha gente.
Hay una enfermera de terapia intensiva que critica de manera anónima el caso y marca algunas contradicciones entre el libro y el sitio web de Anita. Por ejemplo: en el libro sostiene que el linfoma era grado 2A y en el sitio se menciona el grado 1A. El sistema de graduación del linfoma de Hodgkin tiene cuatro etapas. La A o B indica si hay síntomas y el número indica la zona: el 1A dice que el cáncer se encuentra limitado a una sola región de los ganglios linfáticos y sin síntomas sistémicos, donde es más localizable y tratable; el estadio 2A es cuando el cáncer está en dos o más regiones de ganglios pero sigue siendo curable con tasas de remisión de alrededor del 85 por ciento.

Pero ninguno de los dos estadios parece corresponder al pésimo estado en el que ella se encontraba cuando entró a terapia y la pusieron en coma. Los registros médicos describen tumores del tamaño de limones con metástasis ósea y fallo multiorgánico. Esto genera dudas en algunos especialistas. El grado debería haber sido el 4B que indica que el cáncer se ha diseminado y la B refiere a los síntomas. En este punto, cuando ella llega a la internación tan comprometida, la quimioterapia debería haber sido más tóxica que curativa. Esto sostiene Peter Ko. En cambio, el doctor Chan argumenta que el Hodgkin responde bien al tratamiento en cualquier estado de deterioro de la persona.
La discusión es interesante, pero no llegó a ningún puerto.
¿Cuál sería la causa de la curación según los médicos más escépticos? La remisión podría explicarse por una respuesta tardía al tratamiento, por la variabilidad del linfoma y, también, por factores biológicos no comprendidos.
La polémica quedó instalada. ¿Pueden los pensamientos positivos curar un cáncer? ¿Pueden las emociones bloquear o destrabar el sistema de defensa de nuestro organismo? Ese es el meollo de la cuestión que plantea un caso como este. Darlo por cierto podría desalentar terapias médicas efectivas y probadas y que salvan vidas. Pero ¿se puede negar de manera tajante que lo emocional influya en la curación?
Ningún investigador serio afirma que el pensamiento positivo cure el cáncer, pero lo que sí sostienen -y con evidencia sólida- es que el estado emocional moldea el sistema inmunológico de los pacientes y que eso puede influir en el curso de la enfermedad.
En 1975 el psicólogo Robert Ader, cofundador de la psiconeuroinmunología junto con el inmunólogo Nicholas Cohen, demostraron que las respuestas inmunes del organismo podrían ser condicionadas mediante algunas técnicas. Si bien su teoría despertó burlas en su época, lo cierto es que hoy esas técnicas se aplican y estudian en muchas especialidades médicas. Ader demostró que el cerebro y el sistema inmune se comunican de manera bidireccional, es decir, no son sistemas separados.
Por otro lado el doctor David Spiegel, psiquiatra de Stanford realizó en 1989 un estudio con 86 mujeres con cáncer de mama en estadio avanzado. La mitad tuvo sesiones semanales donde compartían su experiencia con otras pacientes. Notablemente esa mitad sobrevivió a aquellas que no las tuvieron. Lamentablemente, no pudo replicar esos buenos resultados en un estudio posterior que llevó a cabo en 2007.
Para Candace Pert, farmacóloga de Georgetown University y que dedicó su carrera a estudiar los neuropéptidos, sostuvo en sus investigaciones que el sistema nervioso, el endocrino y el inmune están interconectados a lo largo de todo el cuerpo.
Muchos tratamientos actuales, en algunos tipos de cánceres, son con inmunoterapia. Y resultan exitosos.
Por todo esto no se puede negar que la variables psicosociales y lo emotivo pueden influir en el desarrollo y la progresión de algunos cánceres.
En Argentina la inmunoterapia se utiliza en melanomas metastásicos y en algunos de pulmón.
En 2018 James Allison y Tasuku Honjo recibieron el Nobel de Medicina por sus descubrimientos sobre la regulación del sistema inmunitario en el tratamiento del cáncer. Nada menos.

El pensamiento positivo en la mira
Anita Moorjani tiene hoy 67 años y reside con su marido en los Estados Unidos. Sigue escribiendo y dando conferencias. Después de su libro sobre su experiencia cercana a la muerte publicó varios más: en 2016 sacó ¿Y qué si esto es el cielo? (What If This Is Heaven?); en 2017, uno para chicos llamado Amor: Una historia acerca de quién realmente sos y, en 2021, otro llamado La sensibilidad es la nueva fuerza (Sensitive Is the New Strong). Su charla TED supera las cuatro millones de visitas. Anita integra, según la revista Watkins, la lista de las cien personas vivas más influyentes espiritualmente en el mundo. La ECM le abrió las puertas a una vida que no hubiera sospechado. ¿Su salud? Permanece en remisión desde 2006 y sin recaídas.
Aunque difíciles de probar, los beneficios del pensamiento positivo, podrían estar ahí, acurrucados dentro nuestro y ayudando al sistema inmune en su lucha contra todas las enfermedades. La medicina ya aceptó que nuestro sistema de defensa bien calibrado puede destruir células cancerosas o frenar su avance. La duda es si los estados emocionales por sí solos podrían desbloquear nuestro sistema inmune para que consiga, por ejemplo, una remisión drástica.
La ciencia lleva siglos estudiando ese territorio inconquistable que, por ahora, es el cuerpo humano. Pero el mapa completo sobre cómo funcionamos todavía no ha sido develado. Confiar ciento por ciento en el pensamiento positivo y dejar de lado la medicina tradicional sería muy peligroso; negarlo de cuajo, sería de necios. Quizá el tiempo ayude a dilucidar qué es lo que ocurre en ese trecho abismal donde dialogan tan intensamente nuestra mente y nuestro cuerpo. ¿Cuál de ellos lleva la delantera? ¿Conformarán un matrimonio indisoluble? Nada está dicho todavía.
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