
Günter Parche bajó las escaleras de las gradas del estadio Rothenbaum de Hamburgo, Alemania, con un cuchillo de cocina oculto y un propósito concreto: sacar del circuito a la mejor tenista del mundo. Eran las 18:50 del 30 de abril de 1993, y Mónica Seles, de 19 años, aprovechaba un descanso entre games para sentarse en su silla al borde de la cancha.
Parche, un alemán desempleado de 38 años con una obsesión por la tenista Steffi Graf y que consideraba cada victoria de la serbia como una afrenta personal, se acercó por detrás y le hundió la hoja del cuchillo entre los omóplatos. El grito que siguió enmudeció a los 10.000 espectadores presentes. Aquel silencio atronador se produjo hace exactamente 33 años.
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La historia de Parche comenzó dos años antes del ataque. El 11 de marzo de 1991, Seles le arrebató a Graf el número uno del mundo tras 187 semanas consecutivas de dominio de la alemana. Ese desplazamiento encendió algo en Parche.
Durante los meses siguientes, las dos tenistas se alternaron en los primeros puestos. La competencia entre ellas era abordada por todos los medios de comunicación. Seles terminó por consolidarse en la cima y allí estuvo hasta junio de 1993, dos meses después del ataque.
Cuando llegó al Citizen Cup de Hamburgo ese viernes, Seles disputaba los cuartos de final ante la búlgara Magdalena Maleeva. Ganaba con comodidad: 6-4 y 4-3. Parche observaba desde las gradas con el cuchillo encima. Estaba al acecho. Su obsesión lo había envuelto.
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Christoph Werle, el operador del marcador electrónico del torneo, fue uno de los testigos más cercanos. Treinta años mas tarde relató a un diario alemán que lo que vio fue “como una película de terror”.

“Grité, y ese grito se escuchó claramente en la televisión”, recordó Werle. “Ya no podía formular una advertencia clara”. Su propio grito, sin embargo, tuvo un efecto involuntario y por cierto providencial: hizo que Seles se moviera levemente hacia adelante para ver qué pasaba, y eso redujo la profundidad de la puñalada.
Winfried Roehl, un espectador que estaba sentado en las plateas, vio cómo “la remera se puso roja” y corrió hacia la cancha para sujetar a la tenista. El color era una marca inconfundible de la sangre. “Vi el cuchillo en el suelo. Pensé: si entró profundo, esto no pinta bien”, declaró a los medios alemanes.
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La hoja tenía trece centímetros de largo. La herida no superó los cinco centímetros de profundidad, pero las investigaciones posteriores determinaron que si el cuchillo hubiera penetrado un centímetro más hacia la izquierda, Seles podría haber quedado paralizada de por vida.

Las cámaras de televisión no captaron el momento preciso de la puñalada. Sin embargo registraron a Seles desplomándose en llanto mientras Parche era reducido por el personal de seguridad.
Tiempo después, la tenista describió el instante con exactitud y sin dramatismos: “De pronto sentí un dolor horrible en mi espalda. Giré buscando de dónde venía el dolor y vi a un hombre detrás de mí levantando un cuchillo”.
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Cuando estaba en su habitación del hospital, Seles supo que el torneo continuó después del ataque. Eso la perturbó tanto como la puñalada misma. Dijo que estaba “consternada” y que entendió rápido la razón: “Es todo por el dinero”. La española Arantxa Sánchez Vicario derrotó a Steffi Graf en la final por 6-3, 6-3.
Steffi Graf fue al hospital en los días siguientes. La acompañó la fisioterapeuta del equipo alemán, Madeleine van Zoelen, quien recordó el encuentro entre ambas tenistas que estaban lo alto de su carrera: “Steffi sentía que era su culpa, porque él era fanático suyo”. Y sobre el momento en que las dos se vieron explicó: “Steffi y Mónica hablaron poco, las dos lloraron. Steffi no sabía qué decir, ni Mónica tampoco, pero a veces no hace falta decir mucho”.
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Parche fue detenido en el acto y procesado por la justicia alemana. El tribunal lo declaró culpable pero le impuso una condena en suspenso, con derivación a un centro de rehabilitación psiquiátrica, tras certificar que tenía una “estructura de personalidad anormal” y alteraciones psicológicas.
Ya detenido, confesó a la policía: “No podía soportar la idea de que alguien pudiera vencer a Steffi”. Explicó que quería “lastimar a Seles tanto que no pudiera jugar al tenis por mucho tiempo”.
Para Seles, esa resolución judicial por la que Parche fue condenado a prisión en suspenso, fue una segunda herida. “Me apuñaló a propósito y ni siquiera fue castigado por eso. Nunca pude superarlo del todo”, declaró años después. Y añadió: “No puedo entender por qué esta persona no tuvo que pagar por su crimen”.
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La tenista reclamó una indemnización de 16 millones de dólares a la Federación Alemanda de Tenis en tanto organizadora del torneo en la que fue atacada. La cifra buscaba compensar las pérdidas económicas por ingresos publicitarios y ganancias deportivas que dejó de percibir tras el ataque que la mantuvo fuera de las canchas. La demanda incluía una parte por daños y perjuicios y otra mayor por el lucro cesante durante su periodo de inactividad. La demanda fue presentada en mayo de 1996, justo antes de que prescribiera el plazo legal de tres años para hacerlo. Sin embargo, en diciembre de ese mismo año, un tribunal de Hamburgo rechazó el reclamo de Seles, argumentando que no se podía responsabilizar a los organizadores del torneo por el ataque imprevisible de un espectador.

Parche vivió el resto de su vida en una habitación individual en un hogar de ancianos del pueblo de Nordhausen, en el centro de Alemania. Murió mientras dormía en agosto de 2022. La noticia de su muerte no se conoció hasta finales de abril del año siguiente.
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La herida producida por el cuchillo cicatrizó en pocas semanas. La psicológica tardó mucho más. Seles no volvió a competir hasta agosto de 1995, más de dos años después del ataque.
Durante ese período desarrolló un trastorno alimenticio que ella misma describió como similar a la bulimia y que se prolongó durante una década. Cuando regresó al circuito, pesaba 15 kilos más que cuando fue agredida y ya no era la número uno: Graf había recuperado el puesto dos meses después de la puñalada y lo mantuvo. La alemana ganó los tres Grand Slams restantes de 1993 y acumuló 11 de sus 22 títulos de Grand Slam tras el ataque.
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El regreso de Seles fue en el Abierto de Canadá, donde venció a Amanda Coetzer en la final. Volvió a insertarse entre la élite, aunque sin recuperar del todo la fluidez de movimientos que la había llevado a la cima.

Ganó un noveno Grand Slam en 1996 y una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. Compitió regularmente entre las diez mejores del mundo hasta su retiro en 2008, cuando tenía 35 años.
Su último partido oficial fue una derrota ante Nadia Petrova por 6-4 y 6-0 en primera ronda de Roland Garros en 2003. El mismo torneo donde, a los 16 años, había ganado su primer Grand Slam.
En 2009 publicó su libro autobiográfico, Getting a Grip on My Body, My Mind, My Self (Tomando el control de mi cuerpo, mi mente y de mí misma), donde narró sus problemas con la comida y el peso que cargó durante los años posteriores al ataque. También habló de la depresión que se agravó tras la muerte de su padre, Karolj, de cáncer.
Fue Karolj quien la introdujo al tenis desde los cinco años, quien desarrolló su característica técnica de doble mano en el drive y el revés, y quien la llevó desde las canchas de un estacionamiento en Novi Sad hasta la academia de Nick Bollettieri en Florida, donde ingresó en 1986 a los 12 años.

La gran tenista Martina Navratilova, una de las pocas personas en posición de medir la magnitud de lo que se perdió, fue directa cuando terminó la carrera de Seles: “Este tipo (el agresor) cambió la historia del tenis, no tengo dudas al respecto. Mónica hubiera ganado tanto”.
Al momento del ataque, Seles había ganado ocho Grand Slams antes de cumplir 20 años. Antes de la puñalada de Parche había tenido una performance excepcional: alcanzó la final de 33 de los 34 torneos que disputó, con un porcentaje de victorias del 92,9 %.
La seguridad en los torneos de tenis cambió de forma radical después del ataque. La ex jugadora alemana Barbara Rittner, que participó en el torneo de Hamburgo de 1993, señaló que “la presencia de seguridad aumentó enormemente, especialmente en la cancha”. El torneo anual de la Women’s Tennis Association (Asociación de Tenis Femenino) en Stuttgart, según medios alemanes, cuenta con con unos 150 agentes de seguridad en todo momento. En 1993, había apenas diez policías en el estadio, que según eran más unos espectadores privilegiados que personal destinado a evitar algún tipo de inconveniente como el que afectó a Mónica Seles.
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