
“El trauma del 15 de marzo no sanará fácilmente, pero hoy espero que sea la última vez que tengamos motivo para escuchar el nombre del terrorista que estuvo detrás del atentado. Se merece toda una vida en completo y absoluto silencio”, dijo cuando ya estaba todo consumado, la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern. Se refería así, sin nombrar a su autor, a la peor masacre de la historia del país, con su saldo de 51 muertos y cuatro decenas de heridos, perpetrada por un atacante solitario y producto de un cóctel de odio religioso potenciado al máximo por las redes sociales.
Todo ocurrió como en un videoclip de música furiosa, pero fue sangrientamente real. Porque cuando se apagó el interminable sonido de los disparos, los gritos de dolor y de terror que retumbaban en el interior de un templo se mezclaron con la voz del cantante que salía a todo volumen de un altavoz para convertirse en la banda de sonido de la transmisión de la masacre: “¡Soy el Dios del infierno! Y te traigo / Fuego, te llevaré a arder / Fuego, te llevaré a aprender / Te veré arder / (…) Fuego, para destrozar todo lo que has hecho / Fuego, para terminar con todo lo que has sido / Siento como ardes / (…) / Fuego, te llevaré a arder / Fuego, te llevaré a aprender / Vas a arder / Vas a arder / Vas a arder, arder, arder, arder, arder, arder, arder, arder...”.
Al mismo tiempo que sonaban la letra y la música de Fire, un viejo tema de rock del grupo británico The Crazy World of Arthur Brown, el australiano Brenton Harrison Tarrant, de 28 años, salió con el arma larga todavía humeante y corrió hasta el auto que había dejado estacionado a pocos metros de la puerta de la mezquita de Al Noor, en la avenida Deans de la ciudad de Christchurch, Nueva Zelanda. Adentro dejaba desparramados 41 cadáveres y más de una decena de heridos.
Las agujas del reloj del templo estaban clavadas en las 13.44 del viernes 15 de agosto de 2019 cuando Tarrant se sentó al volante del auto, dejó el fusil semiautomático en el asiento del acompañante y le dio arranque para salir a toda velocidad. Vestía uniforme de camuflaje, ocultaba sus ojos con unos anteojos oscuros y en la frente llevaba adosada una cámara con la que había transmitido en vivo y en directo desde un canal de YouTube linkeado en su página de Facebook.
Eso fue apenas el principio, porque siguió transmitiendo – ahora con la cámara adosada en el interior del auto, enfocada en el asiento del conductor - mientras el vehículo recorría las calles de la ciudad al ritmo de la repetición de Fire. Porque Tarrant apenas había concluido la primera etapa de las tres que había planeado para sus acciones de ese día. A las 13.55 llegó a la mezquita Linwood, a cinco kilómetros de la primera. Llevaba nuevamente una cámara para seguir transmitiendo en directo, pero el artefacto había comenzado a fallar y solo se pudieron ver escenas fragmentadas del segundo ataque. Entró y disparó, pero esta vez encontró resistencia y tuvo que escapar antes de lograr por completo su objetivo. De todos modos, allí el saldo sería de otros diez muertos y más de treinta heridos. No pudo seguir transmitiendo cuando se dirigía a la tercera mezquita que estaba en sus planes. La policía lo detuvo sin que ofreciera resistencia antes de que pudiera sumar más muertes.
Así, Brenton Tarrant acababa de convertirse en el autor solitario de la mayor masacre de la historia moderna de Nueva Zelanda, con el trágico récord de 51 muertos y 48 heridos. También podría haber sido peor si hubiesen detonado las dos bombas que dejó en otros tantos autos estacionados cerca de las dos primeras mezquitas. Afortunadamente fallaron.
Era mucho para un solo hombre y en un primer momento la policía no creyó que hubiera actuado solo y detuvo a otras tres personas – dos hombres y una mujer –, pero pronto quedaron libres y fuera de toda sospecha. Tarrant, que en el primer interrogatorio se definió como un “racista” que odiaba a los inmigrantes, no tenía cómplices. Tampoco pertenecía a ningún grupo terrorista y aseguró que había actuado por cuenta propia. “Lo hice yo solo”, dijo como si fuera una hazaña.
Crónica de una matanza anunciada
Pese a haber atrapado al autor, la policía quedó totalmente desairada cuando se comprobó que Tarrant había anticipado sus intenciones en las redes sociales, donde antes de emprender su raid asesino dejó un manifiesto de 74 páginas titulado “El gran reemplazo”, en referencia a la teoría de la conspiración del genocidio blanco y a su variante francesa, le grand remplacement, donde el ultraderechista Renaud Camus, plantea la necesidad de una cruzada contra las sociedades multiculturales para depurarlas.

En el documento – de alguna manera hay que llamarlo - Tarrant decía que había estado planificando un atentado hacía dos años y que eligió la localidad de Christchurch con tres meses de antelación. También condenaba la inmigración y citaba una lista de personajes y acontecimientos de varios períodos de la historia en los que había inspirado sus acciones. Además, Tarrant declaraba en su manifiesto que había sido “comunista”, “anarquista” y “libertario”, pero que pasó a adoptar ideas racistas debido a la inmigración que hacía peligrar a la sociedad blanca y se convirtió en un “ecofascista” preocupado por el calentamiento global. Y decía que decidió cometer los asesinatos después de un viaje a Europa que hizo en 2017, cuando vio el triunfo de Emmanuel Macron frente a la candidata de ultraderecha Marine Le Pen, en las elecciones presidenciales, y se hartó de ver inmigrantes viviendo libremente en Francia.
Las armas y los cargadores que había utilizado – en el vehículo llevaba un verdadero arsenal – también estaban escritos en blanco los nombres de acontecimientos históricos y personas admirados por la extrema derecha y alusiones a guerras y batallas entre cristianos europeos y musulmanes, así como nombres de víctimas de atentados islamistas.
Luego de los ataques, el libelo fue bajado rápidamente de las redes, pero ya era tarde: millones de personas lo habían leído. Conmocionada por la masacre y la lectura del manifiesto, la primera ministra recordó que Tarrant “era australiano, pero esto no significa que no tenemos una ideología semejante en Nueva Zelanda”. Después, en el homenaje a las víctimas, hizo un llamamiento a la lucha “global” contra el “racismo de derecha” – así lo llamó – y agregó: “Si queremos vivir en un mundo seguro, tolerante e inclusivo, no podemos pensar en términos de fronteras”.
Las redes del odio
El horror se potenció aún más por la transmisión en vivo y en directo por las redes, lo que desató una ola de indignación en buena parte de la opinión pública. Esa fue una de las caras de la moneda, porque también otros usuarios alcanzaron a viralizar los videos y el manifiesto de Tarrant. Al ser cuestionadas, las empresas de redes sociales enviaron mensajes de repudio a los atentados y de solidaridad con las familias de las víctimas. También informaron que estaban actuando rápidamente para eliminar esos contenidos, aunque no era una tarea sencilla debido a su viralización.

La red Facebook, desde uno de cuyos muros Tarrant, había transmitido las masacres, dijo: “La policía de Nueva Zelanda nos alertó sobre un video en Facebook poco después de que comenzara la transmisión en vivo y eliminamos tanto la cuenta de Facebook del tirador como el video. También estamos eliminando cualquier elogio o apoyo al crimen y al tirador o tiradores tan pronto como tengamos conocimiento. Continuaremos trabajando directamente con la Policía de Nueva Zelanda a medida que continúe su respuesta e investigación”.
A su vez, Youtube eligió Twitter para dar su mensaje: “Nuestros corazones están rotos por la terrible tragedia de hoy en Nueva Zelanda. Por favor, sepan que estamos trabajando atentamente para eliminar cualquier grabación violenta”, decía. Ese mismo mes, el sitio de videos había sido acusado de ser incompetente o irresponsable por su manejo de un video que promocionaba a Acción Nacional, un grupo neonazi prohibido.
La polémica sobre la violencia en las redes ya estaba instalada. Uno de los primeros en abordar el tema desde las disciplinas sociales fue el doctor Ciaran Gillespie, politólogo de la Universidad de Surrey, cuando planteó que el problema era mucho más profundo que un video, por impactante que fuera su contenido. “No se trata solo de transmitir una masacre en vivo. Las plataformas de redes sociales se apresuraron a cerrar eso y no hay mucho que puedan hacer para que se comparta debido a la naturaleza de la plataforma, pero la pregunta más importante son las cosas que van antes”, dijo sobre el caso concreto.
También marcó una diferencia que se hacía evidente en el tratamiento de contenidos por parte de las empresas. “Hay océanos de este contenido en YouTube y no hay forma de estimar cuánto. YouTube ha lidiado bien con la amenaza que supone la radicalización islámica, porque se considera claramente no legítima, pero no existe la misma presión para eliminar el contenido de extrema derecha, aunque suponga una amenaza similar”, explicó. La posición de Gillespie recibió el apoyo del investigador del Instituto de Internet de Oxford, Bharath Ganesh, que sentenció: “Eliminar el video es obviamente lo correcto, pero los sitios de redes sociales han permitido a las organizaciones de extrema derecha un lugar para la discusión y no ha habido un enfoque coherente o integrado para lidiar con eso”.
Juicio y condena

Aunque suene insólito, los abogados de Brenton Tarrant presentaron sin éxito una solicitud para que esperara el juicio en libertad bajo fianza. Desde ese momento, el autor de las masacres se sumergió en un silencio que ni siquiera rompió durante el juicio que comenzó a desarrollarse a mediados de 2020. De todos modos, el juez Cameron Mander – a cargo del caso - impuso restricciones drásticas a la cobertura mediática para evitar que el autor de las masacres utilizara el juicio como una plataforma para difundir sus mensajes de odio racial y religioso.
La sentencia se dictó el 27 de agosto, con una pena que era previsible: cadena perpetua. Al darla a conocer, el Mander dijo que detrás de la ideología “retorcida de este hombre malo e “inhumano se oculta un odio profundo que lo llevó a atacar a hombres, mujeres y niños indefensos”. Y agregó: “Sus crímenes son tan infames que incluso si estuviera detenido hasta la muerte, no se agotarían los requisitos de la sentencia”.
Apenas conocido el fallo, la primera ministra Jacinda Ardern reaccionó deseando al asesino una vida de “silencio total y absoluto” y dijo que esperaba que la comunidad musulmana del país haya sentido “los abrazos de Nueva Zelanda”. Antes había anunciado que el gobierno iba endurecer la ley de armas – Tarrant era miembro del Club del rifle y tenía permiso de portación - y a intensificar los esfuerzos en la lucha contra el extremismo en las redes.

Cuando se cumplen siete años de los ataques contra las mezquitas neozelandesas, Brenton Harrison Tarrant, está cumpliendo su pena en una celda de aislamiento de una prisión de máxima seguridad de Auckland. Según los informes penitenciaros, pasa muchas horas del día con los auriculares puestos, escuchando Fire, el viejo rock grabado por The Crazy World of Arthur Brown en 1968 y que, en algunas ocasiones, se exalta y entona sus estribillos a voz en cuello.
Como consecuencia de la masacre, se impulsó una reforma legislativa de control de armas en Nueva Zelanda, cuyo Parlamento votó por 119 votos a 1 el veto a las armas semiautomáticas militares y también a los componentes que podrían usarse en su fabricación.
Todos los años, los 15 de marzo, los ciudadanos de Christchurch se acercan, individualmente o en grupos, a las mezquitas y se solidarizaron con las víctimas de la masacre a través del haka, el baile compuesto por percusión corporal y canto que realizaban los maoríes para mostrar su fuerza ante sus enemigos y que es conocido mundialmente gracias a los All blacks, la selección de rugby de Nueva Zelanda, cuyos jugadores lo ejecutan antes de iniciar cada partido.
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