
Es una foto poco menos que insólita de un funcionario de la pacata dictadura franquista, que solo mostraba a sus hombres enfundados en impecables vestiduras, en posturas marciales o devotas y con los pechos siempre henchidos de santa prepotencia. Sin embargo, fue publicada en casi todos los medios sometidos a la censura del régimen. La imagen — una de ellas, porque hubo más— fue tomada el 7 de marzo de 1966 y muestra al ministro de Información y Turismo, el gallego Manuel Fraga Iribarne, saliendo del agua en la playa de Palomares, en Almería. Se lo ve con un traje de baño oscuro, de tiro alto, subido hasta por encima del ombligo de la fláccida panza, pero, eso sí, mantiene la cara seria que era marca de fábrica en los esbirros del generalísimo Francisco Franco. El agua le llega hasta las rodillas, pero el pelo y la malla mojados evidencian que el ministro se ha dado por lo menos un chapuzón.
Parece una fotografía casual pero fue cuidadosamente planificada por una necesidad política que no solo era del gobierno español sino también de Estados Unidos. Se trataba de mostrarle a España y al mundo que no había radioactividad en esas aguas, en las que casi dos meses antes había caído una bomba termonuclear de una potencia muy superior a la de la bomba lanzada sobre Hiroshima. Afortunadamente, el letal artilugio no había estallado, que si no la historia sería otra. Pero otra cosa eran los rumores sobre la fuerte radioactividad que afectaba a la zona, preocupaba a sus habitantes, angustiaba a la dictadura española y afectaba la imagen de unos Estados Unidos metidos de lleno en la Guerra Fría.
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Ahí estaba entonces el ministro Fraga Iribarne para mostrar poniendo el cuerpito que no había peligro, que se trataba de rumores infundados, seguramente difundidos con mala intención por los rojos enemigos de la España que el Generalísimo había hecho para siempre grande. Hubo otras fotos que se publicaron, donde no solo Fraga chapoteaba en el mar, sino que también lo hacían el embajador estadounidense, Angier Biddle Duke, y otros miembros de la delegación diplomática para mostrar que los yanquis también ponían el cuerpo y que como ven, señores, ahí no pasaba nada.
Para la dictadura franquista, la foto de Fraga Iribarne apuntaba también a otra necesidad. A mediados de la década de los ’60, el turismo comenzaba a ser una importante fuente de ingresos en moneda extranjera que ayudaba a mantener a flote a la alicaída economía española. Había que demostrar entonces que las aguas del mediterráneo español eran seguras para los visitantes. “Aprovechándose de que la información mediática y tecnológica estaba en la España franquista prácticamente controlada en su totalidad por el Estado, Duke y Fraga espectacularmente mostraron al mundo que la costa mediterránea española aparecía no sólo libre de contaminación radioactiva, sino que se encontraba a disposición del capital financiero en el proyecto de reconversión turístico-inmobiliario español”, explica Teresa Vilarós en El baño del ministro y el embajador.
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Claro que también se dijo —y el rumor corrió— que todo era una operación de prensa y que las fotos no se habían tomado en Palomares sino en otras playas muy distantes del verdadero lugar del peligro.

Un accidente nuclear
Cuando Fraga Iribarne se metió en las aguas del Mediterráneo hacía 55 días que dos aviones militares habían chocado en el cielo de Almería. El 17 de enero, un avión cisterna KC-135 y un bombardero estratégico B-52G con cargamento nuclear, ambos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, impactaron a 10.000 metros de altura. Debido a un fallo en la maniobra de acoplamiento, ambas aeronaves colisionaron, se destruyeron y cayeron. Los cuatro tripulantes del KC-135 fallecieron, al igual que tres del B-52. En cambio, cuatro tripulantes del bombardero lograron eyectarse, pero el paracaídas de uno de ellos no se abrió. Otro miembro de la tripulación se lanzó a través de una escotilla abierta por una de las eyecciones, porque el B-52 contaba con solo seis asientos eyectables.
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Las cuatro bombas termonucleares Mark 28 que transportaba el bombardero, 65 veces más destructivas que la de Hiroshima, se precipitaron al vacío. Afortunadamente ninguna de ellas estalló y el fuselaje incendiado de los aviones no causó daños al caer al suelo. Tres de las bombas cayeron en tierra, donde dos de ellas se fragmentaron sin estallar y la otra quedó prácticamente intacta, mientras que la restante cayó al mar.
De inmediato, soldados estadounidenses apoyados por miembros de la Guardia Civil española realizaron la limpieza de los restos de las dos bombas que quedaron esparcidos en el área y retiraron la otra, pero la del mar no pudo ser recuperada durante esos trabajos, aunque sí fue localizada después. Durante los primeros nueve días solo se la buscó en tierra, una operación de la que participaron varios cientos de soldados y guardias civiles que recorrieron a pie las zonas contaminadas.
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Todo se llevó adelante en el mayor de los secretos, tanto que no existen informes oficiales sobre la evolución de salud de los miembros de la Guardia Civil que ayudaron a los soldados estadounidenses enviados a limpiar la zona, aunque se sabe que no recibieron protección alguna pese a que había residuos de plutonio y otras sustancias peligrosas. En cambio, los soldados estadounidenses trabajaron con equipos de protección adecuados para enfrentar la radiación.

El lugar de la(s) foto(s)
Después del episodio de las bombas, la existencia de radiación en Palomares y otras regiones de Almería se convirtió en un rumor con muchos visos de verdad. Por eso, desde un primer momento se dudó que efectivamente Manuel Fraga Iribarne se haya dado el chapuzón en esa playa y se señaló a Mojácar como el verdadero lugar de la foto.
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Lo que sucedió en realidad fue que hubo tres fotos, tomadas en diferentes momentos. Las dos primeras, registradas el 7 de marzo, fueron obtenidas con diferencia de minutos en la playa de Palomares. Una muestra a Fraga saliendo del mar en soledad; la otra al ministro chapoteando en el agua con el embajador estadounidense. Finalmente, la tercera, nuevamente con el embajador y otros diplomáticos, fue tomada diez días más tarde, el 17 de marzo, en el balneario de Mojácar, con motivo del anuncio de la inauguración de un parador.
Quien investigó a fondo el tema fue el periodista Juan Martínez Ruiz, del periódico Almería hoy, donde escribió: “El segundo y famoso baño, el protagonizado por Fraga en compañía del embajador Duke y de otras personalidades, aconteció unas horas más tarde (del primero, con Fraga en soledad) en Palomares. Por suerte, existe un amplio archivo fotográfico de esta zambullida, multitudinaria en comparación con la primera, y analizando algunas de estas instantáneas podemos concluir que el emplazamiento de este remojón corresponde sin duda a Palomares. En este sentido, varias de estas fotos muestran a Fraga acompañado del diplomático posando y saludando desde el agua, tienen como marco una lancha de desembarco de la Marina de los Estados Unidos y, sobre todo, se divisa de fondo con claridad la curva que la costa dibuja en la playa de Quitapellejos y que finaliza en la Punta de Los Hornicos, muy cerca ya de la desembocadura del Río Almanzora, así como el perfil inconfundible de Sierra Almagrera”.
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Además, cita varias crónicas de aquel momento, como la de Mateo Madridejos, redactor de El Periódico de Barcelona: “Este periodista confirma la existencia de dos zambullidas y sobre todo, alude en sus narraciones a que el baño de Fraga tiene lugar en Palomares ante una multitud de periodistas, españoles y extranjeros, muchos de los cuales se desplazaron desde Madrid en un viaje organizado por el Ministerio de Información y Turismo, con intenciones obviamente propagandísticas”, escribe Martínez Ruiz.

La verdad sobre la radiación
Tanto Fraga como Duke sabían que la zona estaba contaminada cuando se metieron en el agua el 7 de marzo. Quizás calcularon que unas pocas horas en el lugar y un par de zambullidas no los afectarían durante la puesta en escena que montaron para mostrar que no había peligro alguno en bañarse en Palomares.
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Un documento secreto del año siguiente —desclasificado décadas después— deja en claro que la dictadura franquista sabía perfectamente que los pobladores de la zona habían sido afectados por la radiación. El documento está fechado el 21 de febrero de 1967 y, en su parte superior, tiene un texto escrito a mano en dos colores que dice: “Palomares”, en rojo, y #radioactividad”, en azul. En él se habla de una reunión en el despacho de Manuel Fraga ante “la posibilidad de que varios habitantes de Palomares resulten gravemente afectados por la radioactividad, según parece desprenderse de una exploración llevada a cabo en Torrejón (de Ardoz, en Madrid, donde hubo una base militar estadounidense) con aparatos ultramodernos y efectuada sobre las 62 personas que el pasado año estuvieron ya en observación por presentar algún síntoma sospechoso”.
En el documento se puede leer además una advertencia: “Si la noticia trasciende y llega a los medios informativos, dará lugar a una campaña de verdadero escándalo dirigida tanto contra los Estados Unidos como contra la Administración española”.
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En otro informe desclasificado se precisa qué tipo de contaminación sufren los vecinos de la zona. Lleva por título “Determinación de la posible contaminación interna con Pu-239 de habitantes de Palomares”, y deja constancia de que “la mayor parte del Pu-239 posiblemente inhalado lo habrá sido en forma de óxido insoluble, que puede permanecer retenido en los pulmones durante un largo periodo de tiempo”. Dice también que es necesario hacer un seguimiento de la salud de la población y que los daños en las personas pueden aparecer 30 o más años después de la exposición a la contaminación”.
Hubo que esperar el fin de la dictadura franquista para que se hiciera público el grado de contaminación radioactiva de Palomares. En 1980 se realizaron estudios que demostraron que, 14 años después de la caída de las bombas y del baño de Fraga, la contaminación residual era de 2500 a 3000 veces superior a la de las pruebas atómicas.
En cuanto a Manuel Fraga Iribarne y Angier Biddle Duke, sus chapuzones propagandísticos en Palomares no les costaron caros. El diplomático estadounidense tuvo una salud de hierro durante el resto de su vida y murió en 1995, a los 79 años, víctima un accidente automovilístico. El ministro de Información y Turismo franquista vivió todavía más: murió en su casa de Madrid el 15 de enero de 2012, a los 89 años, de un paro cardíaco. Hacía apenas un año que se había retirado de la política.
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