
Cuando el folleto de 23 páginas titulado Manifiesto del Partido Comunista fue publicado por primera vez el 21 de febrero de 1848, Europa vivía tiempos convulsionados y eran muchos los que creían que el continente estaba a las puertas de una revolución. Había rebeliones sociales en Suiza que en poco tiempo se expandieron por distintas regiones de Italia, se reprodujeron en París y se replicaron en Renania, Prusia, Austria y Hungría. El documento reflejaba esa situación desde sus primeras líneas de texto que hoy conoce casi todo el mundo: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una Santa Alianza para acorralar a ese fantasma: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales de Francia y los polizontes de Alemania”.
Pese a ser editado en Londres, la primera edición del documento salió a la luz en alemán con el título Manifest der Kommunistischen Partei, el idioma original en que lo escribieron dos revolucionarios alemanes, Kark Marx y Friedrich Engels por encargo de la dirección de la Liga de los Comunistas.
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No hacía mucho tiempo que los dos intelectuales se habían sumado a la Liga, por entonces conducida por dos obreros alemanes exiliados en Londres cuyos apellidos han pasado a la historia: Karl Schapper y Heinrich, que pretendían convertirla en el embrión del partido de la clase trabajadora cuya propaganda promoviera la revolución social. La reticencia de Marx y de Engels, que habían creado en Bruselas el Comité Comunista de Correspondencia, se debía a que consideraban que la Liga tenía una organización verticalista que daba poco lugar a la democracia interna. Solo aceptaron sumarse cuando la Liga fue reorganizada para tornarse más democrática y eliminara lo que ellos habían definido como “la superstición autoritaria”.

Un texto urgente
La redacción del Manifiesto, entre los últimos meses de 1847 y principios de 1848, era un encargo urgente, dado el vertiginoso desarrollo de los acontecimientos en esos años. “La catástrofe de 1846/1848 fue universal, y la disposición de ánimo de las masas, siempre dependiente del nivel de vida, tensa y apasionada. Un cataclismo económico europeo coincidió con la visible erosión de los antiguos regímenes. Un levantamiento campesino en Galitzia en 1846; la elección de un Papa liberal en el mismo año; una guerra civil entre radicales y católicos en Suiza hacia fines de 1847, ganada por los radicales; una de las constantes insurrecciones autonomistas sicilianas en Palermo a inicios de 1848… Todo eso no era polvo y viento, sino los primeros rugidos de la tempestad. Todos sabían eso. Difícilmente una revolución haya sido más universalmente pronosticada, aún sin determinar en qué país y fecha daría inicio. Todo un continente aguardaba, presto para transmitir las primeras noticias de la revolución, de ciudad en ciudad, a través de los hilos del telégrafo”, los describe el historiador Eric Hobsbawm en Las Revoluciones Burguesas.
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Tan urgente era que hacia fines de enero del ’47 la dirección de la Liga le envió desde Londres una carta perentoria – prácticamente un “apriete” – a Marx, que estaba trabajando en el texto en Bruselas. “Informamos que el Comité Regional de Bruselas deberá comunicar inmediatamente al ciudadano Marx que si el Manifiesto del Partido Comunista, cuya redacción él mismo consintió en realizar, no llegara a Londres hasta el martes 1º de febrero, las mayores medidas serán tomadas contra él. En caso de que el ciudadano Marx no escriba el Manifiesto, el Comité Central exige la inmediata devolución de los documentos que le fueran cedidos por el Congreso (de la Liga)”, decía. En otras palabras: lo terminás de una vez por todas o te vas.
La carta logró el efecto deseado, porque Marx y Engels se apuraron a terminarlo y enviar los originales a Londres, donde se hizo una primera tirada de 1.000 ejemplares en la imprenta de la Workers’ Educational Association.
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Los aportes de cada uno
El Manifiesto Comunista no surgió de la nada, sino que se basa en parte en textos previos. Su principal antecedente son los Principios del Comunismo, redactados por Engels por encargo de la Liga de los Justos, una organización anterior a la Liga de los Comunistas. Es un texto didáctico, redactado con preguntas y respuestas para facilitar su comprensión a los obreros. Allí ya había un “programa de acción” de doce puntos donde se definía con claridad que la revolución proletaria no se podía concretar en un solo país”, ya que “la gran industria, al crear el mercado mundial, aproximó ya tan estrechamente unos pueblos de otros de la Tierra, que cada pueblo depende estrechamente de lo que acontece con los otros… la revolución social no será una revolución puramente nacional. Se producirá al mismo tiempo en todos los países civilizados”. Fue la primera manifestación de lo que luego se llamaría internacionalismo proletario presente en las futuras posiciones de los principales dirigentes de la Revolución Rusa, Lenin y Trotsky.

Fue idea de Engels la de sustituir las preguntas y respuestas de los Principios, al que consideraba un panfleto, por un texto más complejo y duradero en el que se presentaría al comunismo, la sociedad sin clases, como un fenómeno histórico universal. “Creo que sería mejor abandonar la forma de catecismo y llamar la cosa así: Manifiesto Comunista. Como es preciso hacer un relato histórico de cierta extensión, la forma que ha tenido hasta ahora es bastante inapropiada. Llevaré conmigo lo que he hecho aquí ¡es simplemente una narración, pero miserablemente compuesta en terrible prisa! Comienzo así: ¿Qué es el comunismo? Y luego voy derecho al proletariado: la historia de su origen, su diferencia con obreros anteriores, el desarrollo de la contradicción entre el proletariado y la burguesía, las crisis, los resultados. Mechado con esto, toda clase de asuntos secundarios, y finalmente la política de partido de los comunistas, en la medida en que pueda hacerse pública”, le escribe Engels a Marx en noviembre de 1847.
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Sobre esa base y varios escritos previos de Marx, los dos revolucionarios alemanes pusieron manos a la obra para darle forma y contenido al Manifiesto, que es una obra donde se pueden rastrear ideas ya planteadas por uno y el otro. “No contiene una sola idea que Marx y Engels no hubiesen ya expuesto anteriormente. No revelaba nada; apenas concentraba la nueva concepción del mundo de sus autores en un espejo cuyo vidrio no podría ser más transparente ni el cuadro más circunscripto. A juzgar por el estilo, la forma definitiva del Manifiesto se debe principalmente a Marx, en tanto que Engels, como lo demuestra su proyecto, conocía con la misma certeza las ideas que fueron expuestas, mereciendo plenamente el título de coautor", sostiene Franz Mehring en Vie de Karl Marx.
No son pocos los historiadores que ven en la larga sociedad formada por Marx y Engels una clara división del trabajo, con un Marx más teórico y un Engels volcado fundamentalmente al activismo. El rastreo de las fuentes en las que se basó el Manifiesto muestra todo lo contrario: allí se articulan ideas de los dos. Por otra parte, Marx distaba de dedicarse exclusivamente a las ideas, como prueban sus trabajos como organizador en los años anteriores.
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Las ideas del <i>Manifiesto</i>
El Manifiesto del Partido Comunista quedó dividido en un prólogo y cuatro capítulos: “I. Burgueses y proletarios”, “II. Proletarios y comunistas”, “III. Literatura socialista y comunista” y “IV. Actitud de los comunistas ante los otros partidos de la oposición”.
En “Burgueses y proletarios”, Marx y Engels sostienen que toda la historia es la historia de la lucha de clases. La burguesía ha creado un sistema global de explotación, pero ha generado sus propios “sepultureros”: los proletarios organizados. Termina con una afirmación fuerte: la caída de la burguesía y la victoria del proletariado son inevitables.
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En el segundo capítulo, “Proletarios y comunistas”, definen a los comunistas como la vanguardia que busca abolir la propiedad privada burguesa y proponen medidas de transición como la expropiación de tierras, impuestos progresivos, nacionalización del crédito y transporte, y educación pública gratuita para eliminar la explotación de clase.
La tercera parte, “Literatura socialista y comunista”, critica otras formas de socialismo, a las que define como (reaccionarias, conservadoras, burguesas o utópicas, y argumenta que estas corrientes no entienden el potencial revolucionario del proletariado y buscan mitigar injusticias sin eliminar el sistema capitalista.
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Finalmente, en “Actitud de los comunistas ante los otros partidos de la oposición”, Marx y Engels exponen la estrategia política, que incluye apoyar a los movimientos revolucionarios que desafíen el orden establecido, pero manteniendo su independencia para trabajar por la unión del proletariado internacional. El final es contundente: “Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones". Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. “Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar”. Y cierra la consigna que todo el mundo conoce: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.
Un impacto tardío
La publicación de la primera edición en alemán del Manifiesto no obtuvo la repercusión que esperaban sus autores y la Liga de los Comunistas. Además, aunque se anunció que sería publicado en inglés, francés, italiano, flamenco y danés, solo tuvo distribución en alemán. Fue reimpreso tres veces y también publicado por entregas en el Deutsche Londoner Zeitung, un periódico de los emigrados alemanes en Londres. Tampoco llegó muy lejos en las décadas siguientes. En 1849 se publicó una traducción al sueco y el año siguiente una versión en inglés que hoy son imposibles de encontrar. Durante la primera mitad de los ‘60 se publicaron dos ediciones de baja tirada en Londres y Berlín. Para mediados de la década, el texto de Marx y Engels estaba prácticamente fuera de circulación.
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Esto fue reconocido por el propio Engels años después, en el prefacio de una edición alemana: “Fue luego colocado en un segundo plano por la reacción que siguió a la derrota de los obreros en París, en junio de 1848… (y) con la desaparición del escenario público del movimiento obrero, que comenzara con la Revolución de Febrero, también el Manifiesto salió de la escena política”, escribió.
Recién en 1872 el texto pareció resurgir de las cenizas del olvido. Fue cuando en marzo de ese año se realizó en Alemania el juicio por traición de los socialdemócratas Wilhelm Liebknecht, August Bebel y Adolf Hepner, en una de cuyas audiencias la acusación leyó el documento completo para fundamentar los cargos. Eso fue aprovechado por las organizaciones comunistas para publicar legalmente el texto como parte de las actas del proceso judicial.
Con la nueva oleada de luchas obreras que se produjo en las dos últimas décadas del Siglo XIX, el Manifiesto adquirió una nueva potencia y su difusión se comenzó a universalizar. “Entre la muerte de Marx (1883) y la de Engels (1895), ocurrió una doble transformación. En primer lugar, el interés por las obras de Marx y de Engels se intensificó con la afirmación del movimiento socialista internacional. En el curso de esos doce años, según B. Andreas, aparecerán no menos de 75 ediciones del Manifiesto, en 15 lenguas. Es interesante hacer notar que esas ediciones traducidas en las lenguas del Imperio Zarista eran ya más numerosas que las editadas en el original alemán (17 contra 11)”, resume Eric Hobsbawm.
Una obra universal
Entre 1871 y 1917 se publicaron cientos de ediciones en unos treinta idiomas. Entre ellas: 70 ediciones en ruso, 11 en polaco, 7 en yiddish, 6 en finés, 5 en ucraniano, 55 en alemán, 9 en húngaro, 8 en checo, 3 en croata, 1 en eslovaco, 1 en esloveno, 34 en inglés, 26 en francés, 11 en italiano, 6 en español, 1 en portugués, 7 en búlgaro, 4 en serbio, 4 en rumano, 1 en ladino, 6 en danés, 5 en sueco, 2 en noruego, 3 en japonés y 1 en chino.
La Revolución Rusa de 1917 demostró que muchos de los planteos de Marx y Engels en el Manifiesto podían materializarse. “En esta obra se traza, con claridad y brillantez geniales, una nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y de la histórica misión revolucionaria universal del proletariado como creador de una nueva sociedad, la sociedad comunista”, escribió su líder máximo, Lenin.
El Manifiesto Comunista – ese es el título con que se lo publica en la actualidad – es una de las obras más leídas de la historia y tiene versiones adaptadas en cómic, novela gráfica y manga. En 2013, fue incluido en el Programa Memoria del Mundo de la Unesco junto con el primer tomo de la obra cumbre de Karl Marx, El Capital. Y un dato más, que muestra su vigencia: en 2015 su edición de bolsillo fue el libro más vendido por la editorial Penguin Books.
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