
Corría enero de 1917 cuando la inteligencia francesa interceptó un mensaje de Alemania que daba datos de una agente identificada como H-21 y revelaba su identidad. Todo parecía indicar que era una maniobra del espionaje alemán para generar confusión y distraer a los franceses entregando a un agente que ya no les servía. Pero si la inteligencia francesa se dio cuenta, no lo demostró. Al contrario, buscó sacarle provecho porque necesitaba un chivo expiatorio para contrarrestar las derrotas que venían sufriendo sus tropas en el marco de la Primera Guerra Mundial. La supuesta espía era una holandesa llamada Margaretha Geertruida Zelle, aunque casi nadie la conocía por ese nombre sino por el que usaba en su carrera artística: Mata Hari.
Así, Margaretha Geertruida Zelle fue detenida en París el 12 de febrero de 1917 por el Deuxième Bureau (el servicio de inteligencia francés), que la presentó como espía y traidora. A partir de entonces se desarrolló un montaje teatral con fines propagandísticos. La figura de Mata Hari calzaba como anillo al dedo para hacerlo: “Cuando fue arrestada la guerra iba muy mal para los franceses y ella era extranjera, muy atractiva, tenía relaciones con todo el mundo y vivía con ostentación, mientras los parisinos no tenían pan. Había mucho resentimiento en su contra”, explica Pat Shipman, autora de una pormenorizada biografía de Mata Hari.
El mismo día que fue detenida comenzó a forjarse la leyenda de la gran espía, que se fue agigantando con el paso del tiempo y dio lugar a innumerables libros y películas. Recién un siglo más tarde, con la desclasificación de una serie de documentos secretos, se conoció la verdad. Mata Hari no fue la espía fatal que pinta el mito y jamás reveló a los alemanes información estratégica, sino apenas simples chismes e historias de la vida íntima de algunos oficiales franceses. Esos documentos también demuestran que era en realidad una doble agente de poca importancia y que su captura y ejecución se debió principalmente a que Francia necesitaba un chivo expiatorio para encubrir sus fracasos militares.
Mata Hari siempre sostuvo que no había dado a los alemanes ninguna información de valor a pesar de la oferta que le hicieron, porque lo habría considerado una traición a Francia, su país de adopción. La leyenda cuenta que durante el juicio se defendió con esta frase: “¿Una prostituta? Sí, pero una traidora, ¡nunca!”, dijo. De nada le sirvió, porque era la víctima ideal para el ejército francés por su fama de mujer fatal y bailarina exótica que garantizaba publicidad. Una imagen que ocultaba la verdadera historia de una mujer sufriente que debió abrirse camino en la vida sola y venciendo incontables dolores y obstáculos.

Una broma matrimonial
Margaretha Geertruida Zelle nació en los Países Bajos el 7 de agosto de 1876. Debió dejar los estudios secundarios por un hecho confuso. Algunas versiones aseguran que fue amante del director del colegio. Otras, en cambio, aseguran que sus padres la sacaron de las aulas porque era víctima de acoso. Después de eso, dejó la casa paterna para ir a vivir con su padrino, donde tampoco la pasó bien. Tal vez por eso, a los 18 años, desesperada por escapar, respondió a un anuncio publicado en un periódico por el capitán Rudolf MacLeod. Decía: “Oficial destinado en las Indias Orientales holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales”. El aviso era en realidad una broma de un amigo del militar, pero a MacLeod le gustó Margaretha. Se comprometieron una semana después de conocerse y se casaron en julio de 1895.
El oficial fue destinado a Java, en la actual Indonesia, por lo que poco después la pareja se trasladó allí. Parecía un lugar de paraíso, pero para Margaretha se convirtió en un infierno en el que estaba atrapada, presa de un marido alcohólico y golpeador que la engañaba a la vista de todos. Tuvieron dos hijos, Norman y Jeanne, pero el varón murió cuando tenía dos años, supuestamente envenenado por uno de los sirvientes de la casa. Volvieron a Europa en 1902 y el matrimonio terminó viniéndose abajo cuando a Margaretha le diagnosticaron una sífilis que solo podía haberle contagiado su marido, al cual ella se había mantenido hasta entonces fiel. El divorcio la dejó sola y por su cuenta, porque MacLeod consiguió la custodia de su hija, le negó la posibilidad siquiera de visitarla y también se quedó con todos los bienes familiares. Margaretha debió buscar una manera de ganarse la vida.
Un striptease sagrado
En Java, Margaretha había aprendido a bailar las danzas locales y también algo de la cultura javanesa. Con esos dos elementos decidió crear un personaje que le permitiera ganarse la vida. Así nació Mata Hari (“Ojo del Sol”, en malayo), una princesa de Java que había llegado por razones misteriosas a París. “Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me pusieron Mata Hari, que quiere decir ‘Ojo del sol’”, contaba en la presentación de sus espectáculos.
Empezó trabajando en un circo, donde asombró al público con unas supuestas danzas sagradas del hinduismo que en realidad eran bailes eróticos de su propia invención. Su fama trascendió pronto la carpa del circo y la llevó a presentarse en teatros y a ser contratada en fiestas privadas. Se presentaba como bailarina exótica, pero el verdadero atractivo de sus bailes radicaba en que poco a poco se iba sacando la ropa hasta quedar casi desnuda. Cuando terminaba, su única prenda era un peto enjoyado que le cubría los senos. Una inédita audacia en esos años. “De una u otra manera ella inventó el striptease como forma de danza. Tenemos su álbum en la exhibición y hay montones de recortes de periódicos y fotografías. Era una celebridad”, la describe Hans Groeneweg, curador del Museo Fries, en Leewarden, la ciudad natal de Margaretha.

Se ganaba muy bien la vida con esos bailes, a cuyos ingresos sumaba los pagos y regalos que comenzó a recibir de sus amantes, casi todos empresarios ricos y militares relacionados con el poder político francés.
¿Espía o perejil?
Estaba en eso cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Por entonces Margaretha vivía en París, pero realizaba presentaciones en diferentes países de Europa, algo que pudo seguir haciendo a pesar de la guerra por ser ciudadana de un país neutral. Fueron su fama como bailarina, su acceso a militares y personajes del poder y esa libertad para moverse libremente en diferentes países los que la pusieron en la mira de los servicios de espionaje de las naciones enfrentadas en la guerra.
La buscaron primero los alemanes y poco después lo hicieron los franceses. Mata Hari aceptó trabajar para los dos. Aquí las versiones que corrieron durante años son contradictorias: unas dicen que la bailarina comenzó a espiar para los franceses sin avisarles que la habían contactado los alemanes, otras aseguran que la inteligencia francesa estaba al tanto y que la utilizaba como doble agente.
Todo comenzó en 1914, cuando estaba actuando en Berlín y era amante del jefe de policía de la ciudad, que la contactó con Eugen Kraemer, un alto jefe de la inteligencia alemana. Así se convirtió en la agente H-21 de las fuerzas prusianas. Cuando volvió a París, conoció al capitán Georges Ladoux, oficial del contraespionaje francés, que le ordenó seducir y espiar al embajador alemán en Madrid para obtener información.

Con el correr del tiempo multiplicó las misiones para uno y otro lado, aunque los documentos desclasificados revelan que pocas veces obtuvo información relevante. En cambio, los informes detallan paso a paso sus movimientos: “En junio de 1916 entabló relación con los militares de todas las nacionalidades que estaban de paso por París. Así, el 12 almorzó con el subteniente Hallaure, del 15 al 18 vivió con el comandante belga De Beafour, el 30 durmió con el comandante de Montenegro, Yovilchevic, el 3 de julio se acostó primero con el subteniente Gasfield y después con el capitán Masslov, el 4 de julio con el capitán italiano Mariani y el 16 con los oficiales irlandeses Plankette y Brien”, enumera uno de esos documentos.
Su carrera como espía de pequeñas cosas parecía marchar sobre rieles hasta que sus empleadores de uno y otro lado decidieron usarla. Los alemanes para engañar a los franceses y éstos para una campaña de propaganda de guerra. Unos y otros la mostraron como una peligrosa agente de inteligencia cuando sabían perfectamente que se trataba de un perejil.
Una ejecución teatral
En el juicio los agentes de inteligencia francesa desmontaron la historia de la “princesa de Java”, pero la usaron convenientemente como prueba de que se trataba de una mujer que había vivido del engaño. Ninguno de sus amantes intervino para salvarla y fue condenada a la pena capital, acusada de haber provocado con su supuesto espionaje la muerte de más de 50.000 soldados. Fue un proceso irregular en el que no se garantizaron sus derechos de defensa y se presentaron pruebas fabricadas por los propios mandos de la inteligencia francesa.

Condenada a muerte, la madrugada del 15 de octubre de 1917 fue llevada desde la prisión de Saint Lazare a Château de Vincennes, en las afueras de París, para ser ejecutada. Los últimos minutos de su vida, la madrugada del 15 de octubre de 1917, cuando enfrentó las bocas de los fusiles de doce soldados franceses, han sido contados de cien maneras diferentes, todas ellas novelescas. Su traslado, elegantemente vestida y maquillada, fue en un auto oscuro desde la prisión de Saint Lazare, en el centro de París, hasta el lugar de su ejecución. Su negativa a que le vendaran los ojos, el desafiante beso que lanzó a sus ejecutores antes de ser atada al poste y luego de haber desprendido los botones delanteros de su blusa en un último striptease son algunos de los supuestos gestos que ayudaron a construir ese relato.
Las versiones son contradictorias. Una crónica de segunda mano en el diario estadounidense The New Yorker dice que enfrentó la muerte vestida con “un elegante traje a medida amazónico, especialmente hecho para la ocasión y un par de guantes blancos”. Mientras que un periódico francés la describe con tapado, blusa escotada y tocada con un sombrero tricornio elegido por sus acusadores para que usara en el juicio y que era “el único atuendo completo y limpio que tenía en prisión”.
Tal vez el relato más fidedigno del momento de su muerte sea el del periodista británico Henry Wales, testigo del fusilamiento, escrito muchos años después de aquella madrugada de octubre en las afueras de París. Dice que después de escucharse los disparos Mata Hari fue cayendo “lenta, inerte, se acomodó de rodillas, con la cabeza siempre en alto y sin el menor cambio de expresión de su rostro. Por una fracción de segundo pareció tambalearse allí, de rodillas, mirando directamente a los que le habían quitado la vida. Luego cayó hacia atrás, doblando la cintura, con las piernas dobladas debajo de ella. Un suboficial se acercó a su cuerpo, sacó su revólver y le disparó en la cabeza para asegurarse de que estaba muerta”.
Nadie reclamó su cadáver, que fue entregado a la escuela de medicina de París donde se usó en clases de disección. Su cabeza se preservó en el Museo de Anatomía, de donde desapareció misteriosamente años después. Se presume que fue robada por un coleccionista.
Quizás por su muerte frente a un pelotón de fusilamiento o tal vez por su fama como bailarina exótica y cortesana de vida sexual desprejuiciada, la mujer conocida como Mata Hari se convirtió en un mito dentro del mundo del espionaje y funciona casi como un arquetipo de mujer espía. Su nombre brilla mucho más que el de grandes agentes de inteligencia como Virginia Hall, África de Las Heras, Noor Inayat Khan o la maestra del espionaje británico Vera Atkins, aunque sus logros hayan sido infinitamente menores.
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