
Al ver a esos hombres armados y encapuchados irrumpieron en la habitación, el ginecólogo Julio Iglesias Puga creyó que iban a matarlo. Aterrorizado, se acurrucó en una esquina de la cama y se cubrió el rostro con las manos. No quería mirar cuando le dispararan. Pero en lugar del estampido de los tiros escuchó una voz gruesa que le dijo con calma:
-Tranquilo, somos los buenos.
Cuando los comandos del Grupo Especial de Operaciones (GEO), un cuerpo de élite de la Policía Nacional española encargado de combatir a la ETA, irrumpieron en la casa del pueblo de Trasmoz, en Zaragoza, estaban seguros de que allí la organización separatista vasca tenía secuestrado al empresario José Lipperhide, por lo que nunca imaginaron que se encontrarían frente a frente con el padre del famosísimo Julio Iglesias. Es más, el atribulado doctor tuvo que aclararles quién era. Todavía no podía creer que seguía vivo cuando lo sacaron de allí y lo subieron a un auto. Tan nervioso estaba que se olvidó la dentadura postiza que había puesto en un vaso con agua antes de dormir.
Corría la madrugada del 17 de enero de 1982 y el padre de Julio Iglesias llevaba 19 días secuestrado. “Hace falta tener una fe enorme para poder soportar veinte días de cautiverio. Fueron educados conmigo y me trataron correctamente. Jamás me explicaron los motivos del secuestro, sólo me dijeron que se había pedido un rescate y que conociendo que detrás había mucho dinero confiaban en que mi hijo lo pagaría”, contó después, con la dentadura ya recuperada.
El secuestro de “Papuchi”
Además de ser conocido como el padre de Julio Iglesias, el doctor Julio Iglesias Puga era, a los 66 años, un reconocido ginecólogo madrileño. Su consultorio, en el centro de la capital española, siempre estaba muy concurrido y entre sus pacientes se contaban no pocas estrellas del mundo del espectáculo y la canción. Ese éxito era el resultado de dos factores que se potenciaban entre sí: su prestigio como médico y la fama de su hijo. Era un signo de distinción ser atendidas por “Papuchi”, como llamaban sus pacientes al padre de Julio Iglesias.

Después de pasar unos días con su hijo en Miami, Iglesias Puga había regresado a Madrid el 26 de diciembre para pasar el fin de año con su exnuera, Isabel Preysler, y sus nietos Chabely, Julio José y Enrique, hijos del ya terminado matrimonio del cantante con Isabel. Vivían en dos pisos del mismo edificio en la calle madrileña San Francisco de Sales. El 28 de diciembre dos personas que se presentaron como periodistas de la televisión alemana visitaron al doctor Iglesias Puga en su consultorio en un Instituto Médico de la calle O’Donell. Le propusieron hacer una entrevista al día siguiente en su departamento, a donde irían con las cámaras. El padre del cantante, que no esquivaba la exposición mediática, aceptó de inmediato y fijaron una cita.
El pedido de entrevista era en realidad un engaño. La mañana del 29 de diciembre, cuando el doctor Iglesias Puga abrió la puerta de su piso de la calle San Francisco de Sales, se encontró frente a tres hombres que no llevaban cámaras pero sí armas. Lo obligaron a bajar hasta el estacionamiento, donde lo ataron y lo obligaron a tomar un puñado de somníferos antes de encerrarlo en el baúl de un auto. Cuando despertó – contaría después de su liberación – estaba en una habitación de unos nueve metros cuadrados donde había una cama, tres sillas y un balde para que hiciera sus necesidades. Allí pasaría los siguientes 19 días.
Un rescate millonario
Para después de la supuesta entrevista, Iglesias Puga tenía agendado un almuerzo con su abogado, Fernando Bernáldez, que se preocupó porque el buen doctor no solía faltar a sus citas. Tampoco fue a visitar, como había prometido, a su cuñada, que estaba embarazada. Esa misma tarde, Bernaldez denunció la desaparición en la Dirección de Policía. Casi al mismo tiempo, Isabel Preysler llamó a su exmarido por teléfono para darle la noticia.
Pasaron 48 horas sin novedades hasta que los secuestradores se comunicaron para hacer conocer sus exigencias: 10 millones de dólares por la liberación del padre de Julio Iglesias. En una única llamada, hicieron saber que las indicaciones para pagar el rescate llegarían a una embajada española en el exterior.

Frente a ese panorama, el otro hijo de Iglesias Puga, Carlos Iglesias, se quedó en Madrid para atender a la prensa y estar en contacto permanente con la policía. Al mismo tiempo, Alfredo Fraile – el hombre en quien más confiaba Julio Iglesias – viajó a Miami para acompañar a su amigo y coordinar todo desde allí. “Fueron unas semanas terribles. Dejé mi casa y me instalé en la de Julio para organizar las relaciones con la prensa y el día a día. Julio estaba derrotado, desesperado. No se me olvidará nunca. Julio no podía comer, ni dormir y repetía constantemente ‘lo han secuestrado por mi culpa”, recordó Fraile muchos años después.
En los Estados Unidos, además de contener a su atribulado amigo, Fraile tuvo que lidiar con incontables pedidos falsos de rescate. Las cifras no coincidían con la de la primera llamada y en muchos casos no hacía falta que el FBI – que escuchaba las comunicaciones – dijera que se trataba de impostores. Otra tarea de Fraile era estar en línea directa las 24 horas con uno de los bancos más importantes de Miami y con el Banco Español de Crédito (Banesto) por si hacía falta realizar cualquier movimiento o transacción económica con urgencia.
Para entonces, aunque los secuestradores no se habían identificado la policía española sospechaba que se trataba de una operación con fines puramente económicos de la ETA. Además, el aviso de que el pedido de rescate llegaría a una embajada española en el exterior, donde la ETA tenía vinculación con otras organizaciones, reforzó esa teoría.
Los días pasaban y la situación parecía estancada. Los secuestradores – como habían anunciado – se mantenían en silencio, ya que las indicaciones para pagar el rescate llegarían por otra vía. En su cautiverio, el doctor Iglesias Puga pasaba los días como podía, encerrado en la misma habitación donde lo encontraron los hombres del Grupo Especial de Operaciones. En la casa, además de rescatar al médico secuestrado, sorprendieron dormidos a tres integrantes de la ETA que luego fueron identificados como José Luis Gutiérrez ‘Guti’, su hija Gloria y su yerno, Baltasar Calvo. No ofrecieron resistencia.
La noche anterior, la Embajada española en Beirut había recibido una carta con indicaciones preliminares para el pago del rescate. Años después se sabrían las razones por las cuales la entrega del dinero debía hacerse fuera de España. En 2006, tras ser extraditado de Sudán, acusado de una serie de atentados en territorio europeo, el venezolano Ilich Ramírez, mundialmente conocido como “Carlos” o “El Chacal”, explicó que él era el encargado de cobrar el pago. “El acuerdo era que ocho millones de dólares serían para ETA y dos millones para nosotros”, dijo.
El llanto de un hijo
En Miami, Alfredo Fraile saltó en el sillón donde dormitaba cuando el teléfono sonó a las cuatro de la madrugada, hora local, de ese mismo 17 de enero. Era su turno de estar junto al aparato en la casa de Julio Iglesias en Indian Creek, donde todos vivían en estado de duermevela desde hacía veinte días. Tardó un segundo en despejarse. Sabía que el teléfono estaba intervenido por el FBI y que si la llamada era de los secuestradores tenía que estirarla lo más que pudiera. Tenía que estar alerta.
Del otro lado de la línea, Fraile escuchó una voz conocida. Era el comisario José María Rodríguez Colorado, director general de la Policía española, con quien ya había hablado otras veces en esos días inciertos.

-Fraile, tengo una buena noticia. Rescatamos al doctor Julio Iglesias Puga. Está bien, aquí conmigo. Quiere hablar con su hijo – dijo el policía.
-Lo despierto de inmediato – contestó Fraile y volvió a saltar del asiento, esta vez para correr hacia el dormitorio del cantante romántico más famoso del mundo hispanohablante.
Desde el secuestro de su padre, Julio Iglesias vivía en vilo, caminando por la casa y repitiendo una frase que, de tanto escucharla, a Fraile le había quedado grabada: “Lo han secuestrado por mi culpa. Pobre viejo, pobre viejo, con el frío que hace en Madrid y él sin abrigo, porque nunca lleva abrigo. A mis hijos les puse guardaespaldas y no supe cuidar a mi padre. ¿Tendrá sus medicinas? Me siento responsable”, decía una y otra vez.
El calvario había terminado: un minuto después hablaba por teléfono con su padre. Alfredo Fraile se alejó con cierto pudor. No quería oír esa conversación íntima, pero sí escuchó desde lejos que su amigo lloraba.
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