
“Esta será la experiencia suprema de mi vida. No sé aún por qué estoy aquí, pero sé que esta pesadilla se acabará para siempre”, dijo Albert Fish cuando acabaron de atarlo a la silla eléctrica de la cárcel de Sing Sing la noche del 16 de enero de 1936. Fueron sus últimas palabras antes de que lo achicharraran. Nadie sintió una pizca de piedad por el hombre al que los medios habían bautizado como “El vampiro de Brooklyn” y que durante más de quince años secuestró a un centenar de niños y adolescentes para descuartizarlos y comérselos sin que la policía tuviera una sola pista para encontrarlo. Hasta que cometió el error que lo perdió.
Ni una sola vez desde que lo capturaron hasta que lo ejecutaron mostró el más mínimo remordimiento por sus crímenes. Al contrario, se jactaba de ellos. Para muestra basta un botón: mientras estaba en el pabellón de la muerte le envió una carta la madre de Billy Gaffney, un nene de 4 años al que había asesinado en febrero de 1927. Le contó allí todos los detalles de la “receta de cocina” que había utilizado con el cadáver de su hijo. “Le corté la nariz y las orejas, y después lo corté por el centro del cuerpo, justo debajo del ombligo. Le corté la cabeza, los pies, los brazos y las piernas (…). Regresé a mi casa con mi carne en la bolsa. Tenía su ‘mono’ (pene) y ‘pee wees’ (testículos) y un agradable y gordo trasero. Hice un estofado con sus orejas y nariz, pedazos de su cara y el vientre. Puse cebollas, zanahorias, nabos, apio, sal y pimienta. Estaban buenos. Entonces partí su trasero, corté su pene y testículos y los lavé primero. Puse tiras de tocino en cada nalga y las puse en el horno. Entonces escogí 4 cebollas y cuando la carne se había asado cerca de ¼ de hora, vertí un poco de agua para la salsa de la carne y puse las cebollas (…) En cerca de 2 horas, la carne estaba buena y doradita, cocinada. Nunca comí algún pavo asado que tuviera la mitad del sabor que este dulce gordo y pequeño trasero. Comí cada bocado de carne en cerca de 4 días”, decía.
Hasta el final de sus días, Albert Fish siguió sintiendo pasión por el género epistolar a pesar de que había sido otra carta enviada a la madre de otra de sus víctimas la que le dio la pista a la policía para atraparlo. Corría noviembre de 1934 y Grace Budd llevaba más de seis años desaparecida, desde principios de junio de 1928, cuando salió de la casa familiar tomada de la mano de un hombre que se había presentado como Frank Howard para ir a un cumpleaños. La nena tenía diez años y estaba tan entusiasmada que sus padres no dudaron en dar su permiso para que fuera a la fiesta que proponía el señor Howard, ese hombre tan amable que conocían desde hacía muy poco y había prometido darle empleo a Edward en su granja.
En la comisaría de Manhattan conocían bien a la familia Budd y se compadecían de ella. El secuestro de la niña había sido un golpe doloroso incluso para esos polis duros de la Nueva York de la década del ’30. Y también un fracaso, porque la única pista que creyeron tener había terminado en un callejón sin salida. Ocurrió en septiembre de 1930, cuando detuvieron a Charles Edward Pope, un administrador inmobiliario de 66 años acusado por su mujer de ser el secuestrador. Pope, que era muy parecido al “señor Howard”, tanto que se lo podía confundir con él, pasó 108 días detenido hasta que quedó claro que no tenía nada que ver con la desaparición de Grace y que la acusadora, su propia mujer, era una mitómana desequilibrada que, además, lo odiaba.
Desde entonces el caso estaba estancado: Grace seguía desaparecida y la verdadera identidad y el paradero del “señor Howard” era un misterio. Hasta que llegó la carta que dio la pista que llevó a capturar a Fish.

Un sobre delator
La señora Delia Budd, la madre de Grace, no sabía leer, de modo que tuvo que esperar la llegada de su hijo mayor, Edward, para conocer el contenido de la carta que el correo le había dejado esa mañana de fines de noviembre de 1943. Edward tenía 24 años, trabajaba de lo que podía y la lectura no era una de sus mayores habilidades. Quizás por eso, antes de leerlo en voz alta, comenzó a recorrer el texto para no trabarse y decirlo mejor. No llegó a pronunciar una sola palabra, mientras su madre lo veía palidecer y cerrar los puños arrugando el papel que había tomado con las dos manos.
—¿Qué dice, Edward? —le preguntó alarmada la señora Budd.
Solo entonces, el hijo pudo hablar:
—Hay que ir a la policía, es sobre Grace —atinó a contestar.
La carta, anónima, estaba plagada de faltas de ortografía (que aquí no se reproducirán) pero cada una de sus palabras hería como un puñal. Estaba dirigida a “Mrs. Dudd” y empezaba con una historia delirante sobre niños vendidos como carne durante una supuesta hambruna de 1894 en China.
Después entraba en materia y decía: “El domingo 3 de junio de 1928 llamé a su puerta en la calle 15, 406 oeste. Llevaba queso y frutillas, y almorzamos. Grace se sentó en mi regazo y me besó. Con el pretexto de llevarla a una fiesta, le pedí que le diera permiso, a lo que usted accedió. La llevé a una casa vacía que había elegido con anterioridad en Westchester (…). Cuando llegamos, le dije que se quedara afuera. Mientras ella recogía flores, subí y me desnudé. Sabía que si no lo hacía podría mancharme la ropa con su sangre. Cuando todo estuvo listo, me asomé a la ventana y la llamé. Entonces me escondí en el armario hasta que ella estuvo en la habitación. Al verme desnudo, comenzó a llorar y trató escapar por las escaleras. La atrapé y me dijo que se lo diría a su mamá (…). ¡Cómo pataleó, arañó y me mordió! Pero la asfixié hasta matarla. Luego la corté en pequeños pedazos para poder llevar la carne a mi habitación. Me llevó nueve días comerme su cuerpo entero”.
Los Dudd corrieron a la comisaría para entregársela al sargento detective William King, el hombre a cargo de la investigación sobre la desaparición de Grace. Cuando venció el espanto que le provocó la lectura, el policía reparó en un detalle: el sobre en el que había llegado la carta tenía impreso un pequeño símbolo hexagonal con las letras “N.Y.P.C.B.A.”, la sigla de la “Mutua Privada de Chóferes de Nueva York”. Por primera vez en años había un hilo del cual tirar.

A la caza del asesino
El sargento King puso manos a la obra para seguir la pista y atrapar al “hombre gris”, como la policía había apodado al falso Frank Howard. En la asociación de choferes de Nueva York, uno de los empleados de la compañía les dijo a los detectives que los sobres no estaban al alcance de todos, pero que él, por sus funciones, más de una vez se llevaba algunos a su casa, para luego depositar las cartas a la mañana siguiente en un buzón cercano. Y dio una nueva pista: se había mudado unos meses atrás, dejando olvidados algunos de esos sobres con membrete en el departamento anterior, en un complejo del 200 East 52nd Street.
Allí, la administradora del complejo de departamentos aportó un dato más, que resultaría decisivo. Hasta pocos días atrás, un hombre de más de 60 años había ocupado el mismo departamento que el empleado de la Mutua Privada de Chóferes de Nueva York, pero ya no vivía allí. Los policías le pidieron el nombre del inquilino y una descripción: se llamaba Albert Fish y el retrato que les hizo la mujer podía encajar en el que tenían del “hombre gris”. Creyeron que se les había escapado por un pelo hasta que la encargada les dio una nueva esperanza. El hijo del señor Fish, les dijo, le mandaba un cheque todos los meses y, antes de mudarse, el inquilino le pidió que cuando llegara el próximo se lo guardara, que él lo pasaría a buscar.
El 13 de diciembre de 1934 Albert Fish fue interceptado por el sargento King y otro detective cuando entraba al complejo para retirar su cheque. En un primer momento, el “hombre gris” aceptó acompañarlos a la comisaría para ser interrogado, pero cuando se dirigían al móvil policial sacó una navaja, los amenazó e intentó escapar. Lo desarmaron y lo esposaron. Ya no opuso resistencia y en el primer interrogatorio confesó ser el autor de la carta y haber matado a Grace, pero insistió en aclarar que, en realidad, al principio había pensado en llevarse a Edward para matarlo porque era más grande y le proporcionaría más carne, pero que al ver a Grace había cambiado de opinión.
La historia de los crímenes del hombre a quien pronto los diarios estadounidenses llamarían “El vampiro de Brooklyn” y “El hombre lobo de Wysteria” apenas comenzaba a quedar al descubierto. Y era una historia de terror.

Biografía de un “vampiro”
Hamilton Howard “Albert” Fish nació el 19 de mayo de 1870 en Washington D. C. en el seno una familia azotada por las desgracias y los maltratos. Perdió a su padre a los cinco años y poco después murió uno de sus tres hermanos. Frente a esas muertes, Ellen Fish, la madre de “Albert” —como lo llamaban— buscó aplacar el dolor con alcohol y, sabiendo que no podría criar a los hijos que le quedaban, los entregó en un orfanato.
Cuando —después de la detención de Fish— salieron a la luz los informes de los profesionales del orfanato, quedó en claro que había mostrado inclinaciones masoquistas desde muy chico, con una fuerte tendencia a autoinfligirse dolor. Se lastimaba de diferentes maneras, pero también golpeaba a sus compañeros buscando que le devolvieran los golpes. Además los informes señalaban un detalle llamativo: tenía una enorme curiosidad por leer en los diarios las noticias policiales, sobre todo si se trataba de historias de criminales.
Se lo devolvieron a su madre poco después de cumplir 12 años, convertido en un adolescente ingobernable: bebía su propia orina y la de otros, y también comenzó a comer heces. Poco después comenzó a buscar a otros jóvenes o niños menores para tener relaciones sexuales. Pasaba los fines de semana en los baños públicos, donde, diría después, se “excitaba con los olores”. Cuando salió de la adolescencia, según su propio relato, intentó tener “una vida normal” y se mudó a Nueva York. Consiguió un trabajo como pintor de casas para ganarse la vida y en 1898 se casó con una mujer ocho años menor que él, con la que tuvo seis hijos. En 1903 fue detenido por una estafa y pasó una temporada en Sing Sing.
Al salir de prisión, se desató del todo. En sus confesiones durante los interrogatorios por el secuestro y el asesinato de Grace Dudd, aseguró haber violado a cerca de cien niños, aprovechando las facilidades que le daba su oficio para entrar en las casas. En enero de 1917, cuando su esposa lo abandonó por un albañil que solía trabajar con él, Fish comenzó a escuchar voces, entre ellas la de Juan el Apóstol. Esas voces, también, lo conminaban a matar. Durante los años siguientes, según su propia confesión, perpetró una cadena de crímenes, pero sólo recordaba los nombres de unas pocas víctimas: Francis X. McDonnell, de 8 años; Yetta Abramowitz, de 12; Mary Ellen O’Connor, de 16; Benjamin Collings, de 17; y Billy Gaffney, un nene de 4 años.

“El delicioso dolor de morir”
Las confesiones de Albert Fish fueron ampliamente reproducidas por los medios de la época, en cuyas portadas se titulaba casi a diario con nuevos crímenes del “Vampiro de Brooklyn” o del “Hombre lobo de Wysteria”. Sin embargo, los investigadores no estaban seguros de que todo lo que contaba el “Hombre gris” fuera verdad. Tanto es así que fue llevado a juicio solamente por el asesinato de Grace Dudd. El proceso judicial comenzó el 11 de marzo de 1935, en White Plains, Nueva York, con Frederick Close como juez y el fiscal de distrito Ellbert Gallagher a cargo de la acusación.
El abogado defensor, James Dempsey, intentó que lo declararan loco para evitarle la pena de muerte. Como parte de esa estrategia, Fish aceptó declarar y contó que todos sus crímenes habían sido ordenados por las voces del Apóstol San Juan y del propio Dios. De nada le sirvió: el jurado lo encontró culpable y lo condenó a muerte en la prisión de Sing Sing, donde fue ejecutado en la silla eléctrica a las 11.06 de la noche del 16 de enero de 1936.
Al día siguiente, un periodista del Daily News que había presenciado la ejecución escribió: “Sus ojos llorosos destellaron de alegría ante la idea de ser sometido a un calor mucho más intenso, comparado con el que usualmente se quemaba para satisfacer su lujuria. Preguntó si estaría consciente en el momento de su muerte. Dijo que era el único placer que le faltaba probar: su propia muerte, el delicioso dolor de morir”.
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