
La aparente normalidad de la vida de Dean Corll, empresario local de una fábrica de dulces, encubría una trama de violencia y manipulación que se extendió sin despertar sospechas en la comunidad de Houston. Entre 1970 y 1973, este hombre —conocido como el “Candyman”— secuestró, abusó, torturó y asesinó al menos a 28 niños y adolescentes en Texas con la complicidad de dos jóvenes reclutados para llevarle víctimas.
Infancia y fábrica de dulces: la fachada perfecta
Dean Arnold Corll nació en 1939 en Fort Wayne, Indiana, en el seno de una familia humilde y trabajadora. El divorcio de sus padres cuando tenía siete años marcó un quiebre en su infancia, que quedó definida por la inestabilidad, los cambios constantes de residencia y una relación distante con ambos progenitores, tal como desarrolló Crime+Investigation.
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Después de vivir en Memphis y posteriormente en Pasadena, Texas, su madre y su padrastro fundaron una pequeña fábrica de golosinas en el garaje familiar. Allí, Corll asumió tareas de responsabilidad desde muy joven, convirtiéndose en vicepresidente de la empresa, la Corll Candy Company, tras finalizar un corto periodo de servicio militar entre 1964 y 1965.

La fábrica, ubicada estratégicamente frente a la escuela Helms Elementary, se transformó en el corazón de su doble vida. Los niños del barrio reconocían a Dean Corll por los caramelos que repartía generosamente, gesto que lo colocó como una figura amigable y confiable a los ojos de la comunidad.
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Según Crime+Investigation, la Corll Candy Company no solo era el centro de sus actividades empresariales, sino también la herramienta principal para acercarse a sus futuras víctimas. Este acceso privilegiado, sumado a su trato afable, disimuló por años el horror que se gestaba detrás de las puertas de la fábrica.
La construcción de una red criminal: reclutamiento y manipulación
Corll no actuó solo: su capacidad para captar y someter a dos adolescentes resultó fundamental para la escala de sus crímenes. El primero de ellos, David Owen Brooks, lo conoció cuando tenía apenas 12 años y rápidamente quedó atrapado en una relación marcada por el poder y la manipulación.
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Brooks encontraba en Corll no solo a un proveedor de regalos y dinero, sino una figura de autoridad y pertenencia en medio de su propia fragilidad familiar y emocional. En 1971, el joven le presentó a su amigo Elmer Wayne Henley Jr.. Aunque al principio Henley dudaba, pronto fue incorporado a la red.

La metodología de reclutamiento quedó al descubierto en las confesiones judiciales. Henley relató que Corll le ofreció 200 dólares por cada niño que pudiera traerle, y montos superiores si se trataba de menores especialmente atractivos. Ambos adolescentes recibieron trabajos en la Corll Candy Company, lo que les otorgaba una máscara de normalidad.
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La confianza cultivada por Corll, sumada a las carencias de sus cómplices, facilitó una maquinaria de captura que se extendió durante años. Si bien Henley afirmó inicialmente que pensaba que los chicos serían vendidos a una supuesta organización criminal, pronto fue testigo directo del verdadero destino de las víctimas, de acuerdo con Crime+Investigation.
Ambos jóvenes ayudaban a identificar, acercar y convencer a los menores del entorno. El proceso incluía invitaciones a supuestas fiestas, promesas de dinero fácil y juegos. En muchos casos, las familias de las víctimas confiaban en Brooks o Henley, lo que reducía la sospecha y permitía que los desaparecidos pasaran inadvertidos por largo tiempo.
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Un método sistemático y brutal: secuestro, tortura y asesinato
El modus operandi de Corll era meticuloso y sádico. Después de atraer a los menores hasta su casa, los drogaba o emborrachaba antes de atarlos a una mesa de madera contrachapada diseñada especialmente para inmovilizar a las víctimas. Utilizaba sogas, esposas y vendas, y sometía a los jóvenes a jornadas prolongadas de abuso y tortura. Las sesiones podían durar desde varias horas hasta días enteros, durante los cuales los menores sufrían humillaciones, agresiones sexuales y golpes.

La naturaleza repetitiva de la violencia —descrita en los relatos de Henley y Brooks— daba cuenta de una frialdad enfermiza. Corll alternaba entre quitar la vida a sus víctimas por asfixia o disparos de revólver calibre .22.
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En ocasiones, la brutalidad iba acompañada de amenazas y castigos psicológicos, con los cómplices muchas veces obligados a presenciar o participar en los asesinatos, según Crime+Investigation.
Tras cada crimen, los cuerpos eran trasladados y enterrados en lugares alejados de la vista pública: un cobertizo alquilado, una playa cercana o un área boscosa. La policía recuperó numerosos restos a partir de las indicaciones de Henley y Brooks, pero hasta hoy se debate si el número de víctimas podría ser aún mayor.
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Los casos comenzaron a llamar la atención solo cuando los padres empezaron a notar la desaparición de varios niños del mismo entorno y curso escolar. La respuesta policial, sin embargo, se vio ralentizada por la confianza que la comunidad tenía en Corll y sus allegados.

El final y la revelación del horror
La madrugada del 8 de agosto de 1973 marcó el desenlace. Esa noche, Henley llevó a la casa de Corll a dos amigos, Rhonda Williams y Timothy Cordell Kerley, para consumir drogas y alcohol. La presencia de una joven desató la ira de Corll, quien terminó atando y amordazando a los tres después de drogarlos.
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Henley, convencido de que su vida estaba en riesgo, suplicó para que lo liberara prometiendo colaborar en la tortura. En un momento de descuido, tomó un revólver y disparó seis veces a Corll, acabando con su vida de forma inmediata.
Después del asesinato, Henley acudió a la policía y confesó los crímenes, describiendo en detalle el accionar de Corll y su propio papel en los hechos. Brooks fue arrestado poco después y admitió su participación en la captación de menores, aunque negó haber cometido homicidios. Ambos guiaron a los agentes a los lugares donde los cuerpos habían sido enterrados, lo que permitió hallar numerosos restos y pruebas en distintos puntos de Houston y en la vivienda de Corll, incluyendo sogas, esposas y material utilizado para la tortura.
El caso conmocionó a la sociedad no solo por la brutalidad de los crímenes, sino por la implicancia directa de menores como cómplices y la prolongada indiferencia social motivada por la apariencia inofensiva y generosa de Corll. Elmer Wayne Henley y David Owen Brooks fueron condenados a cadena perpetua. El número total de víctimas continúa siendo materia de debate, ya que con el tiempo se hallaron nuevos restos y persistieron dudas sobre posibles casos nunca descubiertos.
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