
Nació en Brooklyn el 22 de junio de 1953, con un nombre largo y formal que parecía anticipar poco de lo que vendría después. Su infancia estuvo lejos de cualquier idea de estabilidad: cuando tenía cinco años, sus padres se separaron y su madre inició una sucesión de matrimonios y divorcios que marcaron la vida cotidiana del hogar. En ese contexto cambiante empezó a formarse una personalidad que desde muy temprano se negó a encajar.
Desde chica mostró una inclinación clara por la música y una voluntad férrea de no parecerse a nadie. Su conducta resultaba excéntrica incluso para los parámetros de la adolescencia. Mientras sus amigas buscaban mimetizarse, ella hacía todo lo contrario. En ese camino llegó incluso a modificar la grafía de su propio nombre, como un gesto más de afirmación personal. Esa misma actitud le costó la expulsión del colegio secundario por mala conducta, una herida que con el tiempo se volvió anécdota: años más tarde, ya consagrada, esa institución le otorgó un diploma honorífico.
A los 17 años decidió irse de su casa. Según contó en sus memorias, estaba cansada del clima familiar y de la inestabilidad permanente. Se fue sin dinero, sin un destino claro y con un solo plan concreto: dedicarse a la música. En ese impulso pasó dos semanas viviendo en un bosque canadiense junto a su perro Sparkle. Luego regresó a Nueva York, donde mintió su edad —dijo tener 19— para conseguir trabajos que le permitieran comer todos los días y dormir bajo techo. Lavó copas, hizo fotocopias en oficinas y trabajó en comercios vendiendo desde zapatos hasta artículos de limpieza.
Las noches estaban reservadas para cantar. Aceptaba cada show que aparecía. Durante más de una década repitió esa rutina. Al principio fueron bandas de covers y bares pequeños. Su ductilidad y su rango vocal le permitían cambiar de estilo según la formación: rock clásico, country, soul. Esos shows constantes le daban experiencia y algunos dólares extra.
En 1977 llegó otro golpe. Forzaba su voz cantando temas de Bad Company, Led Zeppelin y otros grupos con vocalistas masculinos de registros graves. El resultado fue una lesión en las cuerdas vocales. Los médicos le dijeron que no podría volver a cantar. Sintió que su instrumento —su arma— había quedado inutilizado para siempre. Interpretó esa pérdida como un castigo por no arriesgar y por no apostar a un proyecto propio. Sin embargo, no se rindió: trabajó con una coach vocal y logró recuperar la voz.
La primera gran oportunidad pareció llegar en 1980. La banda se llamaba Blue Angel y ella era la cantante. Sonaban bien, tenían canciones atractivas y muchas expectativas. El disco, sin embargo, pasó inadvertido. Recibió algunas críticas elogiosas, pero no vendió. Invisible. La banda no resistió la desilusión y se disolvió. Ella volvió a servir mesas.
En 1983, su novio, el guitarrista y productor Dave Wolff, consiguió que un ejecutivo de CBS la escuchara. El contrato fue duro, como suelen ser los primeros en la industria, pero aceptó. A comienzos de ese año entraron a grabar She’s So Unusual, cuando la esperanza empezaba a flaquear.
Necesitaban canciones. Escribieron algunas y recurrieron también a covers poco difundidos. Uno fue When You Were Mine, de Prince. Otro llegó en un casete con un demo firmado por Robert Hazard: un rock sencillo, con una letra machista sobre un hombre que se jactaba de su poder de seducción. Ella rechazó el tema. El productor insistió.
Trabajaron en los arreglos y modificó apenas la letra: algunos pronombres, algunas palabras. No mucho. Pero el sentido se dio vuelta por completo. La canción se transformó en un canto a la igualdad de género y al derecho de las mujeres a divertirse sin ser juzgadas. Sin solemnidad ni discursos explícitos, con frescura y alegría.
Girls Just Want to Have Fun fue un éxito inmediato. Un hit que atravesó generaciones y se volvió un himno que sigue sonando. La canción llegó al número dos de los rankings mientras el disco empezaba a venderse de manera masiva.
Respuesta: La niña de la foto es Cyndi Lauper.
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