
En 1997, Puzant Torigian, un empresario de Hackensack, Nueva Jersey, presentó una alternativa inusual al cigarrillo tradicional. Ese año, mientras la opinión pública cuestionaba a la industria tabacalera en Estados Unidos, lanzó Bravo: un cigarrillo hecho exclusivamente de lechuga, secada y curada para simular el tabaco.
Torigian instaló su fábrica cerca del aeropuerto de Atlanta y apostó todo por el proyecto, convencido de que su invento cubriría tanto la parte ritual como el deseo físico del fumador, sin los peligros de la nicotina.
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La intriga creció rápidamente. De acuerdo con archivos de la Biblioteca del Condado de Deaf Smith, Bravo imitaba casi en todo al cigarrillo clásico: mismo aspecto, mismo proceso al encenderlo, mismo sonido al abrir la cajetilla. Pero detrás de esta réplica, solo había lechuga y extractos de hierbas.
El empresario no pretendía competir con los grandes productores de tabaco. Quería ofrecer un puente: una opción para quienes intentaban dejar el cigarrillo, pero extrañaban los gestos y la experiencia de fumar.
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De acuerdo con Atlas Obscura, el objetivo era desafiar al hábito en sus dos dimensiones, física y psicológica. El sitio web de Bravo aseguraba que su método permitiría dejar de fumar de forma natural y gradual, adaptada al ritmo de cada persona, sin importar los fracasos previos.
Una carrera de décadas para fabricar un sustituto
Según Louis M. Kyriakoudes, director del Centro de Investigación Albert Gore, la idea de reemplazar el tabaco tiene raíces profundas. Desde el siglo XIX, inventores en Estados Unidos patentaron cigarrillos de maíz, girasol o ruibarbo, en busca de soluciones medicinales o alternativas más baratas al tabaco. Ningún sustituto logró desplazar el arraigo de este producto, pero la inquietud nunca desapareció.
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La verdadera carrera por encontrar mezclas más seguras comenzó a finales de los años cuarenta. De acuerdo con Kyriakoudes, las primeras evidencias sobre los daños del tabaco impulsaron nuevos experimentos y también forzaron a las empresas tabacaleras a buscar fórmulas “más saludables”.
Torigian se sumó a esa oleada en 1959, luego de una sugerencia de uno de sus mentores en el sector farmacéutico. El desafío era simple: diseñar un cigarrillo que no dañara, precisó Atlas Obscura.
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Durante años, Torigian probó más de 200 plantas: trituró hojas de zanahoria, col, sandía, tomate, e incluso nogal. Fumó cada mezcla en busca de una opción que se asemejara al tabaco sin condenar la salud. Solo la lechuga cumplió sus expectativas.
Según testimonios recogidos por La Otra Cara, junto a Joanne Torigian, su esposa, eligió la lechuga tras descartar todas las demás alternativas, que resultaron desagradables o peligrosas.
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En 1965, convencido de haber hallado un sustituto viable, abrió una fábrica en Hereford, Texas, junto a un grupo de inversores. A esos meses los recuerda como el punto culminante de su cruzada: varios cientos de empleados, más de 90.000 paquetes producidos por mes y una presentación ante el Senado de Estados Unidos, donde defendió la necesidad de abandonar la nicotina.
Sin embargo, detalló La Otra Cara, Kyriakoudes afirmó que la industria y el público no respondieron como esperaba, ya que los cigarrillos Bravo tenían un sabor y un aroma difícil de aceptar para la mayoría de los consumidores.
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El negocio duró hasta los años setenta, cuando la marca se declaró en quiebra. La desilusión no detuvo a Torigian. Pasó las décadas siguientes puliendo su fórmula y registrando nuevas patentes, siempre convencido de que la lechuga representaba una solución todavía necesaria.
Según Wallace Pickworth, investigador de salud pulmonar, varias universidades usaron Bravo en estudios sobre abstinencia; la repetición de los rituales de fumar podía aliviar algunos síntomas, pero la falta de efectos duraderos limitó el entusiasmo.
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Bravo continuó en algunas farmacias hasta 2010, aunque el mercado de la cesación tabáquica cambió y la marca desapareció de las góndolas estadounidenses. Investigaciones recientes detectaron riesgos particulares en la combustión de la lechuga, como la emisión de metales pesados, y el consenso médico privilegió otras estrategias validadas para dejar de fumar.
La historia de Bravo sigue viva, en parte, porque otras alternativas vegetales continúan vendiéndose como curiosidades o accesorios para cine. Pero para quienes conocieron a Puzant Torigian, su persistencia revela tanto la dificultad de abandonar el hábito del tabaco, como la esperanza de encontrar una salida menos dañina. Su legado, entre la invención y la obstinación, marca uno de los capítulos más singulares en la lucha contra el cigarrillo.
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