Corría 1963 cuando 129 mineros alemanes quedaron atrapados tras un derrumbe en la mina de hierro de Lengede-Broistedt, en Baja Sajonia. El accidente ocurrió el 24 de octubre, cuando un estanque de sedimentación cedió e inundó la mina con 500.000 m³ de barro, cubriendo los túneles situados entre 60 y 100 metros bajo tierra.
Ese mismo día, muchos trabajadores lograron escapar, pero otros murieron en los túneles colapsados. Otros once, que se refugiaron en el Alter Mann —un antiguo túnel abandonado de la mina por peligro de derrumbe— protagonizaron dos semanas después un rescate histórico a 70 metros de profundidad. La meticulosa operación, realizada con las cápsulas de rescate Dahlbuschbombe, fue seguida por cámaras de televisión de todo el mundo. El público asistió con emoción al llamado Wunder von Lengede, el “Milagro de Lengede”.
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En las primeras horas de la catástrofe, 79 mineros lograron escapar por conductos de ventilación y pozos auxiliares. Cuando parecía no haber esperanza para los 50 restantes, 23 horas después se halló con vida a un grupo de siete. Desde entonces, se puso en marcha una de las operaciones de rescate más grandes y dramáticas en la historia de la minería, con la cobertura de 450 periodistas y la presencia del canciller federal Ludwig Erhard.
Durante las labores, los rescatistas se toparon con varios cuerpos sin vida, y cuando creían que ya estaba todo perdido, un sondeo diagonal permitió establecer contacto con el grupo de los once sobrevivientes.
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Los hombres soportaron días de oscuridad, frío y privaciones extremas. No tenían comida, el aire limitado y bebieron agua contaminada. Finalmente fueron rescatados con la cápsula Dahlbuschbombe, una suerte de tubo metálico de 52 cm de diámetro, diseñado para rescates en espacios extremadamente estrechos. Similar al que décadas más tarde se usaría en Chile para salvar a los 33 mineros atrapados a 700 metros de profundidad. En total, 39 trabajadores perdieron la vida: 29 murieron en el colapso inicial de los túneles y 10 durante la espera de rescate.
Bernhard Wolter (2003), Dieter Richey (2007), Adolf Herbst, Helmut Webranitz, Johannes Sitter, Heinz Kull, Siegfried Ebeling (2012), Rudolf Wiese, Hermann Lübke (1982), Fritz Bär y Helmut Kendzia (2011) inspiraron una película y un memorial que recuerdan el suceso.
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Una historia de coraje y negligencia
Dirigida por Kaspar Heidelbach y estrenada en 2003, Das Wunder von Lengede (El milagro de Lengede) reconstruye el colapso de la mina y exalta el espíritu humano frente a condiciones extremas. La película también expone cómo la tragedia fue consecuencia de advertencias ignoradas y decisiones guiadas por la rentabilidad antes que por la seguridad.
En la víspera del desastre, los mineros Franz Wolbert y Bruno Reger compartieron una salida con sus esposas. Al día siguiente, el clima en el vestuario se tornó tenso por una disputa entre compañeros, calmada por el capataz Pit Spieker. Poco después, comenzó la jornada laboral. En la dirección de la mina, el ingeniero Harald Hansen expresó al director, el Dr. Dietz, su preocupación por la cercanía de las galerías a una bolsa de agua subterránea. Dietz, sin embargo, desestimó la advertencia y recordó la “importancia de la rentabilidad”.
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Mientras los mineros preparaban una voladura, ocurrió lo temido: una pared cedió y el agua irrumpió violentamente, inundando los túneles a más de sesenta metros de profundidad. El corte de electricidad los dejó sin opciones, y el avance del agua bloqueó las rutas de escape. La única salida posible era el Alter Mann, una zona abandonada por riesgo de derrumbe. En la huida, el capataz Spieker perdió el equilibrio y fue arrastrado por la corriente; poco antes de alcanzar el refugio, un puntal golpeó a Bruno Reger, fracturándole ambas piernas.

En el Alter Mann, los sobrevivientes treparon hasta una zona más alta, donde el agua se detuvo, aunque el peligro continuaba: fragmentos del techo caían sin cesar. En la superficie, los familiares esperaban noticias mientras se velaban los cuerpos hallados en los túneles colapsados.
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Cuando ya no se creía posible hallar más sobrevivientes, el Dr. Dietz autorizó nuevas perforaciones. Todas fallaron, hasta que el ingeniero Hansen dedujo que algunos hombres podrían estar refugiados precisamente en el Alter Mann. Una perforación en ese sector confirmó la existencia de una cavidad a la profundidad estimada.

Según la película, al décimo día bajo tierra la desesperación era total: se habían producido intentos de suicidio, y algunos consumados, cuando un nuevo derrumbe dejó al descubierto una broca. Los mineros, exhaustos, apenas reaccionaron. En la superficie, el jefe de perforación Jürgen Grabowski no escuchó señales y, por orden de Dietz, se detuvieron los trabajos. Pero Grabowski decidió intentar una segunda perforación, esta vez sin broca, y entonces los golpes de los mineros se sintieron con claridad. Por una cuerda enviaron una nota con los nombres de los once sobrevivientes. La noticia desató una profunda emoción entre los familiares reunidos en la iglesia de Lengede.
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El problema era cómo rescatarlos. Las perforaciones convencionales requerían agua, pero la presión podría provocar un colapso en el inestable Alter Mann. Solo un método experimental, la limpieza con aire comprimido, podía funcionar. El equipo necesario llegó desde Bélgica, y la operación avanzó con rapidez, aunque Bruno Reger no logró sobrevivir.
La gran broca atravesó la roca con estruendo. Tras unos segundos de silencio, se escucharon voces desde la profundidad. Uno a uno, los mineros fueron devueltos a la superficie en la cápsula Dahlbuschbombe, donde sus familias los esperaban.
Cada vez que ocurre un derrumbe y la esperanza parece perdida, se recuerda a los once sobrevivientes de Lengede, símbolo de resistencia y fe en medio de la oscuridad.
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