Las aventuras de la “abuela Gatewood”: una caminata solitaria de miles de kilómetros acechada por osos y tormentas

En 1955, con 67 años y una mochila improvisada, la granjera de Ohio recorrió sola 3.500 kilómetros en el sendero de las montañas Apalaches

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Grandma Gatewood
Emma Rowena Gatewood, la abuela que a los 67 años caminó sola los 3.500 kilómetros del Sendero de los Apalaches y cambió para siempre la historia del senderismo

Emma Rowena Gatewood cerró la puerta de su casa de Ohio, se calzó un par de zapatillas de lona y suela plana, colgó al hombro un bolso que ella misma había confeccionado y emprendió un camino que nadie había imaginado. Fue su modo de decir que otro capítulo de su vida comenzaba.

Hasta entonces, Emma, de 67 años, ya había vivido tempestades peores que las de la montaña: crió a once hijos, vivió la Gran Depresión y soportó un matrimonio violento. Sabía lo que era caer y levantarse, ocultarse en los bosques cercanos para evitar los golpes. Y, sin que nadie lo adivinara, eligió el sendero más largo para alzar su libertad.

Durante casi cinco meses, cruzó montañas y valles, bosques cargados de tormentas, campos y ríos, durmió sobre hojas o en garajes prestados, caminó cuando amanecía y cantó para ahuyentar osos. Paso a paso se convirtió en leyenda. Y no solo por la distancia: por lo que significó su paso para todas las mujeres, todas las edades, todas las vidas que hasta entonces habían permanecido en las puertas, sin animarse a salir solas al mundo.

Grandma Gatewood
El camino de la abuela Emma

Antes de la primera caminata

Emma Rowena Gatewood nació el 25 de octubre de 1887, en una cabaña de troncos en Gallia County, Ohio. Era una de los quince hijos de una familia que sobrevivía con trabajo rural, en tiempos donde la pobreza y la autosuficiencia marcaban el pulso cotidiano. Entre varios hermanos compartían la misma cama, las tareas de la casa empezaban al amanecer y el único abrigo en invierno era el fuego que nunca debía apagarse. De su madre aprendió a coser, cultivar, conservar alimentos y criar sin quejarse; de su padre, el silencio rudo de los hombres del campo. Desde niña, Emma conoció el cansancio antes que el juego.

A los 19 años, se casó con Perry Clayton Gatewood, un maestro de escuela que con los años se volvió granjero y alcohólico. El matrimonio se transformó pronto en una prisión: él la golpeaba con frecuencia, llegó a romperle los huesos y la aislaba. Fue tal la desesperación que, un día, Emma debió huir al bosque con sus hijos para salvar su vida. Eran tiempos en que el divorcio era un escándalo, pero se atrevió a pedirlo y lo consiguió en 1940, después de sufrir casi tres décadas de abusos. Se quedó sola con sus once hijos, vivió la Gran Depresión, trabajó la tierra y volvió a empezar más de una vez. Nada la detuvo.

Grandma Gatewood
La modesta cabaña de troncos de Emma, en la que vivió con su esposo golpeador y crió a sus 11 hijos

Cuando pasó los 60 años, Emma había criado once hijos, sobrevivido a un matrimonio violento y atravesado la Gran Depresión. Vivía sola en una pequeña casa de Ohio, con sus hijos ya adultos y algunos nietos, disfrutando de una calma que por fin no dolía. En ese tiempo comenzó a leer revistas y relatos de exploradores. Una tarde de 1949, hojeando un ejemplar de National Geographic, se topó con una nota que contaba sobre el Sendero de los Apalaches, una ruta de más de 3.500 kilómetros que serpenteaba desde Georgia hasta Maine. El texto hablaba de la belleza de las montañas, de su dureza y de la sensación de libertad que solo un camino así podía ofrecer. Lo que la fascinó no fue solo el paisaje, sino una simple frase: “ninguna mujer ha completado aún el recorrido”.

Poco después, leyó también sobre Eric Shaffer, el primer hombre en haber logrado caminar toda la ruta. Aquella historia encendió algo en ella. Si él pudo hacerlo, pensó, ¿por qué no una mujer, por qué no ella? Su hija recordaría años más tarde, en el obituario, las palabras que Emma se dijo a sí misma frente al espejo: “Si esos hombres pudieron hacerlo, yo también lo voy a lograr.” A los ojos de su familia, esa idea parecía un delirio; para Emma, en cambio, era una promesa íntima.

Grandma Gatewood
El legado de Emma vive en la comunidad de senderistas, pero también como una poderosa historia de resiliencia y espíritu humano perseverante

En 1953 intentó cumplirla por primera vez, pero el viaje terminó en un desastre y sentir que la familia tenía razón: se cayó, se rompió los anteojos, se perdió en el bosque y debió ser rescatada por guardabosques que la llevaron de vuelta a casa. “No vuelva a intentarlo”, le advirtieron. Pero ella ya había decidido que el silencio no volvería a detenerla.

Durante los dos años siguientes se preparó en secreto. No volvió a hablar de su proyecto con nadie, ni siquiera con sus hijos. Aprendió a identificar plantas comestibles, a orientarse por el sol, a curar heridas pequeñas. Confeccionó una bolsa (estilo marinero) de mezclilla y armó su equipo: una sábana, una cortina de baño impermeable para la lluvia, un par de zapatillas extra, una cantimplora y un pequeño botiquín. Nada más. Sin mapa, ni brújula, ni carpa. Cuando por fin estuvo lista, el 3 de mayo de 1955, con 67 años, cerró la puerta de su casa, se calzó sus zapatillas de lona y suela de plástico lisa, y simplemente dijo: “Voy a dar un paseo”.

Grandma Gatewood
"La abuela Gatewood" fue madre de 11 hijos, quienes le dieron 24 nietos. Su inspiradora hazaña dio testimonio de su resistencia física y de su espíritu indomable (Facebook)

La caminata que cambió el senderismo

Durante 146 días, Emma caminó más de 3.500 kilómetros a través de 14 estados. No llevaba brújula, ni carpa, ni bolsa de dormir. Salió vistiendo un simple vestido de algodón y un par de zapatillas de lona, de suelas plásticas y planas. Dormía debajo de los árboles, acompañada de las estrellas; a veces dormía en algún porche abandonado o en un granero. Se alimentaba de frutos silvestres, sopa enlatada o lo que los granjeros le ofrecían en el camino. “Cantaba para espantar a los osos”, contó en alguna oportunidad con humor.

Su camino fue el Sendero de los Apalaches, ese que había visto en la revista. Entonces no era la ruta señalizada que es hoy. En muchos tramos estaba cubierto de maleza, y en otros, destruido por las lluvias. Emma se perdió varias veces, rompió sus anteojos, enfrentó tormentas y caminó con los pies sangrando. Pero nunca se detuvo. En su libreta escribía frases sueltas como observaciones sobre flores, montañas, lluvias, encuentros con extraños. “La gente buena me alimenta —anotó una noche—. El camino siempre recompensa”.

Cuando llegó al Monte Katahdin, en Maine, el 25 de septiembre de 1955, se detuvo, miró el horizonte y simplemente pronunció: “¡Lo dije y lo hice!”.

A medida que avanzaba en el camino, su hazaña conmocionó a lugareños y su nombre llegó a los medios. Los diarios la bautizaron “Grandma Gatewood”, la abuela que había caminado sola todo el país. Pero más allá del récord, su gesto tenía otro valor: desarmaba el estereotipo del explorador joven, masculino y equipado. Emma había demostrado que la aventura podía ser también una forma de libertad femenina, una forma de sanar las heridas de un pasado triste y violento. Sin proponérselo, cambió para siempre la manera de entender el senderismo.

Grandma Gatewood
Sus hijos, acostumbrados a sus rarezas, no le preguntaron el destino, pero no pensaron en qué haría. El 3 de mayo de 1955, cerró la puerta de su casa y se echó a andar

Abuela leyenda

Lejos de detenerse, Emma repitió la proeza. En 1957 volvió a recorrer el Sendero de los Apalaches completo, y en 1964, a los 76 años, lo hizo por secciones. Fue la primera persona en completarlo tres veces. Entre medio, en 1959, caminó el Oregon Trail, desde Misuri hasta Oregón, siguiendo la ruta de los pioneros. Dormía en establos, bebía agua de los ríos y avanzaba con una determinación que desconcertaba a todos los que la cruzaban.

Con los años, Emma se transformó en una figura casi mítica. Fue invitada a programas de radio, a congresos de excursionistas y hasta a la Casa Blanca. Pero nunca se asumió como heroína. “Solo necesitaba caminar. Después de tanto ruido, quería escuchar otra vez el mundo”, decía.

Su ejemplo inspiró a cientos de mujeres a salir solas, a ocupar los senderos, a encontrar en la naturaleza un espacio propio. El Appalachian Trail Conservancy reconoció que su travesía ayudó a revitalizar la ruta y a consolidar una red de apoyo y mantenimiento que aún hoy la sostiene.

En Ohio, una sección de unos 10 km lleva su nombre: el Grandma Gatewood Memorial Trail, y cada 27 de abril se celebra el día oficial en su honor. En 2014, el periodista Ben Montgomery publicó Grandma Gatewood’s Walk, una biografía que revivió su historia para nuevas generaciones. Documentales, obras de teatro y caminatas conmemorativas mantienen vivo su legado.

Emma Gatewood no caminó solamente por los Apalaches. Caminó lejos del miedo, de la violencia, de las normas que la habían confinado y dicho qué hacer y quién ser. Con cada paso dejó un mensaje que aún resuena: la libertad se camina.

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