
El inicio del mayor tráfico de drogas de la historia desde el Cartel de Medellín, liderado por el temible Pablo Emilio Escobar Gaviria hacia los Estados Unidos, comenzó en 1986 y se prolongó con éxito y continuidad absoluta hasta 1989. Los números son implacables. El cálculo de la ganancia alcanzada por dicha organización criminal colombiana estableció que la cifra se acerca a unos 800 millones de dólares por la penetración de alrededor de 100 toneladas de cocaína desembarcada en territorio estadounidense en períodos de mandatos de gobierno de los presidentes Ronald Reagan y George Bush.
Lo que sigue sorprendiendo hasta hoy es que semejante operación delictiva se inició casi por casualidad y basada en una historia de amor que un tal Luca, ladero fiel y confiable de Escobar por aquellos años, protagonizó con una muchacha de nombre Silvia. Se trataba de una mujer de unos 25 años, rubia y de ojos azules.
La historia de amor que originó un imperio
Mientras luchaba por recuperarla apelando a conmovedoras misivas, el hombre advertía que la joven ya no era aquella humilde y sencilla que había conocido, sino que había crecido su nivel logrando un muy buen pasar económico, lo que obviamente le llamó poderosamente la atención.

Se encontraron, a ella también le pasaron cosas cuando lo vio, y en un clima de confianza y complicidad que siempre había existido entre ambos, Silvia le confió que entre tanta gente que había pasado por su vida, en una oportunidad se cruzó casi de casualidad con un grupo de narcotraficantes originarios tanto de Bogotá como de Medellín, que bastante a menudo se encargaban del traslado de cocaína con destino Miami.
Así lo relató en su libro, Pablo Escobar In Fraganti, de Editorial Planeta, su hijo Juan Pablo: “Con semejante dato debajo del brazo, Luca fue directo a contarle a mi padre”, precisó el primogénito de quien por entonces aterrorizaba Colombia, y continuó contando detalles íntimos, precisos y atrapantes de aquel encuentro entre bandidos que disparó un negocio multimillonario en dólares.
Ante semejante panorama, Luca fue a ver a “El Patrón” y le confesó cómo era “la vuelta”. Su novia, porque a esa altura ya la había reconquistado, junto a una serie de chicas, algunas hasta sin visa, partían desde el aeropuerto de Rionegro, conocido como José María Córdova, ubicado en el departamento de Antioquia a unos 25 kilómetros de Medellín, en vuelos comunes, y en la terminal de Miami eran esperadas por personas que las conducían para evitar cualquier tipo de control.

Pablo lo miró fijo y le dijo: “Luca, pongámonos las pilas con esa vuelta y las ponemos a trabajar para nosotros. Consiga más daticos a ver cómo manejamos este asunto que parece muy interesante”, precisó Juan Pablo Escobar en su obra: “Lo que mi padre nunca me contó”.
Luca se volvió a juntar con su enamorada, le informó que su patrón quería hacerse dueño de esa ruta y que esa decisión no admitía ningún tipo de análisis ni discusión. Y que por lo tanto, desde ese instante pasaba a ser mano de obra del Cartel de Medellín y debía darle las identidades de las autoridades que facilitaban el tráfico.
El negocio millonario de la cocaína
Según Silvia, los funcionarios antidroga estadounidenses estaban implicados y luego de colaborar para eludir controles, contaban y pesaban la droga ya que cumplido dicho acto, percibían en dólares contantes y sonantes la comisión establecida por hacer la “vista gorda”, como definió la joven.
A partir de ese momento Luca fue el encargado y responsable por orden de Escobar de controlar todos los movimientos de las “mulas” que transportaban la cocaína en su equipaje. Tarea que llevaba a la práctica desde un bar próximo al aeropuerto, ya que habían desplazado a otros dos capos narcos “paisas” como ellos del mercado, y eso podría provocar reacciones y consecuencias.

Para no dejar cabos sueltos que pudieran ocasionar problemas, Pablo subió la apuesta. Y entonces convocó en Medellín a los que manejaban la famosa ruta, quienes primero se sorprendieron por el llamado, y después no les quedó otra chance que brindar todos los datos que les requerían. De esa manera Escobar se apoderó del negocio desde su país, sumó más poder, y en los Estados Unidos logró además de penetrar sus fronteras, pactar y negociar con las autoridades que hasta ahí eran los responsables de perseguirlo.
De esta manera, los nuevos traslados de cocaína arrancaban en una vivienda de su propiedad del territorio de Envigado, instalada a unos 15 kilómetros del aeropuerto José María Córdova y se transportaba en camiones atravesando controles locales que por supuesto estaban arreglados para no interferir en el destino final. Al mismo tiempo, en camionetas especialmente seleccionadas pasaban a buscar a las chicas que oficiarían de “mulas” portando la droga, que recibían los respectivos “consejos” y “sugerencias” para que ningún inconveniente apareciera en el camino y se pudiera “coronar”, término con el que definían el éxito de la operación cuando llegaba a Miami.
Por supuesto las maletas de las jóvenes no eran controladas en todo el itinerario ya que eso estaba pactado previamente. Solo adoptaron la costumbre de embalar cada paquete de cocaína con un envoltorio que permitía que los perros llamados “antidroga” pudieran identificar cada cargamento que llevaban las “mulas”.
Hasta los trabajadores de las empresas de aviación participaban del circuito de corrupción ya que para aligerar todos los movimientos ni siquiera exigían los documentos de las mujeres previamente identificadas como “mulas”, quienes subían a las aeronaves que las llevaban a Miami con pasajes que obviamente no estaban a su nombre, sino que figuraban con identidades apócrifas.

Los funcionarios migratorios del DAS –Departamento Administrativo de Seguridad– y hasta los de la policía militarizada formaban parte de la operación, lo cual garantizaba el cumplimiento completo de la misión que jamás falló. Era tan escandaloso el arreglo que cuando las chicas llegaban al aeropuerto recibían un trato diferencial con relación al resto de los pasajeros y pasaban a sitios reservados de la terminal aérea donde luego procedían a descargar los paquetes de cocaína. A continuación subían a camionetas enviadas especialmente por la organización criminal de Pablo Escobar y se retiraban.
Las cifras eran elocuentes de acuerdo con el relato de Juan Pablo Escobar, el hijo del capo narco: se realizaban dos viajes por semana con aproximadamente 10 chicas y cada una llevaba unos 40 kilos de droga-equipaje, lo que representaba haciendo cálculos rápidos más de 3000 kilos mensuales. Por ese entonces el kilo de cocaína en Colombia rondaba los 1000 dólares, pero puesto en los Estados Unidos el monto trepaba a 7000, aunque en el sur de La Florida ya cotizaba a 13000, y en Nueva York a unos 30000.
Con el negocio, según lo publicado por su hijo, Pablo Emilio Escobar Gaviria, superaba los 70 millones de dólares de ingresos personales por fin de semana. El capo narco eligió llamarla “La Ruta del Tren” con la capacidad e inteligencia criminal y mafiosa que lo caracterizaba, por la velocidad y eficiencia en obtener resultados inmediatos que le generaron fortunas en dólares. Esto le arrancaba su mejor y cruel sonrisa.
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