
Sofía Casanova eligió vivir en carne propia el caos, la violencia y la transformación radical del Imperio Ruso durante la Revolución de 1917. Fue testigo del colapso del zarismo, del ascenso del bolchevismo y de los profundos cambios sociales y políticos que sacudieron al país. Desde San Petersburgo, no solo observó los acontecimientos, sino que como corresponsal de guerra los documentó con una mirada crítica y lúcida, convirtiéndose en una voz única que narró, desde dentro, el derrumbe de un mundo y el nacimiento convulso de otro.
Nacida el 30 de septiembre de 1861 en Almeiras, Galicia, la también poeta, novelista, traductora y dramaturga, encontró su lugar definitivo en el periodismo. Desde las trincheras de la Primera Guerra Mundial hasta los estragos de la Segunda, pasando por la Revolución Rusa, escribió sin concesiones frente al horror. Sus crónicas para el diario ABC, iniciadas en 1915, la convirtieron en la referente de un oficio que, hasta entonces, había sido casi exclusivamente masculino.
Su vida fue también un viaje entre países, lenguas y culturas. Se casó en 1887 con el filósofo polaco Wincenty Lutosławski y pasó gran parte de su vida en Polonia, donde vivió los grandes conflictos del siglo XX desde el frente. Allí murió el 16 de enero de 1958, casi ciega pero aún escribiendo, tras haber narrado con firmeza y humanidad las tragedias de su tiempo.

La palabra como arma
Sofía Casanova comenzó su carrera literaria en Madrid a finales del siglo XIX, donde publicó sus primeros poemas, cuentos y novelas. Con el tiempo, pasó del ámbito literario al periodismo, oficio en el que dejaría definitivamente una huella. Ese inicio fue cuando su vida dio un giro decisivo tras casarse con el filósofo polaco Wincenty Lutosławski y mudarse juntos a Polonia, donde fue testigo directo del estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914.
Desde ese escenario, comenzó a enviar sus primeras crónicas al diario ABC, antes incluso de ser nombrada oficialmente corresponsal en 1915. Eso la convirtió en la primera mujer española en ejercer este rol de forma permanente desde un frente de guerra, algo excepcional para la época. Su trabajo desde Varsovia incluyó el relato de movimientos de tropas, hospitales colapsados, ciudades evacuadas, el hambre de la población civil y la sensación de una Europa al borde del colapso.
Cuando los cadáveres aún estaban sobre la tierra y el bombardeo de zeppelines era constante, describió la retirada polaca hacia el territorio ruso: “Se arrollaron soldados y civiles, se cayeron de los brazos maternos las criaturas y sobre ellas y ancianos y débiles pasaban caballos, cañones, la onda devastadora. Perdiéronse hijos y padres, maridos y mujeres; perecieron familias enteras”, escribió en septiembre de 1915 en el trayecto de Sindensk a Moscú.
Su estilo era directo, sobrio y profundamente humano. No se limitaba a los partes de guerra: en sus textos emergían las emociones y rostros de los afectados. Fue precisamente esa capacidad de retratar el sufrimiento con empatía (sin sacrificar la precisión de la noticia) lo que convirtió sus crónicas en documentos de alto valor periodístico y emocional.
En 1917, vivió en Petrogrado (actual San Petersburgo) durante la Revolución rusa. Desde allí cubrió los acontecimientos: contó la caída del zar Nicolás II, el descontento social, las distintas manifestaciones populares que respondían a un clima de crisis política, social y económica; el avance del poder bolchevique y el miedo que envolvía a la población sumergida en el caos. Sus escritos fueron de los primeros en advertir las consecuencias del nuevo régimen bolchevique.
Su trabajo fue valorado por destacadas figuras del pensamiento español como José Ortega y Gasset, Azorín y Miguel de Unamuno, quienes reconocieron no solo su valentía, sino también la calidad de su escritura. Sofía no se limitaba a informar: lograba transmitir la intensidad humana de los hechos que presenciaba.

Entre guerras y exilios
Con el final de la Gran Guerra, Sofía permaneció en Polonia, país que en 1918 recuperó su independencia luego de más de un siglo de particiones. Desde allí fue testigo de la reconstrucción nacional y de las tensiones sociales y políticas que anunciaban nuevas amenazas. Continuó escribiendo, publicó novelas, obras teatrales y mantuvo una presencia constante en el periodismo español.
En 1939, cuando Alemania invadió Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial, tenía 78 años. A pesar del peligro, eligió permanecer en Varsovia. Desde la capital polaca envió crónicas sobre los bombardeos, la ocupación nazi y la destrucción de la ciudad. También informó sobre la difícil situación de la población judía en el gueto de Varsovia, aunque su cobertura estuvo limitada por la censura y por las restricciones impuestas a los periodistas durante la ocupación.
Pese a sus años y a las condiciones adversas que afrontaba, continuó colaborando con ABC durante la guerra y en los años posteriores. Su compromiso con el oficio no decayó, y siguió escribiendo con lucidez y sentido crítico. Su vida personal, sin embargo, estuvo marcada por el desarraigo: su matrimonio con Lutosławski no fue muy feliz y vivieron separados durante largos periodos. Finalmente, Sofía eligió quedarse de forma permanente en Polonia, aunque nunca perdió el vínculo con Galicia.
Murió en Poznań el 16 de enero de 1958, a los 96 años, después de haber sido testigo de tres guerras, de revoluciones y del fin de varios imperios. Fue enterrada en esa ciudad, lejos de su tierra natal, pero con el reconocimiento de quienes pudieron ver en ella una figura singular.
Con el paso de los años, su nombre comenzó a ser reivindicado como el de una de las primeras mujeres en ejercer el periodismo de guerra desde un frente activo en Europa. Casanova no solo narró los grandes conflictos del siglo XX: los padeció, los respiró, comprendió lo que sucedía y los escribió con coraje y el deseo de ser parte de la historia.

Más allá del frente
Aunque se destacó por su labor como corresponsal, Casanova desempeñó un papel relevante en la diplomacia cultural entre España y Europa Central. Desde su residencia en Polonia y, antes, en Rusia, promovió el hispanismo y actuó como puente entre culturas, favoreciendo el conocimiento mutuo en entornos literarios, académicos y diplomáticos. Su influencia se hizo sentir en círculos intelectuales que, de otro modo, habrían permanecido ajenos a la cultura española.
Durante la Primera Guerra Mundial, además de su labor como cronista, Casanova participó en tareas de ayuda humanitaria y trabajó como enfermera voluntaria con la Cruz Roja, una experiencia que le permitió vivir en primera línea el sufrimiento del conflicto. Fue en ese contexto que comenzó a enviar sus primeras crónicas al diario ABC, y fue su calidad narrativa y el valor informativo de estos textos lo que llevó al periódico a designarla como corresponsal oficial en 1915.
Su cobertura de la Revolución rusa está ampliamente documentada. Además de ser testigo de los grandes acontecimientos que marcaron el colapso del Imperio zarista, incluidos la caída del zar Nicolás II y el ascenso del poder bolchevique, escribió sobre el asesinato de Rasputín y en 1918 llegó a entrevistar a León Trotski, aunque la documentación sobre ese encuentro sigue siendo debatida por los especialistas. Lo que no se discute es su presencia constante en Petrogrado (luego Leningrado) durante esos años clave, desde donde contó al público español los profundos cambios que agitaban a Rusia.
En toda su trayectoria, Casanova publicó más de 1.200 notas periodísticas, colaborando no solo con ABC, sino también con otros medios españoles e internacionales. Desde sus textos sobre Europa del Este hasta sus opiniones sobre la Guerra Civil española, se mantuvo como una figura activa en el periodismo durante más de medio siglo. Fue una de las pocas mujeres admitidas en la Real Academia Gallega, y reconocidas por su labor, aunque luego fue parcialmente silenciada.
En las últimas décadas, su figura fue rescatada y hoy se reconoce en Sofía Casanova no solo a una pionera del periodismo de guerra, sino también a una mujer con una profunda conciencia ética, que enfrentó los totalitarismos de su tiempo desde la palabra.
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